Soy un viejo comelibros
- Juan E. Fernández, Juanete

- hace 8 horas
- 3 min de lectura

A los ocho años alguien cometió el error de regalarme un libro. Se llamaba Las aventuras de Vania el forzudo, de la colección El Barco de Vapor, y venía con una portada que hoy no recuerdo, pero con un efecto que no se me fue nunca: no paré de leer desde entonces. De ahí en más mi vida tiene una cronología rara, medida en libros en lugar de años. Después llegó Doña Bárbara, después los cuentos de Rómulo Gallegos, y en el bachillerato caí de lleno en los autores del Boom Latinoamericano, con Gabriel García Márquez a la cabeza, que llegó como llega un huracán, sin pedir permiso y reordenando todo lo que había alrededor.
Por esos mismos años del liceo descubrí, no en un libro sino en el diario, a José Ignacio
Cabrujas, que escribía columnas capaces de hacerte reír y hacerte pensar en la misma frase, algo que a mí me pareció una proeza técnica antes de entender que era, en realidad, un estilo de vida. Ahí nomás aparecieron Salvador Garmendia e Ibsen Martínez, y con este último me pasó algo que todavía me cuesta creer: años después, ya periodista, terminé compartiendo redacción con él en Cadena Capriles, y tuve que hacer un esfuerzo consciente para no comportarme como un pendejo de dieciséis años pidiéndole un autógrafo entre nota y nota.
Cuarenta y pico de años después de Vania el forzudo, la costumbre no solo no se curó, sino que mutó a una forma más seria de la enfermedad: sigo comprando libros como si cada uno fuera una promesa, y a diferencia de lo que uno esperaría de un adulto con vida social, esa promesa la cumplo. Los leo todos. Tarde, apurado, robándole tiempo al sueño, pero los leo. Lo que sí quedó fuera de control es el volumen: tengo libros en el escritorio, apilados con una lógica que solo yo entiendo. Tengo libros en el baño, que es, seamos honestos, el único lugar de la casa donde nadie me interrumpe, ni el celular, ni el perro, ni las ganas de revisar el mail. Y tengo libros en la mesa de luz, en una torre que ya mide más que la lámpara y que mi pareja mira con una paciencia que se le va a acabar cualquier día de estos, el día en que esa torre me caiga encima mientras duermo y termine en la guardia explicándole al médico que no, no fue un intento de nada, fue Vargas Llosa que se vengó por tenerlo tres semanas en la fila de espera.
Lo que más me llama la atención, y por eso me senté a escribir esto, es que mientras yo seguía leyendo con la misma voracidad de los dieciséis años, noté que a mi alrededor
cada vez se lee menos. No lo digo desde el lugar cómodo del que nunca cayó en la
trampa, porque yo uso inteligencia artificial todos los días, para laborar, para investigar,
para acomodar ideas antes de reescribirlas con mi propia bronca. El problema no es la
herramienta. El problema es cuando alguien te habla con total seguridad de un libro que
en realidad conoce por un resumen que le hizo un chatbot, con la misma confianza con
la que yo hablo de vinos sin saber una palabra de vinos.
Y después está el celular, que es mi verdadero archienemigo, mucho más peligroso que
cualquier plazo de entrega. Está diseñado por gente mucho más inteligente que yo, con
sueldos que yo no voy a ver ni en tres vidas, específicamente para que no lo suelte. Un
libro, en cambio, no tiene ningún interés en retenerme: no vibra, no me manda una notificación a las tres de la mañana, no me hace sentir que me estoy perdiendo algo si lo
dejo cerrado un rato. Por eso cuando quiero leer en serio tengo que hacer un ritual casi
religioso: dejar el teléfono en otro cuarto, boca abajo, como si fuera un animal al que hay que noquear antes de que se despierte y me arruine la noche.
Sigo comprando libros, entonces, y sigo terminándolos, uno detrás de otro, como si todavía tuviera algo que demostrarle a ese pibe de ocho años que un día abrió Vania el forzudo y jamás encontró la manera de volver atrás. No sé si eso me convierte en un viejo antes de tiempo o simplemente en alguien testarudo, pero mientras siga habiendo un libro nuevo en el escritorio, en el baño o en la mesa de luz, algo de mí sigue resistiendo. Y esa resistencia, poco práctica y nada viral, es la única guerra que pienso seguir dando, un libro terminado a la vez.



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