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Y ahora... ¿el fenómeno de los therian?

¿Es una moda digital del siglo 21, o un síntoma cultural más profundo que lleva milenios presente, pero con otros nombres?... ¿Estamos pasando de ver a los animales como humanos a percibir a personas como animales? ¿Por qué se está generando este debate?...



De qué estamos hablando

 

Ha emergido un fenómeno que despierta curiosidad, desconcierto y, en no pocos casos, incomprensión: los therian. Desde que el ser humano pintó bisontes en las cuevas de Altamira y dejó estampadas manos humanas y de animales en las cavernas de Lascaux, nuestra historia ha estado entrelazada con el mundo animal. Las culturas ancestrales hablaron de espíritus animales, de tótems protectores, de metamorfosis sagradas. En Egipto, las deidades adoptaron formas zoomorfas. En la América indígena, el jaguar, el cuervo y el águila fueron puentes entre lo humano y lo cósmico. Más tarde, en la modernidad urbana, el vínculo no desapareció, se transformó. Convertimos a las mascotas en miembros de la familia, hasta le valoramos como a hijos, les atribuimos emociones complejas, celebramos sus cumpleaños, y lloramos su partida con rituales evidentemente humanos. Hemos humanizado a los animales mientras, paradójicamente, redescubrimos en nosotros impulsos, instintos y sensibilidades que reconocemos como “animal”. Ahora cobra fuerza el fenómeno actual de los llamados therian, personas que no solo aman o proyectan rasgos humanos en los animales, sino que sienten que su identidad interior, emocional o espiritual está profundamente vinculada a uno de ellos. El término proviene del griego thērion (bestia) y se utiliza para describir a personas que afirman experimentar una identificación profunda —espiritual, psicológica o simbólica— con un animal específico.

 

Comentario de María M., 22 años, Sur de España, estudiante de artes plásticas, felina therian: —“No es que quiera ser un gato o un tigre. Es que mi manera de sentir afecto, mi ritmo emocional y mi forma de procesar el estrés encajan con la estética y el comportamiento de una felina. Hablar de esto con otras personas me libera de una sensación de soledad.” 

 

En la era digital 

 

El fenómeno therian compite con otras formas de identidad expandida, como el cosplay, que nos refiere a la práctica de vestirse o disfrazarse y caracterizarse como un personaje ficticio —de anime, cómics, videojuegos, cine o literatura— como el hombre araña. En eventos culturales es común ver personas caracterizadas como estos héroes, reproduciendo trajes, posturas e incluso diálogos icónicos.


 

Lo interesante, desde una perspectiva psicológica, es que el cosplay (costume-play) permite explorar arquetipos —el justiciero, el protector, el rebelde, el líder— sin que ello implique que la persona crea literalmente ser ese personaje. Y aquí vuelve la distinción clave, vestirse como Spider-Man no significa afirmar que uno “es” un humano araña, en sentido literal. 

 

El caso de “Ana y el lobo interior”

 

Ana llegó a consulta a los 17 años acompañada de su madre. No buscaba tratamiento por depresión ni por trastorno psicótico. Su principal inquietud era comprender lo que ella llamaba su “identidad lúpica”:

“Desde muy pequeña sentí que no encajaba. El bosque me calma más que cualquier reunión social. A veces, mi mente está más atenta, más despierta, como si escuchara sonidos que otros ignoran. Siento que mi esencia es la de una loba, aunque sé que tengo un cuerpo humano”.

Ana no creía literalmente que su cuerpo se transformara físicamente en lobo, su experiencia era eminentemente subjetiva y simbólica. Lo que la angustia —y lo que trajo a consulta— es la dificultad para explicar a su familia, su escuela y sus amistades algo que, para ella, es real en su mundo interno. Su caso plantea una pregunta: ¿cómo distinguir entre una metáfora existencial significativa y una experiencia que puede interferir con la adaptación al mundo social compartido?

