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¿En noviembre: ¿Referéndum a Trump o elecciones del Congreso?

El punto será si Donald Trump sigue manteniendo una fuerza capaz de expandir al Partido Republicano o si los demócratas toman el Congreso… El escenario cambiaría de forma radical porque al presidente perder el control del poder legislativo, su liderazgo disminuye notoriamente…



La aprobación o la desaprobación de Trump

 

En noviembre de 2026 ocurrirá algo más que una simple renovación legislativa. En realidad, estas elecciones representan el primer gran referéndum político sobre el segundo mandato de Donald Trump. Los resultados no solo determinarán quién controlará la Cámara de Representantes y el Senado durante los dos años finales de su administración, sino también la capacidad real del presidente para gobernar, impulsar su agenda y moldear la sucesión republicana hacia 2028. Si los republicanos logran conservar ambas cámaras del Congreso, Trump obtendría una importante validación política. Sus partidarios interpretarían el resultado como una ratificación de sus políticas económicas, migratorias, de seguridad y de política exterior. Además, dispondría de mayor margen para aprobar legislación, confirmar nombramientos y consolidar el legado político que desea dejar antes de abandonar la Casa Blanca. Una victoria de esta naturaleza también fortalecería enormemente su influencia dentro del Partido Republicano, permitiéndole actuar como el principal árbitro en la selección del futuro candidato presidencial de su tolda. Por el contrario, si los demócratas recuperan la Cámara de Representantes, el Senado o ambas cámaras, el escenario cambiaría significativamente. Trump se enfrentaría a un Congreso dispuesto a bloquear buena parte de sus iniciativas, aumentar la supervisión sobre el Ejecutivo, abrir investigaciones políticas, y limitar su margen de maniobra legislativa. Históricamente, cuando un presidente pierde el control del Congreso, su capacidad para impulsar grandes reformas disminuye considerablemente y se ve obligado a gobernar mediante negociaciones, decretos ejecutivos y acuerdos parciales. Aun así, una derrota legislativa no significaría necesariamente el fin de la influencia política de Trump. Su liderazgo sobre una gran parte de la base republicana continuará siendo notable. Lo que se definiría será si Donald Trump sigue siendo una fuerza capaz de expandir electoralmente al Partido Republicano más allá de sus seguidores más fieles o si, por más bien da inicio al proceso mediante el cual una nueva generación de líderes conservadores intentará tomar el relevo de un movimiento político que él transformó profundamente. Por eso, más que una elección legislativa tradicional, noviembre de este año será una evaluación nacional sobre la dirección del país, el respaldo real al proyecto político de Trump, y el equilibrio de poder que definirá la carrera presidencial de 2028.

 

El Congreso

 

El propósito de las elecciones es determinar quién controlará el Congreso durante los próximos dos años, aunque influirá en quiénes serán las figuras que emergerán como principales aspirantes presidenciales para la carrera electoral de 2028. Estados Unidos llega a esta cita electoral extremadamente dividido. La polarización continúa siendo intensa. A ello se suma la permanente controversia que genera el propio presidente Trump, cuyo estilo confrontacional, sus declaraciones frecuentemente polémicas, sus enfrentamientos con sectores de la prensa, con el sistema judicial, con universidades, gobiernos estatales e incluso con aliados tradicionales de Washington —tanto en Estados Unidos como en el mundo— mantienen al país inmerso en un debate político casi permanente. Para sus seguidores representa un líder que desafía al establishment y cumple promesas que otros evitaron afrontar, para sus detractores simboliza una figura que profundiza las divisiones nacionales y tensiona las instituciones democráticas. Mientras tanto, los debates sobre la guerra con Irán en Medio Oriente, la guerra de Rusia a Ucrania, la inmigración, la economía, la seguridad fronteriza, la política exterior, la inteligencia artificial, las relaciones con China, el gasto público y el papel del gobierno federal continúan alimentando dos visiones profundamente distintas de la nación. No obstante —y más allá del ruido político cotidiano— existen algunas fuerzas históricas y psicológicas que suelen influir en este tipo de elecciones…


