top of page

Intersexualidad: Cuando el cuerpo no cabe en 2 categorías

hace 51 minutos
7 min de lectura
Quizá el problema nunca haya estado en los cuerpos que no encajan, sino en la estrechez del molde. Imagen creada con ChatGPT
Quizá el problema nunca haya estado en los cuerpos que no encajan, sino en la estrechez del molde. Imagen creada con ChatGPT

Verónica Ward Torchia nació en España, aunque sus padres son argentinos. Cuando vivió en Buenos Aires, entre 2019 y 2023, la consideraban española. Al regresar a Castilla y León, empezó a ser vista como argentina. Una especie de extranjería reversible que, según explica, resulta bastante habitual entre quienes pertenecen a una segunda generación de migrantes.


Quizá esa experiencia de estar dentro y fuera de dos identidades, sin terminar de encajar del todo en ninguna, ayude a entender su manera de aproximarse a los cuerpos que tampoco caben en las categorías establecidas. No es una comparación automática, pero sí una puerta de entrada a una pregunta mucho más amplia: ¿qué ocurre cuando la realidad no responde a las casillas que hemos decidido construir para ordenarla?


Ward es educadora social y antropóloga. Cursa el doctorado en Estudios de Género en la Universidad de Buenos Aires y el de Didácticas Específicas en la Universidad de Burgos, donde trabaja como profesora asociada. También desarrolla su actividad profesional en una consultora de igualdad. Su investigación doctoral compara la manera en que los sistemas educativos de España y Argentina acompañan —o dejan de acompañar— a las infancias trans y no binarias.


La burocracia universitaria amenaza, además, con complicar la cotutela que le permitiría defender una única tesis. Si no consigue resolverlo, tendrá que escribir dos. Una ironía bastante oportuna para alguien que estudia precisamente cómo las instituciones clasifican, separan y delimitan realidades que no siempre obedecen a sus formularios.


Qué es la intersexualidad -y qué no es-


Antes de hablar de derechos, intervenciones médicas o reconocimiento social, Ward considera necesario aclarar algo que todavía se confunde con demasiada frecuencia: la intersexualidad no es una identidad de género ni una orientación sexual. Es una variación biológica.


Las personas intersexuales nacen con características sexuales —cromosómicas, gonadales, hormonales o anatómicas— que no se corresponden con las definiciones típicas de cuerpo masculino o femenino. Esto no determina su orientación sexual ni su identidad de género. Pueden ser heterosexuales, lesbianas o bisexuales, identificarse como mujeres, como hombres o no reconocerse en ninguna de esas dos categorías.


La distinción parece elemental, pero no siempre está presente en el debate público. A menudo se mezclan conceptos diferentes hasta convertirlos en una misma cosa. Y, sin embargo, hablar de intersexualidad obliga a revisar una idea que suele darse por sentada: que el sexo biológico se divide de manera perfecta en dos categorías cerradas.


Naciones Unidas recoge una de las estimaciones más citadas, procedente de los trabajos de la bióloga Anne Fausto-Sterling: alrededor de 1,7 % de la población nace con algún rasgo intersexual. La cifra depende, eso sí, de las variaciones que se incluyan en el cálculo. Entre las decenas de condiciones documentadas figuran la hiperplasia suprarrenal congénita, el síndrome de insensibilidad a los andrógenos y el síndrome de Klinefelter. Algunas características son visibles al nacer; otras no se descubren hasta la pubertad.


Que la intersexualidad no sea una enfermedad no significa que las personas intersexuales no puedan experimentar sufrimiento. La cuestión es, precisamente, de dónde procede ese sufrimiento y qué papel desempeñan las instituciones encargadas de atenderlas.


En el ámbito intersexual, las organizaciones siguen cuestionando el lenguaje clínico que utiliza expresiones como "trastornos del desarrollo sexual". No es una discusión meramente terminológica: llamar trastorno a una variación corporal puede contribuir a transmitir la idea de que ese cuerpo necesita ser reparado.


El quirófano como respuesta a la diferencia


Durante décadas, la respuesta médica al nacimiento de bebés intersexuales pasó por intervenciones quirúrgicas que, en muchos casos, se realizaron sin el consentimiento de las personas afectadas. Naciones Unidas ha documentado prácticas forzadas o coercitivas y ha reclamado su prohibición.


Ward utiliza una imagen especialmente dura para explicar las consecuencias de estas operaciones: "un cementerio de tu cuerpo del que no puedes dar cuenta porque ya no está".


La frase no se refiere únicamente a las consecuencias físicas de una intervención. También apunta a todo lo que viene después: el desconocimiento de la propia historia, el silencio familiar y la dificultad de construir una identidad cuando otras personas han decidido por ti qué debía ser tu cuerpo.


Ward recuerda el caso de dos mujeres intersexuales que conoció en un congreso. Una de ellas inventaba historias y llevaba compresas para disimular cuando a sus compañeras les llegaba la menstruación. El episodio ilustra hasta qué punto la falta de información y de referentes puede convertir una característica corporal en una experiencia de aislamiento.


Los testimonios de otras personas intersexuales muestran distintas versiones de ese mismo silencio. Brian Douglas, un hombre de Maryland con hiperplasia suprarrenal congénita, fue operado a los once meses y criado como una niña. A los treinta años descubrió que su certificado de nacimiento original llevaba escrito el nombre de Brian.


