¿Hacia dónde vamos?: Una pregunta que recorre el mundo
- Vladimir Gessen
- hace 2 horas
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Todo puede acontecer, pero al final debería ser el principio de un futuro luminoso para la humanidad en lugar del desastre que otros esperan… Entre la esperanza de una nueva época de cooperación y el riesgo de una era de confrontaciones, en tiempos de la Inteligencia Artificial…
¿Nada cambia solo se transforma?
Tal vez la pregunta no sea si todo cambia, sino qué permanece mientras todo se transforma... Cada día, cuando observo las noticias, tengo la sensación de que estamos viviendo uno de esos períodos históricos que dentro de cien años aparecerán como lapsos de cambios necesarios. Como un período de transición, una de esas etapas en las que una época termina mientras otra comienza a nacer. No es la primera vez que ocurre. La humanidad ya vivió la caída de imperios, guerras civiles y otras tantas mundiales, crisis económicas globales, revoluciones culturales como en el renacimiento —o en los años sesenta del siglo pasado— y transformaciones tecnológicas capaces de cambiar la forma en que millones de personas entendían la realidad. Ciertamente nunca antes, tantos cambios habían sucedido al mismo tiempo y, por si fuera poco, ahora aparece algo trascendental como es que células artificiales están siendo creadas en laboratorios: Investigadores de la Universidad de Minnesota desarrollaron SpudCell, una célula sintética construida completamente a partir de componentes químicos no vivos que es capaz de crecer, replicar su ADN y dividirse, completando un ciclo celular básico… Mientras leemos estas líneas, la Inteligencia Artificial está transformando mucho más que el trabajo humano. Está modificando la manera en que aprendemos, nos comunicamos, producimos riqueza, tomamos decisiones, ejercemos el poder, hacemos ciencia, creamos arte, e incluso, la forma en que entendemos nuestra propia inteligencia. La humanidad se enfrenta a una herramienta capaz de amplificar simultáneamente casi todas sus capacidades cognitivas. La Revolución Industrial incrementó la fuerza física del ser humano. Einstein cambió para siempre nuestra comprensión del Universo al demostrar que muchas de las verdades que creíamos absolutas eran relativas. Durante los años sesenta se cuestionaron las estructuras tradicionales, y la forma de entender la libertad individual. En el presente, la inteligencia artificial podría multiplicar su capacidad intelectual. Y las consecuencias de ese cambio podrían resultar más amplias a como las que produjo la máquina de vapor en el siglo XIX. Porque si somos precisos en este análisis, además la IA ya está impactando significativamente el trabajo, la educación, la ciencia, la medicina, la psicología, la política, la propaganda y la guerra informativa, la seguridad nacional, la cultura, las religiones y la espiritualidad, la economía global, las relaciones humanas, y la búsqueda de conocimiento.
La IA y la humanidad
Por ello, la cuestión más determinante del siglo XXI no es qué hará la inteligencia artificial con el mundo, sino qué hará la humanidad consigo misma al disponer de una inteligencia capaz de acompañarla, corregirla, desafiarla y también superarla en numerosos ámbitos del conocimiento. El tema parece tecnológico, pero en realidad es filosófico, psicológico y hasta espiritual. Durante miles de años los seres humanos han buscado fuentes de autoridad para orientarse. Primero, fueron los ancianos de las tribus. Luego los reyes, los sacerdotes, los filósofos, los científicos, los libros sagrados, y más reciente las constituciones y las instituciones. Cada época construyó sus propios referentes para responder una angustia esencial: ¿cómo sabemos lo que es verdad?... Ahora —en este nuevo paso de la historia— con la IA estamos creando una entidad capaz de reunir, procesar y relacionar una cantidad de conocimiento inmensamente superior a la que puede manejar cualquier individuo. Y surge una posibilidad fascinante y al mismo tiempo alarmante: ¿Llegará un momento en que millones de personas dejen de preguntar qué dice un experto, un profesor, un líder religioso o un gobernante, para buscar lo qué asegura la inteligencia artificial? ¿Será posible que en momento escuchemos frases como: "Si la IA lo dice, debe ser cierto"… Durante siglos muchas personas apoyaron sus decisiones en expresiones como: "Está escrito en la Biblia", "Lo afirma la ciencia"… o "así lo establece la ley" o "eso dicen los especialistas"… ¿Podría aparecer esta nueva referencia colectiva resumida en una frase aparentemente simple: "Eso es lo que dice la IA"?... Y no porque la inteligencia artificial sea divina. No, porque sea infalible. Sino porque podría convertirse en la entidad que más conocimiento acumula en toda la historia de nuestra especie. Sin embargo, allí reside precisamente el mayor desafío: La humanidad podría confundir conocimiento o razonamiento con sabiduría.