 

La historia juega contra el partido que ocupa la Casa Blanca

 

Desde la II Guerra Mundial, el partido del presidente casi siempre pierde escaños en las elecciones de medio término. La explicación es relativamente sencilla. Cuando un presidente llega al poder, concentra expectativas enormes. Sus seguidores esperan cambios rápidos. Sus adversarios se movilizan para frenarlo. Dos años después, los votantes suelen utilizar las elecciones legislativas como un mecanismo de equilibrio para limitar el poder presidencial. Donald Trump enfrenta precisamente ese desafío histórico. Aunque conserva una base política extraordinariamente leal y continúa siendo la figura dominante dentro del Partido Republicano, el desgaste natural del ejercicio del poder comienza a aparecer. A esto se suma un dato que preocupa a numerosos estrategas republicanos, dado que la mayoría de los promedios nacionales de encuestas muestran una tendencia sostenida al aumento de la desaprobación de su gestión. Diversos sondeos realizados durante los últimos meses sitúan su aprobación general en niveles que oscilan entre el 35% y el 40%, mientras la desaprobación avanza hacia el 60%, alcanzando en algunas mediciones sus peores registros desde su regreso a la Casa Blanca. Además, varios estudios señalan que sus niveles actuales de respaldo se encuentran entre los más bajos registrados en cualquiera de sus dos presidencias… Las razones de este deterioro son diversas. Entre ellas destacan las controversias generadas por la guerra con Irán, el aumento de los precios de la energía y del costo de vida, las disputas en torno a los aranceles comerciales, las tensiones derivadas de algunas políticas migratorias y la percepción de una creciente confrontación política constante.

 

La batalla por la Cámara de Representantes

 

La Cámara Baja es probablemente el escenario donde veremos la lucha más intensa. Diversos indicadores muestran una ventaja inicial para los demócratas en la intención genérica de voto para el Congreso. Algunas mediciones nacionales reflejan una preferencia que oscila alrededor de varios puntos porcentuales a favor de los candidatos demócratas. Además, las elecciones especiales celebradas durante los últimos meses han mostrado un desempeño demócrata muy superior al esperado en varios estados. A pesar de ello, existe un elemento que podría alterar significativamente las proyecciones tradicionales: la guerra de la redistribución electoral. Los republicanos han impulsado agresivamente procesos de rediseño de distritos en varios estados, mientras los demócratas estudian respuestas similares en otros territorios. La reciente decisión de la Corte Suprema sobre Alabama podría otorgar una ventaja adicional a los republicanos en algunos distritos clave. Diversos análisis electorales estiman que los republicanos podrían beneficiarse con entre 8 a 12 escaños adicionales producto de los nuevos mapas impulsados en estados como Texas, Florida, Carolina del Norte, Tennessee, Alabama, Ohio y Luisiana. Los demócratas, por su parte, intentan compensar parte de esa ventaja mediante rediseños en California y otros estados, donde podrían aspirar a recuperar entre 4 y 6 escaños. En otras palabras, la batalla de los mapas podría representar una ventaja neta para los republicanos de entre 4 y 8 representantes antes incluso de que se emita un solo voto. Dado que actualmente la diferencia entre ambos partidos en la Cámara de Representantes es extremadamente estrecha, una variación de apenas cinco o seis escaños puede resultar decisiva para determinar quién controlará el Congreso durante los últimos dos años de la presidencia de Donald Trump. Por ello, la Cámara no parece encaminada hacia una ola electoral contundente para ninguno de los dos partidos, sino hacia una disputa voto a voto, distrito por distrito y estado por estado. Aunque si hoy hubiera que identificar el escenario más probable, los demócratas siguen teniendo una ligera ventaja para recuperar la Cámara de Representantes, pero la clave es la palabra ligera.