La escritora y activista Mer Gómez, por su parte, recibió su diagnóstico durante la adolescencia. La búsqueda de referentes y de una historia en la que reconocerse terminó convirtiéndose también en materia literaria con La rebelión de las hienas.


En España, el marco legal cambió en 2023 con la aprobación de la Ley 4/2023. Su artículo 19 prohíbe las modificaciones genitales en menores de doce años, salvo indicación médica, y establece que entre los doce y los dieciséis solo podrán realizarse a petición de la persona y con su consentimiento informado. La norma permite, además, que los progenitores dejen en blanco durante un año la mención del sexo en el Registro Civil cuando el parte facultativo indique una condición intersexual.


España se incorporó así a un grupo todavía reducido de países que han regulado estas intervenciones. Malta había abierto el camino en 2015 y, en 2024, el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas aprobó una resolución sobre las prácticas nocivas contra las personas intersexuales.


La legislación supone un cambio importante, pero una cosa es reconocer un derecho y otra conseguir que se respete en la práctica. Entre ambas suele aparecer un viejo conocido: la distancia entre lo que dicen las normas y lo que sucede en la vida cotidiana.

 

El binarismo también tiene una historia


La reflexión de Ward va más allá de la medicina. Su perspectiva descolonial plantea que la diversidad corporal, de género y de sexualidad ha existido en distintos territorios y culturas, aunque muchas de esas expresiones hayan sido silenciadas por los modelos impuestos durante la expansión colonial.


En su análisis, la familia nuclear, la religión y la medicina participaron en la consolidación de determinadas normas sobre el cuerpo y la sexualidad. "No estoy afirmando que allí no existiera patriarcado —aclara—, pero había otras formas de expresar el género y la sexualidad que fueron silenciadas y violentadas a partir de la era colonial".


No se trata, por tanto, de imaginar un pasado idílico en el que las diferencias fueran aceptadas sin conflicto. Se trata de recordar que las categorías con las que hoy organizamos la realidad también tienen una historia. Y que aquello que parece natural puede ser, en buena medida, el resultado de una construcción cultural, política y social.


La conclusión es incómoda para quienes necesitan que todo encaje en dos casillas: si el sexo biológico presenta variaciones que desbordan el binarismo, ¿por qué debería exigirse que la cultura y la identidad respondan a una división tan rígida?


La activista Laura Vila Kremer lo plantea como un jaque al sistema. Las intersexualidades no están reclamando simplemente un espacio dentro del tablero: cuestionan las reglas con las que se ha construido.


Ward mantiene, no obstante, cierta desconfianza hacia las etiquetas. Reconoce que pueden servir para describir realidades, nombrarlas y generar comunidad, pero también advierte de sus límites. Poner nombre a algo puede hacerlo visible; también puede convertirse en otra forma de encerrarlo.


Laura Inter, fundadora del portal mexicano Brújula Intersexual, ha explicado que visibilizarse puede tener un coste muy distinto según el país: discriminación, violencia o exclusión. En España existe ya un marco legal, pero sigue pendiente que se cumpla y que la diversidad corporal tenga presencia en los espacios donde se aprende a interpretar el mundo. La escuela es uno de ellos.


Acompañar antes que corregir


Ward insiste en que no pretende hablar en nombre de las personas intersexuales. "Lo ideal sería que puedas charlar con una persona intersexual para que te cuente su experiencia", señala. Una advertencia pertinente en un debate donde, con demasiada frecuencia, se habla sobre determinados colectivos sin contar con ellos.


Su trabajo se centra especialmente en las infancias trans. Desde ese ámbito ha observado la importancia de acompañar sin imponer itinerarios ni forzar identidades. Cuando ese acompañamiento no existe, explica, pueden aparecer consecuencias graves para la salud emocional, como depresiones, autolesiones e ideaciones suicidas.


Por eso combina la investigación sobre cómo se construyeron las normas sociales con una dimensión mucho más concreta: los protocolos educativos, las aulas y las familias. Porque la transformación de una cultura no sucede únicamente en los grandes debates legislativos o académicos. También empieza cuando un profesor sabe cómo dirigirse a un/a alumno/a, cuando una familia deja de intentar corregir aquello que no comprende o cuando un centro educativo incorpora una realidad que hasta entonces había preferido ignorar.


Hay un hilo que conecta la biografía de Ward con su objeto de estudio. Haber sido considerada extranjera en dos lugares distintos le ha permitido experimentar, de alguna manera, la fragilidad de las categorías con las que clasificamos a las personas. Lo que para unos es una identidad evidente, para otros puede convertirse en una etiqueta impuesta desde fuera.


La intersexualidad plantea una cuestión que va mucho más allá de reconocer una diversidad corporal. Nos obliga a preguntarnos por qué necesitamos que todos los cuerpos respondan a un modelo previo y quién decidió que solo había dos maneras posibles de existir.


Quizá el problema nunca haya estado en los cuerpos que no encajan, sino en la estrechez del molde.


 

Comentarios


21

Suscríbete a nuestro boletín gratuito de noticias

¡Gracias por suscribirte!

Únete a nuestras redes y comparte la información

  • X
  • White Facebook Icon
  • LinkedIn

© 2026 Informe21

bottom of page