El país cabe en un cuartico
- Juan E. Fernández, Juanete

- hace 18 horas
- 2 Min. de lectura

Voy a empezar con una confesión que probablemente me deja mal parado frente a cualquier fanático serio del béisbol: yo no soy un tipo beisbolero. No lo sigo, no me sé las estadísticas, no estoy pendiente de la temporada. Yo aparezco cuando pasa algo grande. Cuando clasifican los Leones del Caracas —cosa que este año ni me enteré— o cuando hay un campeonato mundial. Ahí sí, me monto. Me vuelvo experto en dos días y opino con una seguridad que no me corresponde.
Pero este mundial fue distinto. No porque de repente me haya convertido en fanático, sino porque lo viví de otra manera. Y eso tiene nombre y apellido: El Cuartico.
Terminé más pendiente de los videoblogs de Chucho Roldán, Estefanía León y Daniel
Enrique que de los propios juegos. Y eso, para alguien como yo, no es un detalle menor.
Porque lo que hicieron no fue cubrir el torneo, fue meterte adentro. Hacerte sentir que estabas ahí, en el medio de todo, aunque estuvieras a miles de kilómetros, viendo un video en el celular mientras haces cualquier otra cosa.
Hay algo muy particular en eso que logran. Porque la transmisión oficial te cuenta lo que pasó. Te ordena la historia, te muestra la jugada, te explica. Pero El Cuartico no te explica nada. Te mete en el caos. En la ansiedad de no poder ver el turno completo. En el grito adelantado que después hay que recoger. En el “no puedo con esto” mientras igual sigues mirando. Y en ese desorden hay verdad.
Yo, que normalmente veo el béisbol como quien se asoma a algo ajeno, terminé sintiéndolo propio. Terminé sufriendo innings completos, celebrando jugadas como si hubiese seguido todo el torneo. Y no era por el deporte en sí. Era por cómo estaba contado.
Porque el humor en El Cuartico no es solo para hacerte reír. Es una forma de procesar lo que somos. Esa mezcla rara de nostalgia, orgullo y desarraigo que cargamos los venezolanos sin importar en qué parte del mundo estemos. Te ríes, sí, pero también te reconoces. Y eso pesa más.
Hace dos lunes, cuando Venezuela se coronó campeón, pasó algo que va más allá del resultado. No era solo ganar. Era todo lo que venía detrás. Las ganas acumuladas, la
necesidad de celebrar algo juntos, aunque sea a la distancia, aunque sea a través de una
pantalla. Y ahí es donde entiendes el valor real de lo que hicieron.
Porque lograron que gente que no vive el béisbol —como yo— se sintiera parte. Que alguien que solo aparece en las finales termine conectado con todo el recorrido. Que un torneo deje de ser un evento deportivo y se convierta en una experiencia compartida. Por un rato, gracias a tres panas con una cámara, volvió a pasar algo que cada vez cuesta más: sentir que, aunque estemos regados por el mundo, seguimos estando juntos.



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