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La fábula del elefante y los chimpancés

Cuando los poderosos discuten quién administra el río, rara vez están pensando en los animales que toman agua con las manos. Imagen: IA  Chatgpt
Cuando los poderosos discuten quién administra el río, rara vez están pensando en los animales que toman agua con las manos. Imagen: IA Chatgpt

Con tantos problemas acumulándose —globales, regionales y francamente incomprensibles— uno podría optar por escribir un análisis solemne, lleno de conceptos serios y palabras largas. Pero ya hay demasiada gente hablando grave y mirando a cámara. Así que, para aflojar un poco la tensión y no terminar discutiendo con las noticias, decidí hacer lo que se ha hecho siempre cuando la realidad se vuelve absurda: escribir una fábula.


En la selva del sur había un río. No cualquier río: era. ancho, profundo, generoso. De esos que podrían darle de beber a todos los animales si no estuviera, desde hacía años, en manos de un grupo de chimpancés.


Los chimpancés gobernaban la selva con un sistema muy sencillo: gritaban mucho, se abrazaban entre ellos, hablaban de soberanía animal y, cada tanto, encerraban a algún loro por repetir lo que había escuchado en otro árbol. El río, por supuesto, no se usaba. O mejor dicho, se usaba para los chimpancés y sus amigos del exterior: osos lejanos, dragones silenciosos, aves de uniforme. El resto de los animales miraba el agua pasar, seco de garganta y de esperanza.


Un día, sin embargo, pasó algo inesperado. Desde el norte apareció un elefante blanco. Enorme. Lustroso. Convencido de que su peso era sinónimo de razón. Entró a la selva rompiendo arbustos y anunció, con voz de trueno:


—Tranquilos, vengo a liberar el río. Yo me voy a encargar de administrarlo.


Algunos animales aplaudieron. Otros se abrazaron. No porque amaran al elefante, sino porque odiaban a los chimpancés. Y es comprensible: cuando llevas años con la boca seca, cualquier ruido de agua suena a salvación.


El problema fue que el elefante siguió hablando.


—El río va a ser de todos —dijo—. Pero yo decido cuándo, cómo y quién toma agua. Por orden. Con reglas claras. Mis reglas.


Ahí la selva quedó en silencio.


Porque era cierto: con los chimpancés, el río no se usaba nunca. Con el elefante, al menos iba a correr… pero con peaje emocional, geopolítico y moral incluido. No era libertad: era uso autorizado.


Lo más curioso vino después. Animales que durante años habían silbado mirando para otro lado —mientras los osos, los dragones y otros bichos con acento extranjero se llevaban baldes enteros del río—, de pronto se pusieron indignados.


—¡Injerencia! —gritaron—. ¡El elefante quiere el agua!


Los mismos que no dijeron nada cuando el río desaparecía en silencio, ahora descubrían, con súbita vocación ética, que el agua era sagrada.


La selva, mientras tanto, seguía igual de sedienta. Solo que ahora tenía que elegir entre dos verdades incómodas: que los chimpancés eran carceleros con discurso, y que el elefante era un libertador con factura.


La fábula no termina con moraleja cerrada, porque las selvas reales no funcionan así. Termina con una sospecha: cuando los poderosos discuten quién administra el río, rara vez están pensando en los animales que toman agua con las manos.


Y una certeza más amarga todavía: cuando el río vuelve a ser tema de conversación, casi nunca es por sed… es por control.


La selva lo sabe.


Y por eso, aunque algunos celebran y otros tiemblan, nadie duerme del todo

tranquilo.


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