 

El Furry

 

Para entender el therian, veamos una subcultura internacional centrada en disfraces de personajes animales antropomórficos, es decir, animales con características humanas que caminan en dos patas, hablan, tienen emociones complejas, visten ropa o viven en sociedades similares a las humanas. Casos clásicos de este tipo de representación aparecen en personajes como Bugs Bunny, Mickey Mouse, Sonic the Hedgehog, o Zootopia (los personajes de la película). La comunidad furry suele participar en convenciones temáticas con el uso de trajes llamados fursuits, y en el desarrollo de personajes propios (fursonas), que son alters egos animales. Sin embargo, no deben confundirse. El furry fandom se centra en la apreciación artística de personajes antropomórficos, mientras que el therianismo se define por la identificación personal con un animal concreto, y más allá del juego estético.

 

Comentario de Diego R., 20 años, Argentina, lobo therian: — “Mirá… No es cosplay ni juego. Es sentido de pertenencia, es cómo enfrento el miedo, cómo valoro la lealtad. El lobo es un símbolo para entenderme mejor.”

 

¿Del antropomorfismo de animales al animalismo de los humanos?


 

Durante siglos hicimos lo contrario, humanizamos a los animales. Les atribuimos emociones humanas, moralidad, intenciones, lenguaje. Desde las fábulas de Esopo hasta los dibujos animados contemporáneos, el animal fue espejo pedagógico de nuestras virtudes y defectos. Pero hoy algunos jóvenes no solo proyectan humanidad en los animales como aprendieron masivamente, sino que ahora reconocen animalidad en sí mismos, y la convierten en parte de su narrativa identitaria. Desde el punto de vista biológico, el ser humano siempre ha sido una especie dentro del reino animal. Luego, lo que hicimos fue crear una frontera simbólica radical entre “lo humano” y “lo animal”. La Ilustración reforzó esa separación, razón versus instinto, cultura versus salvaje. Sin embargo, la neurociencia contemporánea ha demostrado que se ha ignorado que compartimos estructuras cerebrales con algunos mamíferos. Nuestras emociones básicas tienen bases evolutivas comunes. La conducta social humana no está desligada del instinto. En ese sentido, reconocer rasgos animales no es degradarse. Al final también pertenecemos al reino animal y Darwin fue pionero en sostener que la expresión emocional humana tiene continuidad de otros animales.

 

Comentario de José G., 22 años, chileno, veterinario, reptil therian: — “Mi cerebro responde distinto al calor, al estrés. Me siento más cómodo solo, observando. El reptil expresa mi forma de estar en el mundo.”

 

Entre identidad y metáfora


 

En muchas cosmovisiones indígenas, la frontera entre humano y animal no era rígida, sino permeable. El mito del hombre-lobo europeo o las deidades zoomorfas egipcias, el cuervo, o el águila como manifestaciones divinas, son casos históricos de esta continuidad simbólica. En este sentido, ser therian no surge de la nada, porque se inscribe en una tradición ancestral de identificación con lo animal. Lo novedoso es el contexto, que se presenta en las sociedades urbanas, hiperconectadas y tecnológicas, donde la naturaleza está cada vez más distante de la experiencia cotidiana. Una pregunta válida puede surgir en Sofía, una niña de 6 años, cuando observa que sus padres tratan a una mascota igual que a ella y además lo premian por algunos comportamientos como levantar la pata: ¿Por qué la Sofía no debería imitar a Lulú y comportarse como tal?...

 

Comentario de Camila P., 19 años, mexicana, ave de rapina therian: — “Volar en sueños es más vívido que cualquier recuerdo que tenga como humana. La libertad y la perspectiva que siento en esos sueños me dicen algo hondo sobre quién soy.”

