Los mirones son de palo
- Juan E. Fernández, Juanette
- hace 1 hora
- 2 Min. de lectura

En Venezuela, acercarse a una mesa de Dominó implica aceptar una regla básica: el que mira, no habla. No importa si la jugada es obvia, si la ficha correcta te quema la lengua
o si estás seguro de que alguien está a punto de equivocarse. Si opinas, te exponen y te
hacen callar con una frase breve y definitiva: los mirones son de palo.
La traducción es sencilla y brutal: el palo no piensa, no decide y no opina. Solo está ahí,
mirando.
El palo no mueve fichas. No gana ni pierde. Acompaña el juego en silencio, como testigo de una historia que otros escriben. Y, curiosamente, casi siempre termina siendo el más golpeado cuando la mesa se da vuelta.
En estos tiempos, el mundo se parece bastante a una mesa de Dominó mal iluminada.
Sentados, con las fichas en la mano, están siempre los mismos. Donald Trump tira piezas con la soltura de quien cree que siempre le toca ganar. Putin juega lento, observa, espera el error ajeno. Xi Jinping ordena el tablero con una calma que inquieta. Cada ficha que apoyan no es de plástico ni de madera: es economía, energía, territorio, tecnología, poder.
Alrededor de esa mesa, el resto del planeta mira. Europa ajusta su discurso. América Latina hace cuentas. África espera su turno. Medio Oriente contiene el aliento. Todos ven el juego avanzar, todos sienten el impacto de cada jugada, pero casi nadie puede tocar una ficha. Somos mirones con opinión, pero sin mano.
Lo curioso es que el mundo se llenó de expertos en “Dominó global”. Analistas, opinadores, panelistas, hilos interminables en redes sociales. Desde afuera, todos saben qué ficha debería haberse jugado. Desde afuera, todos tienen la estrategia perfecta. Pero el dicho sigue vigente: los mirones son de palo.
Y hay algo más inquietante todavía. En el Dominó, cuando el juego se tranca, nadie gana. La partida se congela, el aire se espesa y la tensión se vuelve incómoda. En el tablero mundial, un juego trancado significa crisis, conflictos, hambre, incertidumbre. Y ahí, una vez más, los que pagan el precio no son los jugadores principales, sino los que estaban mirando.
Ojalá no se tranque el juego por mucho tiempo… Ojalá alguien recuerde que alrededor de la mesa hay millones de personas que no son de palo, aunque hoy las traten como tales. Porque si esta partida termina mal, los mirones —como casi siempre— seremos los más perjudicados. Y esta vez, ni siquiera nos dejarán opinar.


