No me da pena ser intelectual
- Juan E. Fernández, Juanete
- hace 1 hora
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Hace unas semanas asistà a la presentación del libro Estado o Algoritmo, de MatÃas Bianchi, en una cervecerÃa de Palermo. Ahà estaban sentadas juntas —casi en la misma mesa— personas que en las redes sociales se agarrarÃan a golpes. Peronistas, libertarios, radicales, independientes. Y sin embargo, cuando el debate se abrió, algo curioso ocurrió: encontramos puntos en común. No unanimidad, no tibieza, sino un territorio compartido sobre qué Argentina queremos.
Poco después, en la Facultad de AgronomÃa de la Universidad de Buenos Aires, la periodista MarÃa O'Donnell presentó Montoneros: una historia visual, repasó la historia de esa organización guerrillera peronista y dio contexto sobre la polÃtica actual. No todos coincidÃamos con ella. Yo mismo tenÃa mis reservas. Pero nadie se levantó a gritar, nadie se fue a los golpes. Hubo escucha. En estos tiempos, eso ya es bastante.
Dos escenas distintas. Un mismo fenómeno que me dejó pensando.
Porque existe una trampa semántica bastante perversa —en Argentina le dicen Corea del Centro, aunque sospecho que aplica en toda América Latina—: a quien busca matizar, contextualizar o entender algo antes de opinar, se lo llama tibio. Como si pensar antes de hablar fuera un defecto de carácter.
Pero yo ya vivà esto antes. Y de una forma bastante más intensa.
Cuando estudiaba en la Universidad Pontificia Católica Santa Rosa, en Venezuela, fui
representante estudiantil ante el Consejo Universitario. Era el candidato de la coalición
opositora frente al chavismo. No era una cara conocida, no pertenecÃa a ningún partido polÃtico. Solo querÃa resolver problemas urgentes: la universidad no tenÃa pensum definido, faltaban cosas básicas para funcionar —y miren que en Venezuela en esa época habÃa cosas más graves que resolver, asà que imaginen el nivel del desastre universitario.
En pleno movimiento estudiantil, con el paÃs partido al medio, me reunà con chavistas y con opositores. ¿Por qué? Porque querÃa el bien común. Y porque la polÃtica, en su definición más honesta, es el arte de negociar. Eso es exactamente lo que nos quieren hacer olvidar.
El chavismo nos hizo un daño enorme. No solo material —aunque eso también, vaya que s× sino en la forma de ver el mundo. Nos entrenó para detectar enemigos antes que personas. Nos enseñó que quien no estaba con nosotros estaba contra nosotros, y que cualquier matiz era traición o ingenuidad. Crecà viendo cómo esa lógica destruÃa familias, amistades, instituciones. La conozco bien. La padecÃ.
Y justo por eso me preocupa cuando veo esa misma lógica reciclada, con otro empaque y otra bandera.
Porque hoy existe una ultra derecha en América Latina —y no solo en América Latina— con personajes bastante nefastos, con discursos que normalizan el desprecio, que convierten la crueldad en virtud y la ignorancia en identidad. Y sÃ, eso me genera temor. Lo digo sin drama y sin la menor vergüenza. No es un temor a las ideas —las ideas se debaten—, es un temor al fanatismo que las rodea. Al que cierra el libro antes de abrirlo. Al que ya llegó a la conclusión antes de escuchar el argumento.
Pero —y acá viene la parte que sé que va a molestar a más de uno— ese temor no me hace comunista. Asà como haber sobrevivido al chavismo no me hace libertario. Qué conveniente serÃa el mundo si funcionara asÃ: un trauma te define para siempre en el casillero correcto. Lamentablemente, la realidad es más complicada y más aburrida.
El fanático de izquierda y el fanático de la ultra derecha (Y los fanáticos en general) comparten más de lo que cualquiera de los dos estarÃa dispuesto a admitir: la certeza absoluta, el enemigo necesario, la verdad que no se discute. Cambia el relato; la estructura es la misma. Y el resultado, en ambos casos, es que la gente que intenta pensar termina siendo sospechosa para los dos bandos. Bienvenidos a mi vida.
Hoy tengo amigos de aquella época que siguen en Venezuela. Otros están exiliados, regados por el mundo. Personas de los dos lados. Porque al final del dÃa, más allá de las
ideologÃas, lo que todos queremos como seres humanos es estar bien. Es asà de simple y asà de complicado.
Eso no es tibieza. Es lucidez.
Lo aprendà mucho antes de llegar a la universidad. Crecà en el colegio Jesús Obrero, en Los Flores de Catia (Caracas), y ahà me enseñaron dos cosas que cargo hasta hoy. Primera: venir de una zona popular no limita a nadie. Se puede llegar a donde uno se proponga. Segunda: nadie se salva solo. Los que tienen más deben ayudar a los que tienen menos —pero no con migajas, sino con educación y planes concretos que incentiven la movilidad social. Llegar, sÃ. Pero sin olvidar de dónde venimos.
Esa formación es la que me lleva a sentarme en una cervecerÃa de Palermo a escuchar a personas con las que no coincido del todo. La que me lleva a la Facultad de AgronomÃa a escuchar sobre los Montoneros sin bajarme de mi propio criterio. La que me hace creer que una buena idea puede venir de alguien con quien no coincides en casi nada más.
Hoy llevo diez años viviendo en Argentina. He aprendido mucho de este paÃs, entre otras cosas que el debate cultural aquà es una cosa seria —la gente presenta libros en ferias, en bares, en facultades, y la gente va. Eso no es menor.
El intelectual —o simplemente la persona curiosa— es sospechosa en esta época. Si asistes a la presentación de un libro sobre los Montoneros, eres un zurdo encubierto. Si te preocupa la ultra derecha, entonces eres un comunista nostálgico. Y si te interesa el rol del Estado en la era algorÃtmica, eres un tecnócrata o estatista, según quién te mire. Pero yo estuve en esas presentaciones. Escuché. Pregunté. Disentà en silencio en algunos tramos y asentà en otros. Y no me sentà tibio: me sentà libre.
La intelectualidad no es una posición polÃtica. Es una disposición. La disposición a tolerar la incomodidad de no tener todo resuelto de antemano.
No me da pena ser intelectual. Me da más pena el que ya sabe todo antes de escuchar.