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Sobre racismo en Venezuela: de “los escuálidos” a “la mona” pasando por la “maldita guajira”



Existe un acuerdo bastante amplio sobre la necesidad de construir un nuevo modelo de país, profundamente humanista y democrático. Para ello será necesario revisar algunas falacias dogmatizadas o asunciones falsas sobre la venezolanidad, que de manera acrítica se tienen como incuestionables.


Entre ellas, destacan la discriminación y el racismo. Estas creencias han estado ocultas y siempre han sido negadas, especialmente durante la construcción del modelo político participativo iniciado en 1958. Esto se hizo retomando principios y valores aquilatados en el desmontaje del gomecismo, entre 1936 y 1957, que cristalizarían en la idea de una democracia policlasista y multirracial .


Negados e invisibilizados de continuo, el racismo y la discriminación proceden de preconceptos que requieren eliminarse, quizá mediante la reeducación. Una muestra de ello ocurrió en la reciente concentración política opositora en Madrid, cuando la masa asistente comenzó a gritar la inaceptable expresión de “fuera la mona”, coreada incluso por

cantantes invitados, mientras se esperaba el inicio del evento. Tras la celebración formal del acto, la líder María Corina Machado, Premio Nóbel de la Paz, rechazó esa infortunada expresión que en el fondo era un reclamo a la lentitud de los cambios democráticos que requiere el país, así como una petición desesperada de liberación de los presos políticos y el cese de la represión y la censura.


Ese insulto, a la vez racista y sexista, se relaciona con otras designaciones discriminatorias como “niche”, “marginal” y “tierrúo” para aludir a personas no solo muy pobres, sino con escasa educación y buenos modales, usadas con no poca frecuencia. El infeliz mote de la

masa en Madrid recuerda, a su vez, expresiones utilizadas en el otro polo político, como la acuñada por el propio Hugo Chávez Frías, siendo presidente de la República, al llamar “escuálidos” a sus opositores. Tal designación no solo tenía un sentido numérico, sino también una fuerte carga despectiva y un sentido de negación o minimización e invisibilidad

social. Este aspecto peyorativo se hizo aún más evidente cuando los opositores fueron pasando de minoría a mayoría. En esa misma línea semántica se inscribe el término “oligarcas”, tomado del llamado “Himno de la Federación”, que revive antiguas tensiones sociales de la Venezuela decimonónica y cuya oficialización propuso el presidente

Nicolás Maduro Moros el 13 de julio de 2024.


A dichos términos, se suman las frases “no pasarán”, usada en enfrentamientos bélicos como la Primera Guerra Mundial y la Guerra Civil española, y “no volverán”. Más recientemente, en la campaña presidencial de 2024, se usó la expresión “los apellidos” para aludir a los

descendientes de familias adineradas y a importantes líderes de la oposición y el apelativo de la “Sayona” para referirse a la principal líder de la oposición.


Esos términos, tan usados en el discurso político venezolano reciente, dan cuenta de las falacias dogmatizadas sobre la inexistencia de racismo y discriminación. Recuerdan también lo ocurrido en Lagunillas (estado Zulia), en julio de 2020, cuando una señora insultó a otra

llamándola “maldita guajira”, lo cual traslucía racismo, discriminación y superioridad racial.


Todo esto testimonia, no solo una profunda polarización política, sino el desprecio subyacente al otro y el germen del inaceptable odio social, concepto tan manipulado y usado a discreción por el gobierno en los últimos años.


Ante las tensiones y resentimientos generados por el autoritarismo y la polarización, resulta comprensible, pero no justificable, que en el acto político de Madrid se haya utilizado un apelativo racista. Es lícito oponerse a un gobernante por ser autoritario, excluyente, impositivo, ilegítimo o poco democrático, entre otras razones; pero no por ser de determinado color, condición o tener inconfundibles atributos o marcas físicas.


Si queremos construir un modelo solidario de país, verdaderamente inclusivo y basado en la justicia social, los venezolanos todos, de un bando y del otro, debemos hacer el máximo esfuerzo para superar los viejos prejuicios de origen colonial y de moderar el lenguaje,

especialmente en espacios públicos. Para ello es necesario tomar conciencia del carácter falaz de ciertas ideas, asumidas inconscientemente como dogmas republicanos.


Venezuela, como muchos otros países latinoamericanos, lamentablemente sigue siendo un país con racismo y exclusión, pese al imaginario social y a las ideas prevalentes sobre supuesta igualdad ciudadana y de género, policlasismo y multirracismo. Si nos quedaba alguna duda, lo ocurrido en Madrid lo pone de manifiesto. Construir una sociedad solidaria, sin exclusiones ni discriminación, constituye un reto colectivo.



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