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...Llegaron los gringos

Actualizado: hace 2 días

El sueño de hacer del deporte y del comercio vías pacíficas para resolver las diferencias se ha quedado en una utopía. Imagen: IA
El sueño de hacer del deporte y del comercio vías pacíficas para resolver las diferencias se ha quedado en una utopía. Imagen: IA

El sábado 3 de enero, a las 11:45 de la mañana, hora peninsular española, me despierta el repartidor de Amazon con una entrega que, en teoría, debía llegar varios días después. (¡Qué manía con hacer entregas fuera de aviso!). Todavía estoy medio dormido después de la cena de la noche anterior y de una pastilla antihistamínica cuyo efecto somnífero ya advertía el prospecto.

 

Enciendo el móvil y, ahora sí, mi mente sale del letargo de golpe. Mensaje de WhatsApp: “Buenos días, guapetón. Estoy escuchando la radio sobre lo de Venezuela”. El siguiente es más explícito: “Me acaban de escribir que han bombardeado Caracas. No sé si tu familia está allí exactamente (espero que no)... Espero que estén bien... Me parece terrible”.

 

Veo los vídeos en Instagram que muestran los bombardeos en distintos lugares del país. “Marico, llegaron los gringos”, o expresiones parecidas de asombro e incredulidad, se escuchan de fondo. Me imagino que, para quienes no están acostumbrados a la guerra, ver esos enormes helicópteros de Estados Unidos sobrevolando la ciudad debe de ser algo parecido a ver, de repente, naves extraterrestres cruzando el cielo.

 

Paso el día saltando entre distintas fuentes de información, pero con la vista clavada, sobre todo, en la emisión especial del canal 24 horas de RTVE.

 

Ya entrada la madrugada en España, llega también la confirmación que tanto tiempo llevaba esperando: Nicolás Maduro ha sido capturado.

 

Al momento de escribir estas líneas, mientras el Consejo de Seguridad se reúne para debatir la situación en Venezuela, es difícil no tener una postura ambigua ante todo lo que está pasando. Era necesario que Nicolás Maduro saliera del poder tras años de supuestas violaciones a los derechos humanos, de favorecer el crimen organizado, de contribuir a la destrucción económica del país y de usurparle el poder a Edmundo González Urrutia, quien legítimamente habría ganado las elecciones presidenciales del 28 de julio del 2024. Lo que tanto deseaba se había cumplido: ver la imagen de Maduro custodiado y esposado.

Del régimen de Maduro al imperialismo de Trump


Pero todo esto se ha logrado de una forma tan ilegítima como peligrosa: un país, una potencia mundial que se ha presentado históricamente como defensora de la democracia, se habría saltado a su propio Congreso y a la Organización de las Naciones Unidas para actuar militar y unilateralmente contra otro país. Otra muestra del mundo en el que vivimos, donde manda la ley del más fuerte y no la razón, el diálogo, la justicia ni el buen funcionamiento de las instituciones internacionales.

A partir de este antecedente, Donald Trump podrá seguir haciendo lo que quiera sin demasiada oposición. Podría, incluso, adueñarse de Groenlandia. Y otros países, como Rusia, podrán seguir justificando sus acciones en Ucrania, o Israel en Gaza. El argumento de la seguridad nacional o de los “derechos históricos” siempre están disponibles. ¿De verdad hay tanta diferencia con lo que en su día argumentaban los países del Eje durante la Segunda Guerra Mundial? 


“We are going to run the country”, aseguró Donald Trump en relación con Venezuela. Y sobre María Corina Machado: “es una persona encantadora, pero no tiene el respaldo de la población”. Por ahora, no tenemos más que suposiciones y no queda otra que elucubrar. Los más optimistas —y aquí me quiero incluir— pensamos que Estados Unidos dejará (y presionará) a Delcy Rodríguez, hoy presidenta encargada de Venezuela, para que conduzca una transición que lleve a unas elecciones democráticas. Puede ser. Eso deseo.


​Pero, ¿qué le queda al resto del mundo? Tal vez sea hora de admitir que ya no existen normas y que el sueño de hacer del deporte y del comercio vías pacíficas para resolver las diferencias se ha quedado en una utopía.


Máximo Rondón Aguirre

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