 

Redes sociales y performatividad

 

El auge de plataformas como TikTok e Instagram, entre otras, han dado visibilidad a esta subcultura. Allí se comparten videos de “quadrobics” —desplazarse utilizando las cuatro extremidades, manos y pies— imitando el movimiento de ciertos animales, especialmente cánidos o felinos. El término proviene de cuadrúpedo (cuadrúpedo) y aerobics. Y asimismo incorporan el uso de máscaras, colas artificiales o atuendos que evocan la identidad animal. Aquí aparece una dimensión interesante, como es la performatividad, término desarrollado inicialmente por el filósofo del lenguaje John Langshaw Austin (1911–1960), quien explicó que hay palabras que no solo describen la realidad, sino que la crean, cómo sería el caso cuando alguien dice “los declaro marido y mujer”, y este acto de decirlo produce el cambio real. Más adelante, la filósofa Judith Butler amplió la idea al campo de la identidad, y sostuvo que la identidad se constituye mediante actos repetidos —gestos, estilos, conductas— que producen la sensación de una esencia estable. No somos únicamente lo que pensamos ser. También somos lo que hacemos, repetimos y mostramos.


 

Qué está pasando: ¿Es un retroceso civilizatorio?

 

Lo nuevo no es la biología, sino la narrativa identitaria. En épocas anteriores, la conexión con el animal era totémica en la pertenencia tribal. Espiritual al otorgarle al animal algún determinado poder. Y mítica al plantearse la metamorfosis sagrada. La teriantropía es la creencia de que uno es al menos en parte animal no humano. Algunos sectores lo interpretan como volver atrás, como una dilución de la singularidad humana. Pero aceptar nuestra dimensión instintiva no implica abandonar la racionalidad, la ética o la cultura. Lo problemático no sería reconocer nuestra animalidad. Lo problemático sería renunciar a nuestra capacidad reflexiva. Podría decirse que estamos en un momento de afirmación de la identidad. De búsqueda de autenticidad instintiva y de revalorización de lo natural frente a lo artificial. Pensamos que no estamos ante una expresión de “animalismo humano”. Más bien, ante una minoría que utiliza símbolos animales para narrarse. No obstante, conviene diferenciar el fenómeno therian de trastornos clínicos. No está reconocido al momento como diagnóstico psiquiátrico en manuales como el DSM-5, ni constituye por sí mismo un indicador de patología. La mayoría de quienes se identifican como therian mantienen plena conciencia de su corporalidad humana y la experiencia ocurre en el plano simbólico o subjetivo.

 

Comentario de Elena S., 25 años, Toronto, cánido therian: — “Al principio pensé que estaba loca. Pero leer experiencias de otras personas que sienten algo parecido me dio paz. Es una identidad que no controlas, simplemente es.”

 

Una lectura más profunda

 

Pareciera que estamos reintegrando lo instintivo a la conciencia, reconciliando naturaleza y cultura y procurando identidad en una era hiper-tecnológica. Sin embargo, no hemos pasado de una cosa a la otra. Siempre hemos hecho ambas. Humanizamos animales para entendernos. Y ahora algunos animalizan su identidad para explicarse.


 

Antes llegamos a considerar personas a los animales, ahora algunas personas quieren comportarse de alguna forma o medida como animales. Lo cierto es que todo sigue en la misma dimensión de la convivencia animal, incluidos los humanos.

 

Edades

 

En cuanto a la edad de los therian, desde una perspectiva psicológica, entre los 15 a los 22 años, es una etapa de exploración identitaria. La identificación con un animal puede ofrecer un marco narrativo para comprender emociones intensas, sensación de diferencia o búsqueda de pertenencia. Las comunidades therian proporcionan reconocimiento mutuo, validación y un lenguaje compartido. A pesar de ello, también existe el riesgo de estigmatización. La burla pública en redes, el desconocimiento o la caricaturización pueden generar aislamiento. Como en cualquier fenómeno cultural emergente, el desafío está en comprender antes que juzgar.

 

Comentario de Luis C., 20 años, peruano, oso therian: — “Me describo como ‘osificado’ en las mañanas: lento, sensorial, territorial en mis afectos. Aprender de eso me ha ayudado a regular mi ansiedad.”

