Algo lindo, para alegrarnos


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Los sentimientos elevados siempre se levantan para dar a la Humanidad la esperanza de que vale la pena seguir adelante. Foto. Pixabay

En memoria de mi amigo Rolf Becker, quien hace años compartió conmigo esta bella historia


Venezuela está llena de bellas historias que no se conocen, como ésta que les voy a narrar. Hace falta conocerlas, porque nuestro día a día está tan lleno de horrores, que se nos olvida que alguna vez vivimos una vida normal, tranquila y feliz, y, sobre todo, que podemos volver a vivirla. Que tenemos derecho a volver a vivirla.


El doctor Hans Becker fue un geólogo alemán, profesor de la Universidad de Leipzig. Era abiertamente contrario a los gobiernos dictatoriales, y el de Hitler no fue la excepción. De manera que el régimen nazi lo despidió.


En 1936 asumió la Cátedra de Geología en la Universidad de Nanking en China. Allí nació Rolf, su primer hijo. Como ya había estallado la guerra chino-japonesa, Becker consiguió trabajo en la petrolera Socony Vacum en Nueva York. Pero en aquellos días las cuotas de inmigración para ciudadanos chinos estaba copada y Rolf no podía permanecer durante largo tiempo en el país, por lo que la empresa envió al Dr. Becker a Venezuela, donde llegó en el año 1939 con su esposa Hertha y el pequeño Rolf. Se radicaron en el campamento de la Socony Vacum en Pariaguán.


Los siguientes años fueron años felices. El Dr. Becker trabajaba, Rolf crecía y Hertha se dedicaba a la comunidad. En abril de 1943 nació Erik, el segundo hijo. Pero la desgracia tocó la puerta de la familia: el doctor Becker contrajo paludismo, se le complicó con una infección renal y falleció en agosto de ese mismo año. Para remate, la casa donde vivían se quemó.


Hilde Halle era una señora judía que había tenido que dejar sus estudios de medicina en Alemania y trabajaba como enfermera en la medicatura rural de Morichal, estado Monagas. Ella y Hertha Becker se hicieron amigas, a pesar de estar en pleno apogeo la persecución de los judíos en Alemania.


Hilde Halle cruzó a nado un río crecido para acompañar y asistir a la señora Becker y a sus dos criaturas de 4 años y 8 meses. Los envió a casa de su madre en Caracas. Toda la familia y miembros de la comunidad judía ayudaron a la señora Becker y a sus pequeños. Esa ayuda desinteresada y noble les permitió salir adelante.


La señora Becker crió a sus hijos bajo la premisa de prestar ayuda sin mirar a quién. La lección se sigue transmitiendo a los nuevos miembros de la familia, porque gracias a esos nobles judíos, Rolf, ya fallecido, y su hermano Erik, han sido exitosos profesionales y valiosos venezolanos.


Y es que afortunadamente para todos, por encima de los odios, las mezquindades y las bajezas, los sentimientos elevados siempre se levantan para dar a la Humanidad la esperanza de que vale la pena seguir adelante, anhelando y difundiendo el bien.

Carolina Jaimes Branger

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