En la Selva del Darién solo queda avanzar o morir: Relatos cruzados

Actualizado: 24 ago



Yasmín Castillo, de 28 años de edad, es una de las miles de venezolanas que en junio cruzaron el llamado Tapón del Darién o la selva del Darién que separa a Colombia de Panamá. Es una de la rutas para quienes desean llegar a Estados Unidos cruzando la frontera de México por los caminos verdes.


Huyendo de la crítica situación económica que atraviesa Venezuela, Yasmín primero probó suerte en Colombia, “donde se puede vivir con lo básico pero no hay capacidad de ahorro. Se vive al día.”


Regresó a Venezuela, donde trabajó como manicurista y compró una pequeña moto que le permitía atender clientes a domicilio. No encontró la mejoría de la situación que algunos pregonaban en su entorno: “En Venezuela la crisis no permite ni vivir cómodamente con lo básico.”


En medio de ese dilema, recibió la invitación de familiares que viven en Austin, Texas, para que se uniera a ellos, "Me apoyaron muchísimo con el viaje y me permiten vivir con ellos mientras me estabilizo."


Se decidió a dar el paso aunque sabía que la vía legal estaba descartada: "Primero porque en Venezuela no hay Embajada de Estados Unidos, es necesario trasladarse hasta Colombia y la cita en Colombia puede ser para dentro de dos años. Además, estoy clara que no cumplo con los requisitos para que me otorguen la visa."


Inicialmente pensaba viajar a México por avión y cruzar la frontera pero desde enero a los venezolanos le piden visa y el dinero no le alcanzaba.


Vendió todo lo que tenía. Así reunió 2 mil dólares y comenzó a buscar opciones. Cruzar la selva estaba descartado en su proyecto inicial:


--Yo quería ir a Medellín, ahí tomar un avión a la Isla de San Andrés y de ahí una lancha hacia Nicaragua. Cruzar Nicaragua, Honduras, Guatemala, y México. Ese era mi Plan A. Muchos me insistía en que por la selva es más barato pero yo me resistía porque había escuchado cosas terribles sobre ese paso.


Para el Plan A una amiga le dio un contacto que le transmitió poca confianza:


--Ellos no ofrecen mucha seguridad. Piden que vayas a Medellín y cuando ellos tengan una fecha aproximada de viaje, es cuando debes ir a San Andrés donde te reciben. Sentía que no me decía algo concreto por eso me daba miedo trasladarme a San Andrés que es una isla turística muy costosa y una noche puede costar 30 dólares.


En medio de esa duda Yasmín recordó a un amigo residenciado en Tapachula, México. Se comunicó con él y le recomendó a quien le sirvió de guía: “te lo recomiendo, anímate”.

--Creo que no me dijo toda la verdad sobre la selva y es que nadie la puede decir porque es una experiencia que solo quien la vive la puede entender.


Fotos cortesía: Yasmín Castillo

Comienza la aventura


--Contacté a la persona, me dio confianza y el tiempo me apremiaba. Tenía que tomar una decisión inmediata porque si continuaba en Medellín gastaría todo el dinero destinado al viaje.


--Lo primero que me dijo es que me tenía que trasladarme a Necoclí, que es un pueblo costero que está a 12 horas de Medellín. Él me recogería y me llevaría a su finca donde me quedaría el tiempo necesario porque uno no sale cuando quiere sino cuando completan un grupo. En mi caso tuve la suerte de llegar un viernes y ese mismo día fue la salida.


--En la playa nos embarcaron a las mujeres primero, a los hombres después. La lancha tenía capacidad para quince personas y montaron 25. Entre ellos 7 niñas, la mayor tenía 5 años aproximadamente.


--El trayecto es hasta una playa de nombre Carreto que es territorio panameño con una población indígena.


--En teoría el viaje dura dos horas pero hay que llegar a una parte que llaman La Raya que es la división de aguas panameñas y aguas colombianas. Ahí el guía espera de su contacto que vigila la guardia fronteriza panameña la seña de si se puede pasar porque si cruzan y los agarra la guardia, las lanchas quedan decomisadas, los lancheros van presos y a los pasajeros los trasladan al campamento de la ONU en Panamá.


