Atravesando paredes


Foto: Cortesía eldefinido.cl

Hola querido lector, aprovecho mi columna de esta semana para compartirte la segunda parte de mi escrito “La primera vez con el mar”. Espero que la disfrutes:


Desde que “Nina”, la estricta suegra de mi madrina me enseñó a leer, he devorado vorazmente todo material escrito que se me ha atravesado en el camino. Gracias a la lectura conocí el llano venezolano de la mano de Rómulo Gallegos, visité Macondo en la caravana del gitano Melquiades y hasta recorrí el mundo en 80 días… Ahora que estoy en el centro de reclusión del Ávila, todas estas historias me mantienen vivo.


Leer fue un descubrimiento maravilloso que me permitió conocer personas, culturas y lugares sin salir de la biblioteca de mi abuelo el general, quien además de ser un lector empedernido, fue fundador de la Guardia (paradójicamente el organismo que hoy me tiene detenido).


Mi abuelo era andino, específicamente del pueblo de El Cobre. Luego de enlistarse con Eleazar López Contreras y aprobar el curso se fue a varios puestos fronterizos. En uno de ellos conoció a mi abuela con quien procreó 9 hijos, en esa época (como ahora) había que venirse a la capital para buscar futuro, y fue eso precisamente lo que hicieron mis abuelos.


Llegaron a Catia en el oeste caraqueño- y allí crecieron no solo sus hijos, sino los hijos de sus hijos y hasta los nietos de estos. Como en el sector se habían escondido algunos guerrilleros en los 60 y 70, y luego se registraron varios robos en los 80, 90 la crianza de la familia se ajustó a un sistema cuyo objetivo primordial era mantener a cada miembro lejos del mal camino, y por sobre todas las cosas: vivos.


El régimen de crianza de todos fue el mismo: Levantarse de lunes a viernes a las 6:00 a.m. para ir al “Jesús Obrero”, un colegio regentado por los jesuitas, los sábados para ir al mercado y los domingos para la misa. Como podrán notar por ninguna parte reseño que había una hora para salir a la calle a jugar futbol, pelota de goma o baloncesto. Por ende, sólo quedaban dos cosas: ver tv o leer, pero como los tv eran muy costosos para una familia de 9 hijos, todos optaron por la lectura.


En mi caso no se rompió este patrón, pues me tocó levantarme a la misma hora, ir al mismo colegio de los jesuitas y hasta ir al mismo mercado que mi madre y mis tíos visitaron, e incluso igual que a ellos, tampoco se me dejó salir a jugar en la calle. Por eso tomé la alternativa de refugiarme en mi betamax y por supuesto en los libros, ya que a través de sus páginas podía traspasar los muros de mi casa y trasladarme a otra parte… si solo recordara cómo se hacía, tal vez pudiera escapar ahora de mi celda… Bueno pero volviendo al tema, recuerdo que gracias a los libros me hice con un repertorio entero de temas de conversación, a tal punto que los mayores se impresionaban gratamente cuando en las fiestas les hablaba de García Márquez, Stevenson, Da Vinci y de la segunda guerra.


Y fue precisamente mi interés por la segunda guerra lo que me dio valor para cruzar la calle y hablarle al “ruso”, un señor muy mayor, algo cascarrabias que no hablaba con casi nadie. “El Ruso” no era otro que mi vecino y posteriormente gran amigo Miguel Hlushko, un ucraniano que me enseñó cómo se vivía en los campos de concentración, a sobrevivir a una guerra mundial y algunas palabras en su idioma nativo y en alemán. Lo mejor fue que todo esto no me lo enseño solo por un libro sino por su propia experiencia. Una vez le pregunté sin rodeos ¿Por qué no te mataron?, a lo que Miguel me contestó: Porque era indispensable.


Miguel trabajaba en un astillero en Kiev, por eso cuando los Nazis invadieron su país pudo trabajar en una fábrica armando los aviones de la temida Fuerza Aérea Alemana mejor conocida como la Luftwaffe, y como eran pocos los especialistas en ese ámbito, a los alemanes no les quedó más remedio que mantenerlo vivo. Así estuvo por siete años, hasta que gracias al triunfo de los aliados pudo viajar junto a su novia Anna a un país del trópico donde supuestamente la gente se hacía rica en meses, así terminó viviendo a kilómetros de su país, específicamente frente a la casa de mis abuelos en Catia.


Aprendí muchas cosas con mi amigo ucraniano, al que todos simplemente apodaban “El Ruso”. Conocí a través de sus palabras lugares, fechas y hasta datos que los aliados habían alterado por aquello de que “el ganador es quien escribe la historia”. De verdad fueron muchas las lecciones que mi amigo Miguel me dio, pero la mejor de ellas fue:


No son suficientes millones de campos de concentración, alambres de púas, ni mucho menos cuatro paredes para detener a un hombre.


Cuando me lo dijo yo solo tenía 11 años y no lo entendí, pero hoy lo entiendo perfectamente… Por eso cuando siento que ya no puedo aguantar más, cierro los ojos y veo a mi amigo Miguel saludándome, sonriendo y esperándome en la puerta de su casa para, una vez allí, seguir conversando.


Juan E. Fernández, Juanette

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