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Crisis de pueblo: identidad, identidades y proyecto de paĆ­s


Un proyecto de paĆ­s debe incluir a todos, independientemente de las visiones y perspectivas de cada quien. Imagen: IA Gemini
Un proyecto de paĆ­s debe incluir a todos, independientemente de las visiones y perspectivas de cada quien. Imagen: IA Gemini

En su libro Mensaje sin destino (1952) Mario Briceño Iragorry reflexiona sobre la identidad venezolana y lo que percibía como crisis de pueblo. Su trabajo se enmarca en un momento muy particular que estimuló muchas discusiones intelectuales en el país. Se trata de la década de 1940. Se vivía la difícil transición del régimen gomecista hacia una Venezuela moderna, institucional, basada en un pleno Estado de derecho. A ello hay que sumarle otros factores, como la riqueza petrolera y los retos que suponía. Se planteaban fuertes interrogantes sobre el destino de la riqueza petrolera.


Varios pensadores, como Ramón Díaz SÔnchez en su libro Transición y Arturo Uslar Pietri, en especial en ese artículo De una a otra Venezuela, también reflexionaban sobre la identidad y la visión del futuro desde un presente caracterizado por abundantes incertidumbres. Un asunto importante que servía de trasfondo a muchas de esas controversias era el arribo a Venezuela de un creciente número de inmigrantes, finalizada la Segunda Guerra Mundial y en medio de la profunda crisis económica y social de Europa.


En el tenso contexto de la Postguerra temprana, Venezuela vivĆ­a, pues, una transición polĆ­tica, debĆ­a manejar con prudencia la economĆ­a petrolera y recibĆ­a un nĆŗmero significativo de inmigrantes, ademĆ”s de la influencia cultural estadounidense a travĆ©s de los campos petroleros y actividades conexas. Preocupado por la continuidad de lo venezolano, BriceƱo Iragorry se cuestionaba sobre la existencia de una posible ā€œcrisis de puebloā€.


En la actualidad, esa discusión puede aportar un conjunto de significados para nuevas reflexiones y evaluaciones en las circunstancias actuales del país. En estos momentos de dificultades, de crisis, de aparente transición hacia nuevos espacios o momentos sociopolíticos de mayor y verdadera participación ciudadana, de democracia plena, debemos retomar ese concepto, y replanteÔrnoslo como un elemento focalizador para construir un

proyecto de paĆ­s.


Resulta imprescindible saber qué o cómo somos y, a partir de ello, si tras la conflictividad y los desencuentros sociopolíticos de la Venezuela actual no hay otras razones o causas a las que el autoritarismo, el sectarismo y la imposición ideológica les restan visibilidad y, en consecuencia, dificultan precisarlas. También es cierto la complejidad de identificar una causalidad sociocultural y potenciales factores estructurales de la situación de un país. Por ello, responder esas cuestiones no resulta nada sencillo y, en todo caso, las respuestas apuntan a un espectro de matices y no a un simple esquema de mera afirmación o negación tajante. En otras palabras, al responder probablemente se tenga que aludir a condiciones negadas socialmente a priori y que causan un como escozor social. Por decirlo de una manera coloquial y jocosa, al tratar de desenredar, pudiéramos terminar enredÔndonos mÔs; pero ese momento de oscuridad metodológica es necesario para asumir la perspectiva de lo múltiple que informa y se hace patente en la unicidad.


Lo que en la Venezuela de 1940 se podĆ­a considerar ā€œlo venezolanoā€ no siempre aludĆ­a a la diversidad intrĆ­nseca del paĆ­s que debe ser integrada en un proyecto respetuoso de las diferencias. Juan Liscano tiene el mĆ©rito de haberlo comprendido y de haber estudiado y mostrado la diversidad venezolana. Lo propio venezolano es diverso y mĆŗltiple.


En otro de sus libros, El caballo de Ledesma, una de las ideas mƔs importantes de BriceƱo Iragorry es precisamente la defensa de lo propio. Estos elementos tienen mucho que ver con las nociones de identidad y de lo venezolano. Ambas aglutinan diversidades tan extremas como la que pueden representar algunos pueblos indƭgenas y otras minorƭas Ʃtnicas hasta los

contrastes regionales, sin olvidar las diferencias de estratos sociales o de clase que tienen un doble sentido: económico y cultural, como se ha enfatizado la discusión anterior.


No podemos dejar de pensar un proyecto de país que nos incluya a todos, independientemente de las visiones y perspectivas de cada quien. Tenía razón Mario Briceño Iragorry en plantear la necesidad de evaluar lo venezolano, el concepto de pueblo y su crisis, y también el tema de la defensa de lo propio.


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