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Aristarain me enseñó que emigrar es aprender a quedarse en otra vida

Aristarain filmaba desde un lugar incómodo, sin concesiones, con personajes que hablaban demasiado porque callarse era mentirse. Foto del rodaje de Martín Hache,
Aristarain filmaba desde un lugar incómodo, sin concesiones, con personajes que hablaban demasiado porque callarse era mentirse. Foto del rodaje de Martín Hache,

La muerte de Adolfo Aristarain (26 de abril 2026) no es solo la despedida de un director importante del cine argentino. Es, para muchos de nosotros, la pérdida de una voz que sabía mirar donde otros preferían no hacerlo. Aristarain filmaba desde un lugar incómodo, sin

concesiones, con personajes que hablaban demasiado porque callarse era mentirse. Y en

ese cine suyo, áspero, pero profundamente honesto, hay una película que a mí me

atravesó de una forma distinta: Martín (Hache). No la vi como espectador. Me pasó algo

peor: me reconocí.


La historia es simple en apariencia. Un joven argentino, “Hache”, que después de tocar

fondo en Buenos Aires termina en Madrid con su padre, un director de cine que lleva

años viviendo afuera. Pero lo que Aristarain construye no es un relato sobre el

reencuentro, sino sobre la distancia. Entre padre e hijo hay más silencios que palabras

verdaderas, más reproches que afecto, más identidad perdida que identidad recuperada.

Y en ese vínculo roto aparece algo que, con los años, entendí mejor: emigrar no es

empezar de nuevo. Es continuar con lo que eres, pero en un lugar donde todo te obliga a

revisarte.


Yo también me fui. No hubo épica en esa decisión. Me fui de Venezuela cuando el periodismo empezó a dejar de ser un oficio para convertirse en un campo minado.

Cuando contar lo que pasaba ya no era solo una responsabilidad, sino también un

riesgo. Y en algún momento, casi sin darme cuenta, entendí que quedarme podía ser

más peligroso que irme. Llegué a Buenos Aires con esa mezcla que no te enseñan en

ningún lado: alivio por estar en un lugar donde podía volver a escribir sin miedo, y

culpa por haber dejado atrás una vida, una historia, una identidad que no se apaga tan

fácil.


Ahí es donde Martín (Hache) deja de ser una película y se vuelve un espejo. Porque

Aristarain no romantiza el exilio. No hay discursos inspiradores ni relatos de superación

prefabricados. Hay tipos que dudan, que se contradicen, que no saben bien quiénes son.

El padre vive en España, pero nunca deja de ser argentino. El hijo llega a España y no

logra ser nada del todo. Y en ese limbo, en ese territorio incómodo entre lo que eras y lo

que todavía no eres, es donde muchos migrantes aprendemos a sobrevivir.


En Buenos Aires tuve que reinventarme. No fue una decisión, fue una necesidad. Pasé

de ser periodista en Venezuela a convertirme en otra cosa: operador de telemercadeo,

administrativo, vendedor, y posteriormente comunicación, contenidos, formación, lo

que hiciera falta para sostenerme. Aprender a leer el contexto, a entender nuevos

códigos, a encontrar mi lugar en una ciudad que no era mía pero que, poco a poco,

empezó a serlo. Y en ese proceso aparece la pregunta que nunca se termina de

responder: ¿qué parte de uno está dispuesto a cambiar para seguir adelante y qué parte

necesita conservar para no perderse del todo?


Aristarain entendía ese conflicto mejor que nadie. Por eso sus personajes no son héroes

ni víctimas. Son personas. Gente que se arma y se desarma en conversaciones largas,

como las que uno tiene cuando se queda solo y no puede esquivar lo que siente. Y quizás por eso su cine sigue siendo vigente, porque no intenta darte respuestas, sino

obligarte a hacerte las preguntas correctas.


Hoy, con su muerte, volví a pensar en Martín (Hache) desde otro lugar. Ya no como esa

película que me sacudió cuando la vi por primera vez, sino como una especie de mapa

emocional que sigo recorriendo. Porque hay algo que Aristarain entendió y que el

tiempo confirma: uno no deja nunca del todo el lugar del que viene, pero tampoco

vuelve a ser el mismo. Queda en el medio, construyendo una identidad nueva con

pedazos de todas las anteriores.


Y tal vez por eso su cine duele un poco más ahora. Porque en algún punto, sin

proponérselo, Aristarain terminó filmando la historia de muchos de nosotros. De los que

nos fuimos, de los que tuvimos que empezar de nuevo sin saber muy bien cómo, de los

que todavía estamos tratando de entender en qué momento dejamos de ser de un lugar…

sin terminar de ser completamente del otro.



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