 

Escenario más probable para la Cámara

 

En la actualidad la probabilidad de una mayoría demócrata en la Cámara de Representantes se sitúa alrededor del 55%, mientras que la probabilidad de una mayoría republicana ronda el 45%. La impresión general es que los demócratas poseen una tenue ventaja estructural debido al comportamiento histórico de las elecciones de medio término, al desgaste natural de cualquier administración que ocupa la Casa Blanca y a los niveles actuales de desaprobación presidencial. Ahora bien, esta ventaja es considerablemente menor de la que tradicionalmente suele tener el partido opositor en circunstancias similares, debido al fenómeno político que continúa representando Donald Trump dentro del electorado republicano y a la intensa batalla por la redistribución de los distritos electorales… Si estas tendencias se mantuvieran hasta noviembre de 2026, el escenario más probable sería una Cámara de Representantes controlada por los demócratas con una mayoría relativamente estrecha. En términos prácticos, ello podría traducirse en una composición cercana a los 220 a 225 representantes demócratas frente a 210 a 215 republicanos. Recordemos que la mayoría se alcanza con 218 escaños de un total de 435. En otras palabras, no se proyecta una de las grandes victorias legislativas del pasado, sino una Cámara altamente competitiva, donde unos pocos distritos podrían terminar definiendo el control político del Congreso y, con ello, la capacidad de Donald Trump para impulsar su agenda durante los dos últimos años de su mandato.

 

Las variaciones


 

Existe un factor que merece especial atención durante los meses que restan hasta las elecciones. Si la tendencia actual de las encuestas se mantiene y la desaprobación presidencial continúa aumentando al mismo ritmo, las probabilidades de una victoria demócrata podrían incrementarse definitivamente. Cuando la popularidad presidencial desciende por debajo de ciertos niveles, los candidatos del partido gobernante suelen enfrentar crecientes dificultades en los distritos competitivos. En la actualidad se evidencia la ventaja demócrata para recuperar la Cámara de Representantes. Sin embargo, si durante los próximos meses la desaprobación de la gestión presidencial continuara aumentando y superara el 60%, esa probabilidad podría elevarse hasta niveles cercanos al 65%. En ese escenario, la proyección de escaños podría desplazarse desde una mayoría relativamente estrecha de aproximadamente 220 a 225 representantes demócratas hacia una mayoría más cómoda situada entre 225 y 235 escaños… Por el contrario, si la economía mejora, disminuyen las tensiones internacionales, se estabilizan los precios de la energía y la aprobación presidencial logra recuperarse parcialmente, los republicanos podrían volver a equilibrar la contienda.

 

El Senado: un terreno más favorable para los republicanos

 

