Alexis Montilla: una vida y dos mandados (Construir recuerdos y sostener un paĆs)
- Juan E. FernƔndez, Juanete
- hace 32 minutos
- 3 Min. de lectura

La noticia me llegó tarde, como suelen llegar las cosas que de verdad importan. Alexis
Montilla murió el pasado 17 de abril de 2026 en MĆ©rida. TenĆa 81 aƱos. Lo leĆ, cerrĆ© la nota y me quedĆ© un rato en silencio, porque hay nombres que no estĆ”n en tu dĆa a dĆa, pero igual te sostienen algo adentro. Ćl era uno de esos.
En mi casa, ir a MĆ©rida nunca fue simplemente āir a MĆ©ridaā. Era un viaje largo, de esos que se construyen desde el momento en que empiezas a meter las cosas en el carro y tu viejo repasa mentalmente la ruta como si no la hubiera hecho mil veces. SalĆamos de Caracas temprano, con esa mezcla de ansiedad y sueƱo, y habĆa una parada que era parte del ritual: la casa de los PeƱaloza, la familia de mi tĆo Enrique. AhĆ el viaje aflojaba un poco. Se comĆa, se conversaba, se dormĆa mal y al dĆa siguiente se seguĆa.
No era un trƔmite, era parte del recorrido.
Cuando finalmente llegĆ”bamos, habĆa un lugar que para nosotros no era opcional. Los Aleros no se anunciaban como una gran cosa, no tenĆan esa lógica de espectĆ”culo que te grita desde la entrada. Uno entraba casi sin darse cuenta de lo que estaba pasando y, al rato, ya estaba en otro ritmo. No sĆ© si era la forma en que la gente hablaba, los detalles de las casas, los objetos, o esa sensación de que nadie estaba apurado, pero algo cambiaba. No era una visita, era una inmersión. Sin que nadie te diera una clase, entendĆas cómo habĆa sido Venezuela en tiempos del general Gómez. Lo entendĆas caminando, mirando, escuchando. Y eso, con los aƱos, lo valoras mĆ”s.
Mucho tiempo despuĆ©s volvĆ, pero ya no con mis padres ni con mi hermano. VolvĆ con mis hijos. Y el paĆs que me encontrĆ© no era el mismo que habĆa dejado en aquellos viajes de infancia. HabĆa un desgaste evidente, una tristeza que ya no se podĆa disimular. Sin embargo, al entrar de nuevo a Los Aleros, esa sensación de refugio seguĆa intacta. Como si ese lugar hubiera decidido no negociar con la realidad de afuera.
Cerca estaba La MontaƱa de los SueƱos, que en mi memoria de niƱo no tenĆa el mismo peso, pero que como padre me pegó distinto. AhĆ no era la historia del paĆs lo que aparecĆa, sino la historia de lo que habĆamos visto, de lo que nos habĆa formado sin que nos diĆ©ramos cuenta. Con mis hijos vimos el auto de Volver al Futuro, nos metimos en una recreación de programa de Renny Ottolina, participamos en una pelĆcula armada para el visitante, caminamos entre decorados que mezclaban cine, televisión y recuerdos. Nada era perfecto en tĆ©rminos tĆ©cnicos, pero no hacĆa falta. Funcionaba porque conectaba.
En ese momento me cayó una ficha que de chico no tenĆa. En medio de una Venezuela cada vez mĆ”s golpeada, esos espacios no eran solo entretenimiento. Eran una forma de tomar distancia, de respirar, de recordar que habĆa otra versión posible de nosotros mismos. Decir que eran ānuestro Disneyā puede sonar simplificador, pero en el fondo tiene algo de cierto. Con una diferencia clave: acĆ” no habĆa una fantasĆa importada, habĆa identidad. HabĆa memoria.
El viernes pasado, ya en Buenos Aires, terminĆ© viendo la pelĆcula Una vida y dos mandados, de Alberto Arvelo, donde cuenta la vida de Alexis. La cinta avanzaba y, sin buscarlo, empecĆ© a hacer conexiones. Ese tono, esa manera de contar, esa mezcla de precariedad y belleza, de humor y melancolĆa, tenĆa algo en comĆŗn con lo que Montilla habĆa construido en sus parques. No es una comparación literal, pero sĆ emocional. Como si todo formara parte de la misma necesidad de conservar algo antes de que se pierda.
A veces se habla de ālegadoā de una forma medio vacĆa, como una palabra que queda bien en un cierre. En este caso no hace falta forzar nada. Los Aleros, La Venezuela de Antier y La MontaƱa de los SueƱos siguen ahĆ, haciendo lo que siempre hicieron: recordarle a la gente de dónde viene, aunque sea por unas horas. En un paĆs que ha perdido tanto, sostener eso no es menor.
Desde acƔ, lejos, la muerte de Montilla no se siente como una noticia mƔs. Se siente como cuando desaparece alguien que estuvo en momentos importantes de tu vida sin que lo supieras del todo. Y te das cuenta tarde, como ahora, cuando ya no estƔ.