 

Dimensión psicológica y social

 

Reacción política: debates públicos y tensiones culturales: Hasta el momento no existen legislaciones específicas dirigidas contra el therianismo como categoría jurídica autónoma. Sin embargo, en distintos países han surgido debates políticos y mediáticos —en particular en sectores conservadores— donde este fenómeno aparece mencionado dentro de discusiones más amplias sobre identidad juvenil, cultura digital y contenidos escolares. En esos contextos, algunas voces han expresado preocupación por prácticas simbólicas o expresiones asociadas a subculturas en línea, argumentando que podrían generar “confusión identitaria” o distanciamiento de consensos sociales compartidos. Se observan controversias culturales, declaraciones públicas y propuestas regulatorias generales sobre normas de convivencia escolar o límites de expresión simbólica. Cada generación ha identificado su propia “amenaza simbólica”: el rock and roll en los años cincuenta, la beatlemanía en los sesenta, los videojuegos en los noventa, internet y las redes sociales ya en el siglo XXI. Hoy, para ciertos sectores, el therianismo ocupa ese lugar dentro de un escenario más amplio de transformaciones identitarias. 

 

Culturas y religiones ante la identificación animal

 

Perspectivas tradicionales y ancestrales: En buena parte de las culturas ancestrales, la frontera entre lo humano y animal no fue rígida. Para los pueblos indígenas de América del Norte, la figura del animal de poder es un mediador entre mundos. Para los aborígenes australianos, ciertos tótems animales son expresiones de leyes cosmológicas. En estas cosmologías, identificarse con un animal no es patológico, sino una forma de comprender vínculos espirituales y ancestrales. En las culturas chamánicas siberianas o amazónicas, el trance animal es un medio de sanación y de acceso a conocimientos comunitariamente reconocidos.

 

El cristianismo tradicional ha interpretado en algunos contextos la identificación con animales como un símbolo de pecado o alienación, aunque no existe una doctrina unificada sobre el therianismo específico. En la tradición cristiana el Espíritu Santo se representa simbólicamente como una paloma, especialmente en el relato del bautismo de Jesús. El episodio aparece en los Evangelios —en el Evangelio según Mateo 3:16— donde se describe que, tras el bautismo en el Jordán, “el Espíritu de Dios descendió como paloma y vino sobre él”. También se menciona en los relatos paralelos de Marcos, Lucas y Juan.


 

En el budismo se podría contemplar estas experiencias como parte del espectro de vivencias mentales sin adjudicarles una ontología fija. Según la tradición budista, antes del nacimiento de Siddhartha Gautama, Buda, su madre, la reina Māyā, soñó que un elefante blanco descendía del cielo y entraba en su costado. Ese sueño fue interpretado como anuncio del nacimiento de un ser extraordinario destinado a iluminar al mundo. El elefante blanco simboliza: Pureza, sabiduría, Fuerza espiritual y Nobleza. No es que Buda “fuera” un elefante; el elefante representa cualidades espirituales elevadas.

 

En el islam no existen animales sagrados como objeto de culto, pero sí animales con valor simbólico y espiritual. El camello, mencionado en el Corán, es presentado como signo de la sabiduría divina en la creación y ejemplo de adaptación perfecta al desierto. El carnero, en la historia de Abraham, simboliza obediencia y misericordia divina, recordado en la festividad del Eid al-Adha. El caballo es asociado tradicionalmente con nobleza, dignidad y fortaleza. El gato, aunque no ocupa un lugar doctrinal central, es valorado culturalmente.

 

En el hinduismo sí existen animales considerados sagrados o profundamente venerados, porque forman parte de una visión donde lo divino puede manifestarse en múltiples formas de vida animal. De manera que la sagrada vaca simboliza vida, abundancia y no violencia, y es protegida como figura maternal. El elefante está asociado al dios Ganesha y representa sabiduría y superación de obstáculos. El mono, a través de Hanuman, encarna devoción y fortaleza. La serpiente simboliza energía cósmica y renovación.