La situación cambia cuando observamos el Senado. Actualmente los republicanos controlan la cámara alta con una mayoría de 53 escaños frente a 47 del bloque demócrata e independientes. A diferencia de la Cámara de Representantes, donde las tendencias nacionales suelen influir considerablemente, las elecciones senatoriales dependen mucho más de la dinámica política particular de cada estado. Por ello, el llamado mapa electoral continúa otorgando una ligera ventaja estructural a los republicanos, aunque probablemente menor de lo que algunos análisis sugieren. Es cierto que los demócratas enfrentan el desafío de defender posiciones en estados competitivos mientras intentan conquistar algunos escaños actualmente controlados por los republicanos… A la par, los republicanos también enfrentan sus propios problemas. En diversos estados han surgido tensiones internas entre sectores tradicionales del partido y los grupos alineados con Donald Trump. En algunos casos, candidatos respaldados por el presidente han desplazado en las primarias a dirigentes republicanos establecidos, generando resentimientos, divisiones locales y una menor disposición de ciertos sectores del partido a movilizarse con entusiasmo durante las elecciones generales. La experiencia electoral reciente demuestra que las divisiones internas pueden resultar costosas. Cuando una parte del electorado percibe que su candidato fue desplazado o marginado, algunos votantes optan por abstenerse, mientras otros reducen su participación política. En elecciones senatoriales altamente competitivas, donde las diferencias suelen medirse en decenas de miles de votos, una disminución relativamente pequeña de la movilización puede alterar el resultado final. Los estados que probablemente definirán el control del Senado incluyen Carolina del Norte, Georgia, Michigan, New Hampshire, Ohio y Florida. Algunos de ellos presentan electorados profundamente polarizados y márgenes históricamente estrechos. Allí no solo importará la popularidad de Donald Trump o la situación económica nacional, sino también la capacidad de cada partido para mantener cohesionadas sus respectivas coaliciones políticas. Por esa razón, aunque el mapa electoral continúa ofreciendo una ligera ventaja inicial a los republicanos, no puede afirmarse que la batalla esté definida. La creciente desaprobación presidencial observada en diversas encuestas nacionales, junto con posibles fracturas internas dentro del Partido Republicano y la elevada motivación de los votantes demócratas para actuar como contrapeso a la administración, podrían reducir notoriamente esa ventaja durante los meses previos a la elección. En consecuencia, el escenario más probable sigue siendo una retención republicana del Senado, pero por un margen mucho más estrecho de lo que sugieren las cifras actuales. Una composición final de entre 51 a 53 senadores republicanos frente a entre 47 y 49 demócratas parece hoy un escenario más realista que una ampliación significativa de la mayoría republicana. Y si las tendencias actuales de desaprobación presidencial continúan profundizándose, incluso una mayoría demócrata no puede descartarse…

 

Escenario más probable para el Senado

 

Aunque el mapa electoral continúa ofreciendo una ligera ventaja estructural a los republicanos, diversos factores han comenzado a reducir parte de esa ventaja. Por estas razones, la proyección actual parece más competitiva de lo que sugerían los análisis iniciales. Damos una probabilidad de mayoría republicana de 55% y una de mayoría demócrata de 45%. El resultado probable continúa siendo una retención republicana del Senado, aunque por márgenes relativamente estrechos. Si la desaprobación presidencial continúa creciendo durante los próximos meses o se profundizan las divisiones internas republicanas en estados competitivos, la posibilidad de una mayoría demócrata ya no puede considerarse remota.


 

Tres escenarios posibles

 

Escenario 1: Congreso dividido (el más probable): Los demócratas ganan la Cámara de Representantes, los republicanos conservan el Senado. Probabilidad estimada: 51%. Este escenario produciría un retorno al equilibrio tradicional del sistema político estadounidense. La Cámara actuaría como contrapeso de la Casa Blanca mientras el Senado continuaría funcionando como dique de contención frente a las iniciativas demócratas. Las investigaciones legislativas aumentarían, las negociaciones presupuestarias serían más complejas y la atención política comenzaría a desplazarse progresivamente hacia la elección presidencial de 2028. Este resultado también sería interpretado como una señal de advertencia para la administración Trump, aunque no como una derrota decisiva.

 

Escenario 2: Republicanos conservan ambas cámaras: Probabilidad estimada: 24%. Para que esto ocurra, la guerra en el Medio Oriente debe terminar, la economía tendría que mantenerse relativamente sólida, la inflación permanecer bajo control, los mercados conservar estabilidad y en cuanto a la aprobación presidencial, detener su tendencia descendente. También requeriría una reunificación efectiva del Partido Republicano. De producirse, sería interpretado como una importante ratificación política del liderazgo de Trump y fortalecería considerablemente su capacidad para influir en la selección del candidato presidencial republicano de 2028.

 

Escenario 3: Ola demócrata: Probabilidad estimada: 25%. Este escenario requeriría que continúe aumentando la desaprobación presidencial, que se produzca un deterioro económico significativo o que surjan nuevas controversias capaces de movilizar masivamente al electorado opositor. En este caso, los demócratas podrían recuperar tanto la Cámara como el Senado. Los últimos dos años del mandato de Trump se transformarían entonces en un período de intensa confrontación institucional, supervisión legislativa permanente y dificultades para avanzar en nuevas iniciativas políticas. Además, una victoria de esta magnitud alteraría profundamente el equilibrio de fuerzas de cara a la elección presidencial de 2028 y fortalecería notablemente a los aspirantes demócratas a la Casa Blanca.

