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Poquita Fe, temporada 2: el arte de convertir la rutina en una obra adorable

La segunda temporada de Poquita fe  llegó a Latinoamérica vía HBO Max. Imagen: Cortesía
La segunda temporada de Poquita fe llegó a Latinoamérica vía HBO Max. Imagen: Cortesía

Hay series que son como una gran superproducción: te tiran efectos, giros dramáticos, plot twists que te dejan sin aire. Y después está Poquita Fe, la serie de Raúl Cimas y Esperanza Pedreño que elige otro camino: el del detalle chiquito, la pausa incómoda, el gesto que cualquier pareja podría reconocer sin admitirlo.


Ahora que su segunda temporada llegó a Latinoamérica vía HBO Max, tuve la sensación de reencontrarme con una de esas pequeñas joyas que pasan desapercibidas para el gran público… pero que a uno lo acompañan durante días.


Creada por Aitor Gabilondo y Jonás Trueba, Poquita Fe funciona como una colección de microrrelatos sobre Berta (Esperanza Pedreño) y José Ramón (Raúl Cimas), una pareja que convive entre la ternura, el hastío, los silencios y las pequeñas obsesiones que condimentan la vida adulta. Cada episodio dura lo que un mensaje de voz eterno que te manda un amigo: tres, cuatro, cinco minutos. Y, sin embargo, cuentan más que muchas series con presupuestos siderales.


Según el diario español El País, refiriéndose a la primera temporada, la serie “logra convertir lo cotidiano en una forma de delicadeza narrativa que no necesita más que un par de personajes bien observados” (El País, 2024). La revista Fotogramas lo complementa diciendo que esta nueva temporada “es más introspectiva, pero no menos absurda ni incómoda” (Fotogramas, 2024). Y sí, se siente así: como si los creadores hubieran calibrado mejor el universo emocional de los personajes.


La segunda temporada: más madura, más redonda, más “Cimas”


Mientras veía los nuevos episodios, tuve la sensación de que Cimas se soltó. Que decidió empujar un poquito más los bordes del realismo para jugar con esa comedia española de silencios tensos que él domina desde La Hora Chanante. Su química con Pedreño —que está enorme, enorme— sostiene toda la arquitectura emocional de la serie.


Eso que en la primera temporada era un registro experimental, acá ya se vuelve lenguaje

propio. Hay escenas que rozan lo surrealista, pero siempre dentro del marco de la vida

real: discusiones por minucias, rituales domésticos que funcionan como coreografías, y

esa manera de quererse que tienen las parejas que llevan años: con cariño, con ironía,

con paciencia selectiva.


La incomodidad que nos hace reír (o doler un poquito)


Poquita Fe también se siente como un espejo. No uno de esos que te agrandan, sino uno

chiquito, de tocador, que te dice la verdad. Te muestra sin maquillaje. La segunda

temporada repite esa fórmula—ahora más afinada—y le suma algo interesante: una melancolía suave, casi musical. No melodrama, no lágrima fácil. Melancolía chiquita,

de domingo.


HBO Max se dio el lujo de traer Poquita Fe entera para Latinoamérica. Y digo “lujo” porque, en un streaming saturado de series que compiten por tu atención con fuegos artificiales, esta es una obra que no grita. Susurra. Y te quedas igual.


Cada episodio funciona como un poema visual. Uno que te puedes ver de a sorbos: dos

capítulos con el café, uno antes de dormir, uno en el colectivo si tienes auriculares y la

app de HBO descargada en el teléfono.


Esa es la magia: te afloja. Te baja el ritmo. Te recuerda que la vida cotidiana —la de

verdad— está hecha de esos momentos que no suelen entrar en una serie… excepto en

esta.


La serie nos enseña que no todo lo valioso viene en envases épicos. A veces, la poquita

fe es suficiente. En el amor, en la convivencia, en uno mismo. Y en los minutos que

tenemos cada día para reírnos de nuestras pequeñas miserias.


Por eso la segunda temporada es tan disfrutable: porque sigue siendo honesta. Porque

no necesita más que dos personajes, una casa, y una vida compartida para construir un

universo completo.


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