Ese día fueron ocho horas de espera. Sin comida porque no estaban preparados. La señal no llegó y tuvieron que regresar. Comenzó entrar agua a la lancha. La angustia se apoderó de los migrantes. El lanchero amenazó con lanzarlos al mar. Fueron 17 horas de angustia hasta que llegaron de nuevo a la playa.


--Yo sentía que las piernas no me respondían. Sacamos los bolsos hasta la orilla de la playa donde esperamos el transporte que nos llevaría de nuevo a la finca en Colombia y programaron el viaje para unos días después. Una semana más de espera. En la finca la comida al principio era buena y luego era como para salir del paso.


--La segunda vez nos embarcamos como a las 6 de la tarde. Ese día tuvimos ocho horas en el mar. Esta vez éramos como treinta personas. Siempre sobre pasan la capacidad de la lancha. ¡Por fin llegamos a Carreto como a la una de la madrugada!



Ahora a enfrentar la selva


--En Carreto te recibe un guía de los indígenas y te indica dónde vas a acampar. Al día siguiente nos dijeron que estaba cerrada la ruta de la selva porque a una mujer la había picado una culebra. Era mentira. Era para esperar que llegara más gente.


--Por fin salimos a la selva unas cuatrocientas personas. Eran varios grupos. Donde yo estaba éramos como 16. Nos ordenan, nos cuentan, nos dan un número y a la hora de salir del campamento entregas el número y debes seguir al guía. Cada grupo tiene un guía.


--El primer día es duro porque descubres el terreno como tal. Que no es un caminito y que cuando te hablan de barro es barro hasta la rodilla y cuando hablan de río es un río de corrientes que te pueden arrastrar si no te agarras bien a los mecates… la exigencia física es mucha.

--Eso no lo dicen ni uno lo pregunta. La interrogante que llevamos todos es ¿Cuántos días tardaré en llegar?. La respuesta es la misma: depende de tu capacidad física y del grupo con el que vayas. Si vas con personas de la tercera edad o con niños tardas más. En lo individual depende qué tanto descanso necesites.


--Yo tenía un solo pensamiento que me acompañó a lo largo de todo el trayecto y era que no quería morir en la selva.


--La caminata finaliza en un campamento indígena llamado El Abuelo, eso se puede hacer en dos días y medio. En la ruta coincides con personas de diversas nacionalidades. Hay venezolanos, cubanos, tailandeses, africanos… personas con niños, personas con discapacidad física, mujeres embarazadas…


--Ahí puedes sentir que el instinto de sobrevivencia es tan fuerte que difícilmente esperas a alguien. Si no vas al ritmo del grupo te dejan atrás. El mandato parece ser avanzar o morir. Había momentos en los que yo sudaba frío, me descompensaba, no aguantaba pero me mantenía en mi grupo.


--Hay rutas largas, rutas cortas. Hay guías que engañan, pagas por rutas cortas que fue la que yo tomé y te dejan en la ruta larga, en una parte que se llama Capurgarán que es la ruta más larga al principio de la selva. Es la ruta que se presta para robos, violaciones y donde estábamos nosotros también porque estamos hablando de una selva casi virgen, con unos guías que supuestamente velan por la seguridad del viajero pero a veces tienen convenios con guerrilleros que conviven en la selva y te llevan para esos campamentos donde roban y violan.


--El último día yo sentía que no podía más. Las piernas no me daban y le dije a una muchacha que llevaba un niño, que me acompañara a descansar debajo de un árbol. Estábamos en eso cuando vimos que venía corriendo un grupo de hombres y uno de ellos llevaba una metralleta... me encomendé a Dios. Ya mi grupo no estaba a la vista. No sabía si gritar... cerré los ojos esperando lo peor. En ese estado sentí que me agarraban suavemente por los brazos. Pensé que estaba muerta. Abrí los ojos... el hombre de la metralleta era un guardia panameño. Ahí supe que el guía nos llevaba a uno de esos campamentos de guerrilleros.. Yo me salvé por la misma razón que muchos son abandonados en la selva: Por cansancio...eran tantas cosas que yo sentía que estaba en una película. Aún tengo pesadillas con eso.


