Hasta que Trump se decida
- Adolfo Salgueiro
- hace 2 minutos
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Mientras se deshoja la margarita a la espera de que Mr. Trump resuelva si va a decantarse por una solución para Venezuela “por las buenas o por las malas”, como literalmente anunció, está quedando claro que la decisión sobre ese punto se tomará teniendo en cuenta -como es natural- la conveniencia de Estados Unidos y la ventaja política del presidente Trump en particular, no siendo la primera prioridad la de restablecer la democracia en Venezuela.
Tal constatación se fundamenta bastante en la consideración de variables de la política interna norteamericana que -guste o no- son tomadas en cuenta por el estamento político que a la fecha presenta interpretaciones lejos aún de un consenso nacional.
Encuestas y estudios de opinión recientes revelan que el público promedio -votantes- no ve con aprobación una nueva aventura militar destinada a favorecer alternativas que no resulten prioritarias en la vida diaria, como sí lo son las de naturaleza económica.
El pulso de la opinión pública (tal vez con excepción de Miami) se centra en el resultado poco favorable de intervenciones anteriores (Irak, República Dominicana, Afganistán, Haití etc.), que muchos ven como sacrificios económicos y de sangre con poco o ningún rédito interno en lo práctico. Agréguese Vietnam, que en su momento polarizó en demasía la opinión pública norteamericana, que percibía la realidad de una guerra prolongada, sangrienta, costosa y con poca posibilidad de éxito militar, como en efecto ocurrió.
Ese mismo sentimiento trasladado al día de hoy se expresa en el poco apoyo popular a la movilización militar en el Caribe, que muchos perciben como un malgasto cuyo resultado poco o nada habrá de afectar el viaje de cada quien al supermercado. Esta frustración parece crecer a medida que no se toma una decisión político-militar mientras se siguen gastando importantes recursos.
A lo anterior agréguese el sentimiento bastante generalizado en el sentido de que tan relevante despliegue de poderío militar sin que culmine en algo concreto (caída de Maduro o fin del narcotráfico internacional) solo contribuirá a fortalecer la ingrata imagen de una nación que con su predominio militar, político y económico no consigue deshacerse de un régimen al que califica como terrorista e ilegítimo.
Sumemos también la relevancia en el marco de la política interna de Estados Unidos teniendo en cuenta que el próximo año -noviembre de 2026- serán las elecciones de medio término en las que los números -al día de hoy- no garantizan a la mayoría republicana poder mantener el control de ambas cámaras (Senado y Representantes) o al menos de una de ellas, que hasta ahora le han permitido apoyar su gestión. De ocurrir eso, la etapa que seguiría luce más dificultosa aun cuando el actual Poder Ejecutivo estira al máximo la interpretación de sus atribuciones.
Ello explica por qué los legisladores del Partido Demócrata -hoy opositores- en su totalidad se han pronunciado en contra de reconocer al Poder Ejecutivo la atribución de favorecer un cambio de régimen en Venezuela, siendo que extrañamente son los legisladores republicanos, tradicionalmente más aislacionistas y conservadores, quienes se muestran hoy más favorables a una intervención, ya sea quirúrgica o territorial.
Si la exposición mediática puede interpretarse como una medida de interés por un tema, vale la pena revisar la gran prensa estadounidense (excepto Miami) y comparar el centimetraje en temas como Gaza, Ucrania, tarifas, inflación, seguridad, etc.) para entender que el asunto Venezuela y -lamentablemente el regional- no ocupa lugar relevante en la agenda política ni en la ciudadana. Sin embargo, los movimientos y declaraciones de altas autoridades sugieren que a ese nivel sí existe comprensión, la cual lamentablemente debe filtrarse a través del tamiz electoral. En la historia han habido veces en que la dirigencia ha podido animar o guiar a los pueblos y otras en las que ocurre lo contrario, como parece ser la situación actual.
Como ingrediente adicional, pero con la misma conclusión, debe tomarse nota de la muy sólida alianza forjada entre el presidente Trump y el presidente Milei de Argentina, la cual acaba de ponerse a prueba con la alianza que recientemente acaba de concretarse en forma efectiva con el importante rescate financiero a su gestión de gobierno, como también en la cuadruplicación de las cuotas de exportación de carne argentina a Estados Unidos que cumple con el objetivo de abaratar el precio, pero al mismo tiempo desata el airado reclamo de los ganaderos locales cuyo producto pierde competitividad.
Sin duda que para Argentina representa un éxito resonante que, además, bien pudiera tener repercusión en la estabilidad regional; pero el reclamo de quienes se sienten perjudicados también tiene su lugar en la prensa nacional, que los votantes tendrán que evaluar.
En disyuntivas como estas es cuando el dirigente debe tomar decisiones, siendo que cuanto más importante sea el problema, más o menos personas darán su punto de vista sobre el asunto y forjarán su opinión.