La diversidad de respuestas culturales indica que la reacción a la experiencia therian no es universalmente negativa, depende de marcos simbólicos, teológicos y cosmológicos específicos.

 

Preocupaciones de los padres y salud mental

 

Buena parte de los padres expresan angustia ante el therianismo de sus hijos y se preguntan si “¿Se volverá violento?”, “¿Perderá contacto con la realidad?”, “¿Esto afecta su rendimiento académico o su capacidad para relacionarse?”. Estas preocupaciones son legítimas. Sin embargo, la mayoría de los jóvenes therian no pierden contacto con la realidad objetiva. Saben que tienen un cuerpo humano y participan en la vida social habitual. La clave está en la flexibilidad cognitiva y en la capacidad de funcionar en entornos reales. Durante el auge del Rock and Roll y de los Beatles en los años 60, algunos padres acudieron a médicos, psicólogos, sacerdotes e incluso autoridades escolares preocupados por lo que llamaban “histeria colectiva”. Las apariciones de Elvis Presley, y la Beatlemanía, no fue solo entusiasmo musical. En conciertos se registraban gritos incontrolables, desmayos, crisis de llanto, conductas impulsivas, abandono temporal de normas familiares. Para muchos adultos de la época, aquello parecía una pérdida de control emocional peligrosa. Y, ¿Qué decían los profesionales entonces?: Algunos interpretaron el fenómeno como expresión de la identidad adolescente, liberación emocional colectiva, reacción generacional contra normas rígidas y catarsis social en tiempos de cambio cultural. Otros sectores más conservadores lo calificaron de “degeneración moral” o “inestabilidad psicológica”. Con el paso del tiempo, Elvis y los Beatles fueron comprendidos como un fenómeno cultural juvenil, no como trastorno mental colectivo. Por lo demás, amamos el Rock ‘n Roll.

 

¿Existe peligro de desconexión de la realidad?


 

No hay evidencia científica que sostenga que el therianismo en sí mismo conduzca a una pérdida completa de contacto con la realidad. El peligro real no reside en el therianismo per se, sino en estigmatizar a quienes lo viven, ignorar posibles comorbilidades clínicas como ansiedad severa, depresión, trastornos del espectro autista, o forzar una interpretación reduccionista. El fenómeno therian no es una moda pasajera ni una mera rareza de internet. Es un espejo de nuestra época, un tiempo en que los jóvenes buscan narrativas simbólicas que incorporen su experiencia emocional y cognitiva, en un mundo donde las categorías de identidad se vuelven cada vez más fluidas. La psicología, la antropología y el periodismo tienen la responsabilidad de comprender sin patologizar automáticamente, de escuchar sin trivializar y de contextualizar sin demonizar. En última instancia, la pregunta es qué nos dice este fenómeno sobre la condición humana en el siglo XXI. Y ¿si existe un peligro para la humanidad con esto? Pensamos que no porque la experiencia ocurre en el plano simbólico, narrativo o espiritual. Sin embargo, pueden existir riesgos individuales si la identidad animal sustituye completamente la interacción social humana. Si se desarrolla un aislamiento severo, si se acompaña de trastornos psicóticos previos, o si se convierte en una estructura rígida que impide la adaptación funcional, los cuales no han sido reportados. Pero esos riesgos no son exclusivos del therianismo. Son los mismos que podrían observarse en cualquier identidad absorbente —religiosa extrema, ideológica radical, fanatismo, sectarismo— cuando se vuelve excluyente y absoluta.

 

¿Amenaza civilizatoria o subcultura minoritaria?

