Ifigenia Café: Una ventana entre Caracas y Buenos Aires
- Juan E. Fernández, Juanete
- hace 2 días
- 3 Min. de lectura

Fui a Ifigenia Café acompañado por mi amigo, el colega periodista Jean Manzano, a
quien no veía desde hacía más de diez años, cuando compartíamos jornadas intensas en
ese patio maravilloso de juegos que fue la RU (Redacción Única) de la extinta Cadena
Capriles en Caracas. La vida migratoria hizo de las suyas: él se instaló primero en Perú
y luego en Argentina, aunque no en Buenos Aires como yo, sino en Bahía Blanca. A
pesar de que siempre estuvimos en contacto por teléfono o WhatsApp, finalmente nos
dimos un abrazo el domingo pasado.
Caminamos por San Telmo, atravesando la feria dominical cuyo corazón está en Plaza
Dorrego y que se extiende a lo largo de varias cuadras de la calle Defensa, hasta que
nuestros pasos nos llevaron a Ifigenia, ubicado en Bolívar 1049. El lugar no es grande ni
pretende serlo: no hay estanterías monumentales ni escenografía de librería teatral. Es
más bien como si alguien montara un café dentro de la biblioteca de su casa. Allí nos
sorprendió encontrarnos con la también periodista venezolana Lina de Amicis, y la
escena tomó ese tono improbable que solo logran los cruces de migrantes y lectores en
una misma mesa.

Si tienes una emergencia literaria y quieres leer en físico algún clásico de la literatura
venezolana, o incluso consultar obra de nuevos autores venezolanos, Ifigenia Café es el
lugar. Doy fe, pues el pasado fin de semana pude ver con mis propios ojos un ejemplar
de Humor y amor de Aquiles Nazoa —ver las hojas amarillentas por el tiempo, de esa
maravillosa obra del gran Nazoa, y en pleno Barrio de San Telmo (Buenos Aires) sin
duda me emocionó.
Ifigenia nació del amor por los libros de su fundadora, Isabela Nouel, quien llegó a
Argentina con decenas de ejemplares en sus maletas y terminó creando este refugio
cultural tras una primera etapa en La Paternal antes de instalarse en su actual dirección
en San Telmo. El proyecto no es solo gastronómico ni solo literario: es afectivo. Es una
extensión tangible de la idea de que los libros también migran, y cuando lo hacen,
llevan consigo idioma, memoria y pertenencia.
Entre cafés, conversaciones y páginas abiertas aparece un detalle que delata identidad:
allí se sirve papelón o “agua e panela” (según dice el menú), esa bebida cálida y
elemental que sabe a casa para muchos venezolanos y colombianos. No es un dato de
carta; es una declaración silenciosa de origen.
Pero Ifigenia no es únicamente un café íntimo donde leer: es también un pequeño
epicentro cultural. Se realizan recitales de poesía, encuentros musicales y presentaciones
de libros. Ese movimiento constante confirma que el lugar no está hecho para exhibir
libros, sino para que los libros sigan ocurriendo.

Lo que se siente al entrar no es la solemnidad de un templo literario, sino algo más cercano: la sensación de estar en un espacio donde la lectura todavía convoca.
En una ciudad que vive acelerada, un sitio que invita a detenerse se vuelve un pequeño acto de resistencia cultural.
Caminar ese domingo, reencontrarme con un amigo de otra vida y terminar en una mesa rodeada de libros venezolanos en Buenos Aires fue una prueba simple y poderosa: la literatura no solo se lee. También reúne. Y cuando la necesitas de verdad, Ifigenia responde.