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Alexis Montilla: una vida y dos mandados (Construir recuerdos y sostener un país)

En los espacios creados por Alexis Montilla no hay fantasía importada, hay identidad. Hay  memoria. Foto: Cortesía de Montilla Grupo
En los espacios creados por Alexis Montilla no hay fantasía importada, hay identidad. Hay memoria. Foto: Cortesía de Montilla Grupo

La noticia me llegó tarde, como suelen llegar las cosas que de verdad importan. Alexis

Montilla murió el pasado 17 de abril de 2026 en Mérida. Tenía 81 años. Lo leí, cerré la nota y me quedé un rato en silencio, porque hay nombres que no están en tu día a día, pero igual te sostienen algo adentro. Él era uno de esos.


En mi casa, ir a Mérida nunca fue simplemente “ir a Mérida”. Era un viaje largo, de esos que se construyen desde el momento en que empiezas a meter las cosas en el carro y tu viejo repasa mentalmente la ruta como si no la hubiera hecho mil veces. Salíamos de Caracas temprano, con esa mezcla de ansiedad y sueño, y había una parada que era parte del ritual: la casa de los Peñaloza, la familia de mi tío Enrique. Ahí el viaje aflojaba un poco. Se comía, se conversaba, se dormía mal y al día siguiente se seguía.


No era un trámite, era parte del recorrido.


Cuando finalmente llegábamos, había un lugar que para nosotros no era opcional. Los Aleros no se anunciaban como una gran cosa, no tenían esa lógica de espectáculo que te grita desde la entrada. Uno entraba casi sin darse cuenta de lo que estaba pasando y, al rato, ya estaba en otro ritmo. No sé si era la forma en que la gente hablaba, los detalles de las casas, los objetos, o esa sensación de que nadie estaba apurado, pero algo cambiaba. No era una visita, era una inmersión. Sin que nadie te diera una clase, entendías cómo había sido Venezuela en tiempos del general Gómez. Lo entendías caminando, mirando, escuchando. Y eso, con los años, lo valoras más.


Mucho tiempo después volví, pero ya no con mis padres ni con mi hermano. Volví con mis hijos. Y el país que me encontré no era el mismo que había dejado en aquellos viajes de infancia. Había un desgaste evidente, una tristeza que ya no se podía disimular. Sin embargo, al entrar de nuevo a Los Aleros, esa sensación de refugio seguía intacta. Como si ese lugar hubiera decidido no negociar con la realidad de afuera.


Cerca estaba La Montaña de los Sueños, que en mi memoria de niño no tenía el mismo peso, pero que como padre me pegó distinto. Ahí no era la historia del país lo que aparecía, sino la historia de lo que habíamos visto, de lo que nos había formado sin que nos diéramos cuenta. Con mis hijos vimos el auto de Volver al Futuro, nos metimos en una recreación de programa de Renny Ottolina, participamos en una película armada para el visitante, caminamos entre decorados que mezclaban cine, televisión y recuerdos. Nada era perfecto en términos técnicos, pero no hacía falta. Funcionaba porque conectaba.


En ese momento me cayó una ficha que de chico no tenía. En medio de una Venezuela cada vez más golpeada, esos espacios no eran solo entretenimiento. Eran una forma de tomar distancia, de respirar, de recordar que había otra versión posible de nosotros mismos. Decir que eran “nuestro Disney” puede sonar simplificador, pero en el fondo tiene algo de cierto. Con una diferencia clave: acá no había una fantasía importada, había identidad. Había memoria.


El viernes pasado, ya en Buenos Aires, terminé viendo la película Una vida y dos mandados, de Alberto Arvelo, donde cuenta la vida de Alexis. La cinta avanzaba y, sin buscarlo, empecé a hacer conexiones. Ese tono, esa manera de contar, esa mezcla de precariedad y belleza, de humor y melancolía, tenía algo en común con lo que Montilla había construido en sus parques. No es una comparación literal, pero sí emocional. Como si todo formara parte de la misma necesidad de conservar algo antes de que se pierda.


A veces se habla de “legado” de una forma medio vacía, como una palabra que queda bien en un cierre. En este caso no hace falta forzar nada. Los Aleros, La Venezuela de Antier y La Montaña de los Sueños siguen ahí, haciendo lo que siempre hicieron: recordarle a la gente de dónde viene, aunque sea por unas horas. En un país que ha perdido tanto, sostener eso no es menor.


Desde acá, lejos, la muerte de Montilla no se siente como una noticia más. Se siente como cuando desaparece alguien que estuvo en momentos importantes de tu vida sin que lo supieras del todo. Y te das cuenta tarde, como ahora, cuando ya no está.



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