 

El factor psicológico

 

Más allá de los números, las encuestas y los mapas electorales, estas elecciones poseen un componente emocional y psicológico. La política estadounidense atraviesa una etapa en la que las identidades partidistas se han convertido para millones de personas en una extensión de su propia identidad personal. Para muchos ciudadanos, votar ya no significa simplemente escoger entre propuestas de gobierno, se trata de defender una visión del país, una forma de entender la sociedad e incluso un conjunto de valores culturales y morales… Los republicanos acudirán a las urnas impulsados principalmente por la defensa del proyecto político iniciado y liderado por Donald Trump. Una parte importante de sus votantes perciben amenazas a los valores tradicionales estadounidenses. Para ellos, estas elecciones serán una oportunidad para proteger y consolidar las transformaciones impulsadas desde la Casa Blanca… Los demócratas, por su parte, llegarán movilizados por una emoción diferente. Su principal motivación será actuar como contrapeso al poder presidencial. Muchos de sus votantes consideran que el país necesita instituciones capaces de limitar los excesos de cualquier administración y ven en el Congreso una herramienta fundamental para supervisar, investigar y equilibrar el poder ejecutivo. En consecuencia, para una parte importante del electorado demócrata, estas elecciones representan una oportunidad para frenar aquellas políticas con las que no están de acuerdo y de recuperar influencia en Washington… La historia demuestra que las elecciones no suelen ser decididas por los votantes más ideológicos. Tanto republicanos como demócratas cuentan con bases relativamente estables. El verdadero campo de batalla suele encontrarse en un segmento mucho más pequeño, pero extraordinariamente influyente, el de los votantes independientes, moderados y menos comprometidos partidistamente. Son ciudadanos que pueden votar republicano en una elección y demócrata en la siguiente. Generalmente se concentran en los suburbios de las grandes ciudades y suelen evaluar menos los discursos ideológicos que los resultados concretos de la gestión gubernamental. Estos electores observan cuestiones mucho más prácticas, como el costo de la vida, el precio de la gasolina, la inflación, la estabilidad económica, la seguridad pública, la situación internacional, la calidad de la educación y la percepción de estabilidad institucional. No necesariamente sienten entusiasmo por ninguno de los dos partidos, pero sí reaccionan ante la sensación de progreso o deterioro del país. Por ello, estados como Pennsylvania, Michigan, Wisconsin, Arizona y Georgia volverán a ocupar el centro de la atención nacional. Allí se encuentran muchos de esos votantes independientes que en los últimos años han demostrado una notable capacidad para cambiar de posición electoral. Son ellos quienes inclinaron la balanza en varias elecciones presidenciales recientes y probablemente volverán a desempeñar un papel decisivo en 2026. Desde una perspectiva psicológica, la elección puede resumirse en una pregunta fundamental que millones de estadounidenses responderán de manera implícita al votar: ¿consideran que el país avanza en la dirección correcta o creen que necesita un contrapeso político que corrija el rumbo? La respuesta a esa pregunta probablemente influirá más en los resultados finales que cualquier discurso de campaña o anuncio publicitario. Las encuestas nacionales sugieren que una proporción creciente de estadounidenses considera que el país avanza en la dirección equivocada, una percepción que en algunas mediciones se aproxima al 60% del electorado. Históricamente, este indicador suele ser uno de los más relevantes para anticipar cambios políticos significativos.

 

¿Y quiénes se perfilan para 2028?

 

 

Aunque todavía es temprano, algunas figuras comienzan a destacar claramente.