La inteligencia artificial nos ofrece datos, probabilidades, simulaciones y recomendaciones cada vez más precisas. Pero seguirá existiendo una diferencia fundamental entre saber qué puede hacerse y decidir qué debe hacerse. Esa decisión continúa perteneciendo al ser humano, aunque muchos lo delegan a otros o a algunas instituciones. Las personas no siempre deciden o piensan de manera completamente autónoma. Con frecuencia lo hacen a veces líderes políticos por nosotros. Otras, autoridades religiosas o los libros antiguos. También dejamos nuestras decisiones a científicos, expertos, instituciones, ideologías o a las tradiciones culturales. Muchas de las decisiones más importantes de nuestra vida han sido influenciadas por sistemas de creencias que consideramos legítimos y dignos de confianza. Así, durante siglos millones de personas consultaron sacerdotes para conocer la voluntad de Dios, jueces para interpretar la ley, médicos para proteger su salud o científicos para comprender la realidad, y ¿qué pasará ahora cuando existe una inteligencia capaz de acceder a más información que cualquier ser humano y de producir respuestas aparentemente más acertadas que las de la mayoría de los expertos? ¿Hasta qué punto seguiremos decidiendo nosotros? ¿Y en qué momento comenzaremos a delegar nuestras decisiones en la IA? El verdadero desafío del futuro no será la inteligencia artificial. Más bien sea algo mucho más sutil como es que por comodidad —voluntariamente— nosotros los humanos le entreguemos una parte creciente de nuestras decisiones y dejemos de imaginar. Y si ese día llega, la cuestión ya no será tecnológica. Será humana. Porque las IA podrán calcular. Podrán analizar. Podrán predecir. Pero las preguntas sobre el sentido de la existencia, la dignidad humana, el amor, la compasión, la justicia, el bien y el mal seguirán siendo —al menos por ahora, responsabilidad nuestra— porque el verdadero desafío del futuro no será construir una inteligencia artificial más poderosa. Debe ser desarrollar una humanidad lo suficientemente sabia para utilizar la IA sin convertirla en el nuevo dogma… Esa es la razón por la cual no podemos dejar de imaginar, intuir y de crear, habilidades tanto humana como divinas…
En la Geopolítica
En este otro plano, China ya disputa espacios de liderazgo global a Estados Unidos. Rusia intenta redefinir el equilibrio de poder en Eurasia. Europa acelera su rearme. India emerge como una potencia cada vez más influyente. África inicia el mayor crecimiento demográfico de la historia moderna, La confrontación en Iran sigue sin resolverse definitivamente, y América Latina no termina de dar el salto al pleno desarrollo. El planeta entero enfrenta desafíos comunes que ningún país puede resolver por sí solo. Vivimos en un mundo donde la tecnología conecta a la humanidad como nunca antes, mientras la política parece dividirla cada vez más. Creo que es inevitable que pensemos ¿hacia dónde vamos?… La respuesta no es sencilla, no obstante al analizar las tendencias políticas, militares, económicas y psicológicas que están moldeando el presente, aparecen dos grandes escenarios posibles. Uno optimista y otro evidentemente preocupante.
