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No me da pena ser intelectual

Me da más pena el que ya sabe todo antes de escuchar.
Me da más pena el que ya sabe todo antes de escuchar.

Hace unas semanas asistí a la presentación del libro Estado o Algoritmo, de Matías Bianchi, en una cervecería de Palermo. Ahí estaban sentadas juntas —casi en la misma mesa— personas que en las redes sociales se agarrarían a golpes. Peronistas, libertarios, radicales, independientes. Y sin embargo, cuando el debate se abrió, algo curioso ocurrió: encontramos puntos en común. No unanimidad, no tibieza, sino un territorio compartido sobre qué Argentina queremos.


Poco después, en la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires, la periodista María O'Donnell presentó Montoneros: una historia visual, repasó la historia de esa organización guerrillera peronista y dio contexto sobre la política actual. No todos coincidíamos con ella. Yo mismo tenía mis reservas. Pero nadie se levantó a gritar, nadie se fue a los golpes. Hubo escucha. En estos tiempos, eso ya es bastante.


Dos escenas distintas. Un mismo fenómeno que me dejó pensando.


Porque existe una trampa semántica bastante perversa —en Argentina le dicen Corea del Centro, aunque sospecho que aplica en toda América Latina—: a quien busca matizar, contextualizar o entender algo antes de opinar, se lo llama tibio. Como si pensar antes de hablar fuera un defecto de carácter.


Pero yo ya viví esto antes. Y de una forma bastante más intensa.


Cuando estudiaba en la Universidad Pontificia Católica Santa Rosa, en Venezuela, fui

representante estudiantil ante el Consejo Universitario. Era el candidato de la coalición

opositora frente al chavismo. No era una cara conocida, no pertenecía a ningún partido político. Solo quería resolver problemas urgentes: la universidad no tenía pensum definido, faltaban cosas básicas para funcionar —y miren que en Venezuela en esa época había cosas más graves que resolver, así que imaginen el nivel del desastre universitario.


En pleno movimiento estudiantil, con el país partido al medio, me reuní con chavistas y con opositores. ¿Por qué? Porque quería el bien común. Y porque la política, en su definición más honesta, es el arte de negociar. Eso es exactamente lo que nos quieren hacer olvidar.


El chavismo nos hizo un daño enorme. No solo material —aunque eso también, vaya que sí— sino en la forma de ver el mundo. Nos entrenó para detectar enemigos antes que personas. Nos enseñó que quien no estaba con nosotros estaba contra nosotros, y que cualquier matiz era traición o ingenuidad. Crecí viendo cómo esa lógica destruía familias, amistades, instituciones. La conozco bien. La padecí.


Y justo por eso me preocupa cuando veo esa misma lógica reciclada, con otro empaque y otra bandera.


Porque hoy existe una ultra derecha en América Latina —y no solo en América Latina— con personajes bastante nefastos, con discursos que normalizan el desprecio, que convierten la crueldad en virtud y la ignorancia en identidad. Y sí, eso me genera temor. Lo digo sin drama y sin la menor vergüenza. No es un temor a las ideas —las ideas se debaten—, es un temor al fanatismo que las rodea. Al que cierra el libro antes de abrirlo. Al que ya llegó a la conclusión antes de escuchar el argumento.


Pero —y acá viene la parte que sé que va a molestar a más de uno— ese temor no me hace comunista. Así como haber sobrevivido al chavismo no me hace libertario. Qué conveniente sería el mundo si funcionara así: un trauma te define para siempre en el casillero correcto. Lamentablemente, la realidad es más complicada y más aburrida.


El fanático de izquierda y el fanático de la ultra derecha (Y los fanáticos en general) comparten más de lo que cualquiera de los dos estaría dispuesto a admitir: la certeza absoluta, el enemigo necesario, la verdad que no se discute. Cambia el relato; la estructura es la misma. Y el resultado, en ambos casos, es que la gente que intenta pensar termina siendo sospechosa para los dos bandos. Bienvenidos a mi vida.


Hoy tengo amigos de aquella época que siguen en Venezuela. Otros están exiliados, regados por el mundo. Personas de los dos lados. Porque al final del día, más allá de las

ideologías, lo que todos queremos como seres humanos es estar bien. Es así de simple y así de complicado.


Eso no es tibieza. Es lucidez.


Lo aprendí mucho antes de llegar a la universidad. Crecí en el colegio Jesús Obrero, en Los Flores de Catia (Caracas), y ahí me enseñaron dos cosas que cargo hasta hoy. Primera: venir de una zona popular no limita a nadie. Se puede llegar a donde uno se proponga. Segunda: nadie se salva solo. Los que tienen más deben ayudar a los que tienen menos —pero no con migajas, sino con educación y planes concretos que incentiven la movilidad social. Llegar, sí. Pero sin olvidar de dónde venimos.


Esa formación es la que me lleva a sentarme en una cervecería de Palermo a escuchar a personas con las que no coincido del todo. La que me lleva a la Facultad de Agronomía a escuchar sobre los Montoneros sin bajarme de mi propio criterio. La que me hace creer que una buena idea puede venir de alguien con quien no coincides en casi nada más.


Hoy llevo diez años viviendo en Argentina. He aprendido mucho de este país, entre otras cosas que el debate cultural aquí es una cosa seria —la gente presenta libros en ferias, en bares, en facultades, y la gente va. Eso no es menor.


El intelectual —o simplemente la persona curiosa— es sospechosa en esta época. Si asistes a la presentación de un libro sobre los Montoneros, eres un zurdo encubierto. Si te preocupa la ultra derecha, entonces eres un comunista nostálgico. Y si te interesa el rol del Estado en la era algorítmica, eres un tecnócrata o estatista, según quién te mire. Pero yo estuve en esas presentaciones. Escuché. Pregunté. Disentí en silencio en algunos tramos y asentí en otros. Y no me sentí tibio: me sentí libre.


La intelectualidad no es una posición política. Es una disposición. La disposición a tolerar la incomodidad de no tener todo resuelto de antemano.


No me da pena ser intelectual. Me da más pena el que ya sabe todo antes de escuchar.


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