En el Partido Republicano el nombre que aparece con mayor fuerza es el del vicepresidente JD Vance. También destacan Marco Rubio en un claro ascenso, Ron DeSantis, Ted Cruz, Donald Trump Jr., y como posibles aspirantes, entre otros Glenn Youngkin, Kristi Noem y Rand Paul… En el Partido Demócrata las figuras más visibles son Gavin Newsom, Pete Buttigieg, JB Pritzker, Josh Shapiro y Kamala Harris, aunque el partido continúa buscando una narrativa clara después de las derrotas presidenciales recientes.

 

¿Intentará Trump regresar nuevamente?

 

Nuestra impresión es que no. No porque le falte deseo político. No porque carezca de influencia. Y mucho menos porque haya perdido liderazgo dentro del Partido Republicano. La razón fundamental es constitucional. La Constitución estadounidense establece claramente que ninguna persona puede ser elegida presidente ni vicepresidente más de dos veces. Trump ya alcanzó ese límite. Cualquier intento de modificar esa disposición requeriría un proceso constitucional extraordinariamente complejo y políticamente improbable. Más importante aún, Trump parece entender que su verdadera influencia futura probablemente no vendrá de ocupar nuevamente la Oficina Oval, sino de convertirse en el gran elector del Partido Republicano. En otras palabras, en el hombre capaz de decidir quién será el próximo candidato presidencial conservador. Ese papel podría otorgarle incluso más influencia histórica que una nueva candidatura imposible. Aunque Trump no vuelva a ser candidato, todo indica que seguirá siendo, durante varios años más, el político cuya opinión tendrá mayor peso dentro del Partido Republicano."

 

Al final...

 

…aunque las elecciones de 2026 podrían parecer una simple renovación legislativa, en realidad son mucho más que eso. Son el primer gran examen nacional al segundo mandato de Donald Trump. Son el momento en que millones de estadounidenses comenzarán a responder si ¿quieren profundizar el rumbo actual o prefieren construir un contrapeso que modifique la dirección del país? Estas elecciones no decidirán únicamente quién ocupará los escaños de la Cámara de Representantes o del Senado. Tampoco se limitan a una disputa entre republicanos y demócratas. En el fondo, constituyen una confrontación entre dos visiones distintas de Estados Unidos, entre diferentes maneras de entender el poder, la economía, la cultura, la seguridad, el liderazgo y el papel que la nación debe desempeñar en el mundo durante las próximas décadas. Serán también el escenario donde comenzarán a emerger los rostros, las voces y las ideas que probablemente protagonizarán la carrera presidencial de 2028. Algunos liderazgos se fortalecerán. Otros comenzarán a desvanecerse. Nuevas figuras surgirán desde la sombra mientras otras descubrirán que el tiempo político puede ser tan implacable como el tiempo biológico. Pero lo más importante puede ser otra cosa: Las elecciones de medio término siempre han sido una especie de conversación silenciosa entre el pueblo estadounidense y quienes ejercen el poder. Una oportunidad para premiar, corregir, advertir o equilibrar. Un recordatorio de que, en una democracia, ningún liderazgo es permanente, y ningún proyecto político puede darse por garantizado. Por eso, cuando los ciudadanos entren a los centros de votación en noviembre de 2026, estarán haciendo mucho más que elegir congresistas o senadores. Estarán enviando una señal al país, a los mercados, a los aliados y adversarios de Estados Unidos y, sobre todo, a quienes ya comienzan a mirar hacia la Casa Blanca del año 2028. Porque algunas elecciones escriben leyes. Otras escriben gobiernos. Y unas pocas, las más importantes, comienzan a escribir la siguiente etapa de la historia. Todo indica que este noviembre de 2026 será una de ellas… Si desea darnos su opinión o contactarnos puede hacerlo en psicologosgessen@hotmail.com... Que la Suprema Providencia Universal nos acompañe a todos…


 




 

 

Puede publicar este artículo o parte de él, siempre que cite la fuente del autor y el link correspondiente de El Nacional. Gracias. © Fotos e Imágenes Gessen&Gessen

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