 

El fenómeno therian es numéricamente marginal. No constituye un movimiento político organizado, no promueve violencia estructural ni plantea un reemplazo del orden institucional o una ruptura tecnológica capaz de alterar el equilibrio global. Comparado con los desafíos reales que enfrenta la humanidad —guerras, proliferación nuclear, crisis climática, polarización extrema o el desarrollo acelerado de inteligencia artificial sin regulación— el therianismo carece de impacto sistémico. No estamos ante un fenómeno con capacidad de transformar economías, desestabilizar Estados o modificar el curso geopolítico. Es, más bien, una expresión identitaria individual o de pequeños grupos que encuentran en entornos digitales un espacio de reconocimiento. En consecuencia, el “peligro para la humanidad” es prácticamente inexistente y, como otras subculturas antes, probablemente se integrará como una manifestación más del mosaico cultural del siglo XXI.

 

Comentario de Valeria F., 17 años, estudiante, Caracas, loba therian.: — “Yo no lo veo como querer dejar de ser humana. Lo siento más como una manera de recordar algo que tenemos adentro. Para mí es reconectar con lo instintivo, con lo que no está contaminado por tanta competencia, tanta violencia, tanta máscara social. Soy diferente y no me avergüenzo de eso. En la comunidad encontré gente sensible, que escucha, que no juzga tan rápido. Y sí… a veces pienso que los animales viven más en equilibrio. No destruyen por ambición ni compiten por ego. Al ser un poco más como ellos —más simples, más coherentes con lo que sentimos— podríamos vivir en más paz que como humanos que con las guerras olvidan su propia naturaleza.”

 

El verdadero peligro: la reacción desproporcionada

 

Paradójicamente, el mayor riesgo no proviene del fenómeno en sí, sino de la estigmatización, la ridiculización pública, la prohibición autoritaria, y la polarización cultural, porque la historia muestra que cuando una sociedad convierte expresiones minoritarias en “enemigos morales”, puede activar mecanismos de persecución que sí tienen consecuencias sociales reales. La tradición es clara, el miedo cultural amplificado suele generar más daño que el fenómeno que lo provocó. La investigación histórica contemporánea estima que entre 40.000 y 60.000 personas fueron ejecutadas por brujería por el “Santo oficio” en Europa entre 1450 y 1750. Y es cierto también que hoy sabemos que la brujería como un pacto real con fuerzas demoníacas no tiene base científica. Por lo que ejecutados no fueron brujas sino mujeres: Viudas, mujeres solas, parteras, curanderas —cuando no había médicos— y marginadas socialmente. La caza de brujas nos enseña cómo una creencia cultural dominante puede legitimar persecuciones. El miedo colectivo puede convertirse en violencia institucional. Las minorías simbólicas pueden convertirse en chivos expiatorios. ¡Lo cual sí es un peligro!

 

¿Dónde es más visible el fenómeno?

 

Estados Unidos es el país donde el therianismo tiene mayor visibilidad pública, por el alto acceso a internet. Muchos foros sobre therianismo surgieron primero en EEUU. Canadá, un país con énfasis en la diversidad identitaria y libertad cultural, la presencia es menor, pero visible. En el Reino Unido existe una comunidad activa en línea. La tradición británica de subculturas juveniles facilitó la aparición de fenómenos identitarios alternativos. En Australia y Nueva Zelanda la cultura digital anglosajona ha favorecido la visibilidad de comunidades therian, aunque en menor escala. Alemania y Países Bajos, y en Europa continental, hay presencia documentada en foros y redes, pero no con la intensidad del mundo angloparlante. ¿Y en América Latina? La presencia es considerablemente menor y más reciente, pero en ascenso acelerado. En países como México, Brasil, Argentina y Chile existen comunidades digitales pequeñas, pero el fenómeno está pasando por una presencia mediática significativa. En regiones como Asia, África o Medio Oriente con estructuras religiosas más tradicionales, marcos sociales más rígidos sobre identidad, y menor tolerancia a subculturas digitales, el fenómeno es mucho menos visible o permanece oculto. En Asia, existen abundantes representaciones de animales humanizados en arte, literatura y tradición visual. En muchas de estas culturas encontramos los animales en el zodiaco o en el año chino. Espíritus zorros en el folclore japonés y una figura de un gato dando la bienvenida en cada casa. Encontramos deidades zoomorfas en la India. Figuras híbridas en el arte africano tradicional. Criaturas míticas en la literatura persa. Lo cierto es que a pesar de su presencia en redes, el therianismo sigue siendo un fenómeno minoritario dentro de la población juvenil. Mucho de lo que parece “explosión” responde a los algoritmos que amplifican estos nichos, a la viralización de videos llamativos y a la curiosidad mediática. El número absoluto de personas que se identifican seriamente como therian es muy pequeño en comparación con otras identidades culturales juveniles.

