Reír para no quedarnos mudos
- Juan E. Fernández, Juanete
- hace 2 horas
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El 29 de septiembre de 2001, dieciocho días después de que las Torres Gemelas de Nueva York cayeran, Lorne Michaels salió a escena en el estudio 8H (donde se graba el mítico programa Saturday Night Live) con el alcalde Rudy Giuliani y un coro de bomberos y policías detrás.
Antes de arrancar, Michaels le preguntó a Giuliani si estaba bien que fueran graciosos esa
noche. La respuesta del alcalde quedó en la memoria colectiva de Nueva York: ¿por qué habría de dejar de serlo justo ahora? Esa frase, dicha casi de pasada, terminó siendo la autorización moral que necesitaba una ciudad entera para volver a reírse sin sentir que traicionaba a sus muertos.
Yo entendí esa frase de otra manera el 24 de junio de este año, cuatro días antes de mi cumpleaños, cuando la tierra decidió partirle el espinazo a mi país por segunda vez en un siglo.
Venezuela ya sabe lo que es enterrar gente por cientos y buscar entre escombros con las
manos. Lo que no sabíamos, o habíamos olvidado, es que también sabe reírse el mismo día
que llora.
Cumplir años cuatro días después de que tu país se derrumbe es una experiencia muy desconcertante y triste porque ¿Cómo celebrar la vida entre tanta muerte? Uno revisa el
teléfono cada cinco minutos buscando nombres conocidos entre los reportes de desaparecidos, y al mismo tiempo trata de armar una sonrisa cuando alguien te escribe "feliz
cumple" sin saber muy bien qué contestar. Yo no quería soplar velas. Me parecía un chiste de
mal gusto pedir un deseo mientras muchos de mis paisanos allá en Venezuela dormían en la
calle. Pero ahí estaba también la costumbre venezolana de no dejar pasar una fecha sin cantar, sin torta, sin hacer como que todo sigue, aunque nada siga.
Y en esos días, sin buscarlo, empecé a ver algo que ya había visto antes en otras tragedias: la
gente del humor y del espectáculo poniéndose al servicio del duelo colectivo, no para taparlo, sino para hacerlo respirable.
Por ejemplo, mi querido amigo Domingo Mondongo se metió en los refugios a hacer
malabares y globoflexia para los niños que habían perdido su casa, a veces su barrio entero, a veces algo peor. No hay manera de explicarle a un niño de seis años por qué el techo de su
cuarto ya no existe, pero sí hay manera de ponerle un perrito de globo en las manos y
devolverle, aunque sea por diez minutos, la dignidad de jugar.
Y acá en Argentina, colegas comediantes como los de La Jam!, Gabba Gabba Hey, entre otros, organizaron sus ciclos para donar lo recaudado a los fondos de emergencia. Y cómo olvidar el maravilloso gesto de Daniel “Ropa” quien cedió su ciclo “Vergación”, y conjuntamente con Nico Palermo y Madeleine León, me invitaron a sumarme a un show a beneficio en el teatro Gluk; donde por cierto compartí con maravillosos comediantes.
Debo confesar que acepté apenas me invitaron, pero después dudé si era el momento para
hacer reír. Duda que despejó mi querido hermano (y maestro) Reuben Morales, quien me
compartió el video del programa de SNL que cito al inicio de esta columna.
Nadie en su sano juicio piensa que un show a beneficio o mil, van a reconstruir un edificio,
pues el humor no repara nada material. Lo que hace, y no es poco, es devolverle al superviviente la sensación de que la vida —con toda su torpeza y su injusticia— sigue teniendo lugar para él. El humor no es la negación del dolor: es la prueba de que uno sobrevivió para poder seguir sintiendo cosas, incluida la risa.
Eso fue lo que entendió Nueva York en 2001 y lo que Venezuela está reaprendiendo ahora, a la fuerza, con los edificios todavía sin terminar de contar a sus muertos. La comedia después de una masacre o de un terremoto no compite con el luto: lo escolta. Sale después, más despacio, con permiso, casi pidiendo perdón, pero sale.
Y me permito cerrar esta columna con un aporte de otro de mis grandes maestros y amigos:
Laureano Márquez. Quien días atrás publicó en su cuenta de Instagram 2 videos, donde
reflexiona acerca de su monólogo El Miedo. Su idea central es sencilla y por eso duele tanto: hay un miedo útil, el que nos frena antes de caer al vacío, y hay un miedo que solo paraliza y no sirve para nada. La tarea, dice él, no es eliminarlo sino aprender a distinguir uno del otro, y reírnos del segundo antes de que él termine riéndose de nosotros.

Yo llevo unos días haciendo exactamente ese ejercicio. Separando el miedo que me mantiene alerta —por mi familia, por mi gente, por lo que todavía puede pasar— del miedo que solo me tiene mudo. Y en eso estoy: soplando una vela tarde, viendo malabares en un refugio, subiéndome a un escenario que no pedí pero que agradezco, tratando de reírme del segundo miedo antes de que él se ría de mí.
Poco a poco se va saliendo. Nunca solo. Casi siempre riendo.