Aún es de noche en Caracas
- Juan E. Fernández, Juanete

- hace 4 horas
- 2 Min. de lectura

Hay películas que no se miran: se atraviesan. Aún es de noche en Caracas es una de esas. No porque sea grandilocuente ni porque busque el golpe bajo, sino porque cuenta algo que muchos conocen demasiado bien: el momento exacto en que un país deja de sentirse como casa.
La película, producida y acompañada muy de cerca por Edgar Ramírez, está basada en
La hija de la española de Karina Sainz Borgo y sigue a Adelaida, una mujer que pierde a su madre y, casi al mismo tiempo, pierde su lugar en el mundo. Vuelve a su departamento y ya no es suyo. La ciudad tampoco. Y el futuro, mucho menos.
No hay épica. No hay discursos. Hay supervivencia. Hay miedo. Hay una Caracas oscura, apagada, tomada por la violencia y la arbitrariedad. Y hay algo todavía más inquietante: la sensación de que nadie va a venir a salvarte. Eso es lo que la película entiende muy bien. El verdadero terror no es el ruido de afuera, sino el silencio de adentro.
Una de las decisiones más simbólicas del film es no haber sido rodada en Venezuela. Se filmó en México, con muchos venezolanos exiliados delante y detrás de cámara. Y eso se nota. Porque Aún es de noche en Caracas no reconstruye una ciudad: reconstruye una
memoria. Esa Caracas no es postal ni escenario. Es recuerdo, es herida, es duelo.
La película no quiere explicarte Venezuela. No te dice qué pensar. No te baja línea política. Lo que hace es algo más incómodo: te pone en la piel de alguien a quien le sacaron todo, incluso la identidad. Y ahí aparece una pregunta brutal, casi existencial: ¿quién eres cuando ya no tienes país, casa, pasado ni futuro claro?
El rol de Edgar Ramírez como productor no es decorativo. Hay una coherencia en su recorrido reciente: contar historias de exilio, de destierro, de personas arrastradas por
sistemas que las exceden. Acá no hay estrellas ni ego. Hay una decisión clara de poner
el cuerpo —aunque sea desde atrás de cámara— para que estas historias no se diluyan
en estadísticas.
Aún es de noche en Caracas duele. Pero no grita. No exagera. No manipula. Simplemente acompaña. Y en ese acompañar, logra algo muy poderoso: que el espectador entienda que ésta no es solo una historia venezolana. Es una historia latinoamericana. Humana. Universal.
Porque cuando una persona tiene que huir para seguir siendo persona, ya no importa el
pasaporte. Importa la noche. Y cuánto falta para que amanezca.
Aún es de noche en Caracas ya se estrenó en México y será exhibida en Argentina a partir
del 5 de Febrero. Próximamente en el resto del continente.






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