 

Comentario de Jacobo R., 17 años, estudiante, uruguayo, canino therian: —“Soy un canino porque mi mamá tiene una perrita, Lulú, y la trata mejor que a mi hermana y a mí. A veces siento que con ella es todo cariño, paciencia, ternura… y con nosotros es exigencia, reclamos, y reglas. Entonces empecé a pensar que quizá siendo un canino es más fácil que te quieran sin condiciones. Se que soy humano, pero cuando digo que soy canino es como decir que quiero ese tipo de lealtad, de afecto simple, sin tanta presión.”

 

Al final…

 

La humanidad no está en peligro por quienes exploran su identidad a través de símbolos animales. Está en riesgo cuando pierde su capacidad de diálogo, de pensamiento crítico y de compasión. El therianismo pone en evidencia la necesidad constante del ser humano de narrarse a sí mismo. Y esa necesidad —lejos de ser dañina— es una de las fuerzas que nos han permitido evolucionar. La fragilidad de la civilización no se mide por sus subculturas, sino por la manera en que reacciona ante ellas. No existen censos oficiales ni estudios epidemiológicos robustos que midan la prevalencia del therianismo por país. No es una categoría clínica reconocida, ni una identidad registrada en estadísticas públicas. Lo que sí puede analizarse es su visibilidad digital y presencia comunitaria, especialmente en foros, redes sociales y plataformas y redes sociales. Como psicólogos, como padres y como ciudadanos, creemos que el camino no es el temor, sino la conversación. A las familias les decimos: escuchen antes de juzgar, pregunten antes de prohibir, acompañen antes de alarmarse. Un hijo no necesita un tribunal, requiere un espacio seguro donde pensar en voz alta sin sentirse expulsado del amor que lo sostiene. Observen su bienestar, su desempeño, sus vínculos. Si hay sufrimiento, busquen ayuda profesional, y si hay curiosidad y exploración, acompáñenla con serenidad. A los jóvenes les decimos: exploren, sí, pero no se aíslen, expresen su sensibilidad, pero no renuncien al pensamiento crítico, abracen su diferencia, pero no se desconecten del mundo compartido que todos habitamos. La identidad no es una jaula, es un proceso. Ningún símbolo debe encerrar su futuro ni sustituir la riqueza de su humanidad completa. Y a ambos —padres e hijos— les recordamos algo esencial, antes que loba, oso o felino, antes que etiqueta o tendencia digital, somos personas. Somos conciencia, vínculo, historia y posibilidad. Podemos honrar nuestra dimensión instintiva sin abandonar la razón, podemos sentirnos parte de la naturaleza sin romper el tejido social que nos protege. Quizá el mensaje más claro de este debate no sea zoológico, sino humano. Se trata de aprender a convivir con lo diferente sin convertirlo en amenaza. Porque al final, lo que realmente civiliza no es la uniformidad, sino la capacidad de amar mientras pensamos, y de pensar mientras amamos… Si quieres profundizar sobre este tema, consultarnos o conversar con nosotros, escríbenos a psicologosgessen@hotmail.com. Hasta la próxima entrega… Que la Divina Providencia del Universo nos acompañe a todos.

 






 

Puede publicar este artículo o parte de él, siempre que cite la fuente de los autores y el link correspondiente de El Nacional. Gracias. © Fotos e Imágenes Gessen&Gessen 

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