El escenario pesimista: la fragmentación del siglo XXI
La historia también nos obliga a mirar este camino, amén que sería irresponsable ignorarlo. La humanidad posee una extraordinaria capacidad para cooperar y también una extraordinaria para autodestruirse. Las mismas manos que construyen hospitales diseñan misiles. Las mismas mentes que desarrollan vacunas crean armas biológicas. La misma inteligencia que explora Marte puede fabricar sistemas capaces de aniquilar ciudades enteras. El escenario pesimista comienza con una creciente fragmentación del orden mundial. Estados Unidos y China transforman su rivalidad económica en una confrontación estratégica. Rusia y Europa consolidan una nueva frontera de tensión permanente. Medio Oriente continúa atrapado en conflictos recurrentes y mortales. Las democracias enfrentan crecientes procesos de polarización interna. Las redes sociales sustituyen el diálogo por la confrontación emocional, mientras la desinformación se convierte en un arma tan poderosa como los tanques o los aviones. La inteligencia artificial comienza a utilizarse masivamente para manipular opiniones públicas, controlar poblaciones y desarrollar sistemas autónomos de combate. Las guerras híbridas se vuelven habituales. Los ciberataques afectan redes eléctricas, sistemas financieros y comunicaciones. Las fronteras entre paz y guerra se vuelven cada vez más difusas. La humanidad entra entonces en una nueva era de inseguridad permanente. No necesariamente una III Guerra Mundial clásica. Algo diferente. Más complejo, fragmentado y más difícil de controlar. La amenaza más seria no parece ser una conflagración nuclear inmediata. La destrucción mutua asegurada sigue actuando como una poderosa barrera económica y psicológica. A pesar de ello, sí aumenta el riesgo de conflictos regionales capaces de escalar progresivamente, como serían los escenarios de Taiwán. El Mar del Sur de China. Europa Oriental. Medio Oriente. El Ártico, y hasta el espacio exterior. Crisis que, combinadas, podrían producir consecuencias imprevisibles y conlleva el probable uso de armas nucleares limitadas. Estimo que este escenario posee cerca de un 40 % de probabilidades. Y precisamente por eso merece toda nuestra atención. Porque aunque no sea el más probable, tampoco es imposible… y lo estamos viviendo en Irán y en Ucrania.
El escenario optimista: la madurez de la civilización
La visión más favorable no supone la desaparición de los conflictos. Eso nunca ha ocurrido en la historia. Las diferencias de intereses seguirán existiendo y las rivalidades también. Este escenario plantea que las principales potencias terminarán por comprender una realidad tan simple como es que la cooperación estratégica produce mayores beneficios que la disputa permanente. No porque los líderes se vuelvan más idealistas, sino porque los hechos terminan imponiéndose. Las guerras consumen recursos que podrían destinarse a la educación, la salud, la ciencia, la infraestructura y la reconstrucción consecuencia de las catástrofes. Los conflictos prolongados desalientan inversiones, frenan la innovación, alteran el comercio y reducen la calidad de vida de millones de personas. En una economía global interconectada, cada misil lanzado tiene un costo que tarde o temprano termina apareciendo en los mercados, en los presupuestos nacionales y en la vida cotidiana de los ciudadanos. La paz no sería únicamente un ideal moral, sino también una de las decisiones más inteligentes desde el punto de vista económico y estratégico. Estados Unidos continuaría liderando en innovación, inteligencia artificial, ciencia, biotecnología, exploración espacial y desarrollo tecnológico. China seguiría consolidando su extraordinaria capacidad industrial, logística e infraestructura global. India podría convertirse en una de las principales economías del planeta. Europa fortalecería su integración política, económica y militar. África iniciaría finalmente una etapa de desarrollo sostenido. Y América Latina tendría —por fin— la oportunidad histórica de aprovechar sus inmensos recursos energéticos, alimentarios y minerales para convertirse en un actor mucho más relevante. En este escenario, la competencia seguiría existiendo. Pero sería una competencia administrada. Regulada. Contenida. Parecida a la rivalidad económica y tecnológica que ya observamos entre muchas naciones desarrolladas. La inteligencia artificial impulsaría enormes aumentos en la productividad. La medicina personalizada prolongaría la esperanza, y la calidad de vida. Las energías limpias reducirían gradualmente algunas tensiones geopolíticas asociadas al petróleo. La automatización podría liberar a millones de personas de trabajos repetitivos para concentrarse en actividades creativas, científicas y humanas. La pobreza extrema continuaría disminuyendo. La educación se expandiría. La cooperación internacional permitiría enfrentar amenazas comunes como pandemias, crisis climáticas o calamidades naturales. Sin embargo, para que ese progreso sea real, las sociedades también tendrían que afrontar una batalla menos visible, pero igualmente decisiva como es la lucha contra la corrupción. Durante siglos, la corrupción ha drenado recursos, debilitado instituciones, frenado el desarrollo y erosionado la confianza ciudadana. Ninguna nación alcanza su máximo potencial cuando quienes administran el bien común lo utilizan para beneficio propio. Una de las grandes tareas del siglo XXI es precisamente construir sistemas más transparentes, donde la tecnología, la participación ciudadana y la rendición de cuentas reduzcan los espacios para el abuso del poder y permitan que la riqueza generada llegue realmente a quienes la producen y la necesitan… No sería un paraíso. Pero sí una humanidad más madura. Más consciente de su interdependencia. Más parecida a una comunidad global que a una colección de tribus enfrentadas. Hoy estimo que este escenario posee más de un 60 % de probabilidades. No porque los seres humanos se hayan vuelto más sabios. Sino porque nunca antes tuvieron tanto que perder. No puedo dejar de mencionar que en un mundo así la migración desesperada y por supervivencia se disminuiría considerablemente.
