Fito Páez, el mundo y una canción

El mundo cabe en una canción es el documental que acaba de estrenar Netflix, y aborda de una forma maravillosa, la vida del músico rosarino Fito Páez. Lo primero que tengo que decir, es que es de esas piezas audiovisuales que te tienden una emboscada y te dejan recalculando.
La película llega a mí, justo a dos semanas de mi casamiento, ya con 47 años de edad y viviendo en una ciudad que no es donde nací (Caracas) pero si donde renací (Buenos
Aires). Y esa es una frase que uso tanto que ya perdió pudor: soy argenzolano, y a esta
altura el guion de esa palabra pesa más que el gentilicio completo.
Ahora tengo un hijo de 19 años con el que discuto de arte y de conceptos como si nos fuera la vida en cada punto, y una hija de 17 años que tiene el talento puntual de hacerme dudar de todo lo que doy por sentado antes de que termine de decirlo en voz alta. Y estoy, para no adornarlo, en medio de una ansiedad que no pide permiso, de un cansancio laboral que ya no distingue lunes de domingo, y de un bloqueo creativo que llevaba semanas mirándome desde la pantalla en blanco. En ese estado exacto se me cruzó Páez.
El documental, dirigido por Matías Gueilburt —amigo personal del músico, lo que explica el nivel de acceso que logra la cámara—, arranca desde un lugar poco glamoroso: el accidente doméstico que Fito sufrió en 2024 y que lo obligó a frenar la gira y a mirar para adentro con el cuerpo roto. No es la típica biografía prolija de hitos y discos de oro.
Es un tipo convaleciente reconstruyendo en primera persona los cuarenta y pico de años que lo trajeron hasta aquí, incluida la muerte de su madre cuando él tenía ocho meses,
una ausencia que —cuenta él mismo— se le quedó grabada en el cuerpo antes de tener
edad para entenderla con la cabeza. No lo digo para ponerlo en un pedestal ni para escribir la enésima genuflexión sobre el genio de Rosario; lo digo porque ver a alguien admitir que la exposición y el éxito también generan una soledad particular, mientras yo peleo con mi propia versión doméstica de ese mismo agotamiento, tiene un efecto directo, nada metafórico.
Lo que más me tocó no fue la nostalgia, de esa estoy vacunado, (o eso me digo) sino la
mecánica: un hombre forzado a detenerse revisa los vínculos que lo sostuvieron y ahí, en esa pausa no elegida, encuentra material nuevo. Yo no tuve un accidente físico, tuve uno más silencioso: el burnout no avisa con un yeso ni con un moretón visible, pero también te obliga a bajarte de tu propia gira.
No salí del documental con el bloqueo creativo resuelto ni con la ansiedad apagada, y no voy a fingir lo contrario. Lo que sí me quedó fue una imagen puntual: Fito, en pleno rodaje de esa película sobre su propio derrumbe y reconstrucción, siguiendo de gira igual, cantando igual, sin frenar del todo, aunque el cuerpo se lo pidiera.
Esa noche apagué la pantalla, fui a la habitación donde ya Florencia dormía, y en vez de escribir la columna que tenía pendiente hace tres semanas, escribí esta, la que estás leyendo. Con eso me alcanza por hoy. ¿Mañana? Ya veremos.




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