El factor que realmente decidirá el futuro
Cuando analizamos política internacional solemos hablar de tableros, ejércitos, presupuestos militares, alianzas estratégicas, tecnología o recursos naturales. Pero existe otra variable a tomar en cuenta: La psicología humana. La de los líderes. Porque las guerras comienzan mucho antes de que aparezcan los soldados. Empiezan en las emociones. En los miedos. En los resentimientos de alguien. En la necesidad de encontrar culpables. En la incapacidad para comprender al otro, y en las amenazas entre ellos… Y también ocurre lo contrario: La cooperación inicia mucho antes de que se firmen tratados. Cuando los jefes de Estado entienden que comparten un destino común. Por eso la gran batalla del siglo XXI no será solamente militar. Ni económica. Ni tecnológica. Será diplomática y psicológica. Será una lucha entre quienes intenten construir puentes, y quienes prefieran levantar muros. Entre quienes entiendan que la humanidad comparte una misma nave espacial llamada Tierra, y quienes continúen pensando exclusivamente en términos de tribus, fronteras, ambiciones personales y enemigos…
Cuando observamos el mundo no vemos únicamente tensiones. También vemos posibilidades extraordinarias. Nuestra especie posee suficiente conocimiento científico para reducir drásticamente muchas enfermedades. Disponemos de tecnología para alimentar a miles de millones de personas. Tenemos capacidad para producir energía, educar poblaciones enteras y conectar instantáneamente continentes completos. Nunca habíamos sido tan poderosos como especie para el bien de la humanidad. Y precisamente por ello nunca había necesitado tanta sabiduría. Quizás el verdadero desafío de nuestro tiempo no sea decidir quién dominará el planeta. Ni qué país será la primera potencia. Ni qué ideología vencerá a las demás. Quizás el reto sea mucho más que eso… Aprender a gestionar nuestro inmenso poder sin destruirnos en el intento. El futuro no está escrito. Todavía pertenece a quienes tengan el valor de construirlo. Y aunque las sombras existen, sigo creyendo que la esperanza conserva una ligera ventaja sobre el miedo. No es porque sea optimista, que lo soy. Sino porque la historia demuestra que, cuando la humanidad ha estado frente al abismo, muchas veces ha encontrado la forma de retroceder a tiempo… Ojalá esta vez también seamos lo suficientemente inteligentes para hacerlo…
Mi esposa María Mercedes Gessen me agrega: “Para mí, el mayor riesgo del siglo XXI no es una guerra entre naciones ni una confrontación entre sistemas políticos. La humanidad continuará avanzando tecnológicamente más rápido de lo que evoluciona emocionalmente. Hemos aprendido a dividir el átomo, a modificar genes, a crear inteligencia artificial y a comunicarnos instantáneamente con cualquier lugar del planeta. Sin embargo, todavía nos cuesta escuchar al que piensa diferente, controlar nuestros impulsos, convivir con nuestras diferencias y comprender que el sufrimiento ajeno también nos afecta. La verdadera evolución humana no dependerá solamente de la ciencia o de la tecnología. Dependerá de nuestra capacidad para desarrollar más empatía, más compasión, más reciprocidad, y una conciencia más amplia de que todos compartimos el mismo destino. Nada podrá sustituir aquello que nos hace humanos, nuestra instalada habilidad de supervivencia, de imaginar, de crear, y nuestra capacidad de amar, cuidarnos, comprendernos y construir juntos.”…
Palabras con las cuales coincido. Pienso que la historia no está escrita en piedra. El futuro será el resultado de millones de decisiones humanas tomadas cada día. Ojalá tengamos la sabiduría para procurar la mejor opción. El siglo XXI no será recordado por las máquinas y la tecnología que construimos. Será memorable por las decisiones que tomamos con lo que creamos. Así, el futuro seguirá teniendo, para bien o para mal, un rostro profundamente humano… Que la Suprema Providencia Universal nos acompañe a todos… Si desea darnos su opinión o contactarnos puede hacerlo en psicologosgessen@hotmail.com...

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