--Creo que estábamos como a media hora del punto de llegada pero el barro era tan denso, tan denso que tardas como una hora en llegar. Yo escuchaba a lo lejos que decían llegamos, llegamos pero pensaba que era mentira porque varias veces había pasado… vi unas casas rústicas y no lo creía hasta que vi a un amigo que iba con un bebé que me hacía señas que corriera pero no podía, entonces él se acercó, me agarró de una mano y me jaló, casi me levantó y llegamos al punto donde dan el ticket para tomar la lancha, me senté y me puse a llorar.



--Esa noche nos quedamos en el campamento El Abuelo y al otro día tomamos la lancha que nos llevó al campamento de una tribu donde hay un puesto de la guardia donde revisan lo poco que llevas. Es el primer registro. En ese lugar pasas una noche y te venden lo que necesitas… agua, algo de comer… es un negocio. Me quedaba cerca de mil 600 dólares. Todo es caro. Una camisa cuesta 5 dólares, una Coca Cola, dos o tres dólares…


--Después de eso se toma una lancha hasta Puerto Limón, en Panamá, donde te montan en un camión militar que te lleva al campamento de la ONU, donde hacen el registro, te atienden, te dan comida, te puedes bañar… Luego te trasladan a otro campamento en Panamá y eso cuesta 40 dólares y es una locura hacer la cola por la cantidad de gente y por los que buscan colearse. Ese transporte te lleva a un punto que está como a 5 horas de la frontera con Costa Rica… Panamá nos recibió con los brazos abiertos. Es un bello lugar -por lo menos lo que pude ver-. Nos ayudaron muchísimo. Los campamentos fueron gratis y cruzar la frontera de Costa Rica fue fácil. El problema es Nicaragua.


--El paso de Costa Rica a Nicaragua hay que hacerlo por una trocha. Primero una finca, luego una selva y finalmente un pantano horrible aunque se suele ir con un guía.


--Los guías son contratados a medida que se avanza. Hay muchas maneras de cruzar por tierra. Hay quienes venden un paquete completo que incluye todas las conexiones. Hay países donde se paga salvoconducto lo que permite cruzarlos sin problema, pero cada salvoconducto puede costa hasta 250 dólares. En mi caso, como el de muchos, no tenía ese dinero por lo que cruzamos las fronteras de manera ilegal.


A pocos pasos de Estados Unidos


Yasmín llevaba casi un mes de una travesía que comenzó el 23 de junio. En Tapachula, México es donde se suele gestionar la visa. Había escuchado que la fila de solicitante es es tan larga que fácilmente se pasa tres días esperando el turno. "Tuve suerte una vez más, me la dieron en 24 horas"


--En Tapachula abordé un bus que me llevó a Distrito Federal donde hice trasbordo hasta Monterrey. Hasta ese punto permite la visa, por lo que para llegar a Piedras Negras es necesario ir en carro particular. Solo quedaba cruzar río Bravo que ese día estaba algo manso. El agua me llegaba por la cintura y pude cruzar caminando.


--¡Por fin Texas¡ Ya en Estados Unidos caminé hasta migración. Plantee mi situación, llamaron a mis familiares y ellos se hicieron responsables de mi estadía. Ahora espero el juicio donde decidirán si me puedo quedar como migrante.


Geilord perdió un amigo en el pantano


Geilord Lazo, 46 años, es compatriota de Yasmín, salió en busca del mismo sueño por circunstancias similares. Coincide con Yasmín en que el paso por la selva del Darién es una pesadilla. En su caso, la pesadilla continúa por el amigo que quedó en el camino.


--Yo iba acompañado de un pana de nombre Gabriel Ignacio Guevara. En un momento me dijo que se sentía mal. Yo le di algo de papelón por si era una baja de tensión. Recuperó un poco el semblante y seguimos hasta que... me dijo sigue tú, yo no puedo. Le daba ánimo pero nada. Yo seguí.


Geilord salió del pantano con los pies heridos, como con picadas de insectos.


--Los grupos llegaban y yo preguntaba por el muchacho con la franela del Barcelona y pantalones deportivos de color gris... unos me miraban como con lástima y otros me decían, ay mijo ese muchacho se quedó. Entonces le dije al guía que me acompañara a buscarlo. Era las siete de la noche. Ida y vuelta sería como dos hora. El guía me dijo que eso costaba 20 dólares... Lo encontramos. Estaba muerto.


Al principio la familia de Gabriel Ignacio Guevara se resistía a aceptar lo que decía Geilord, pero el tiempo ha pasado y ellos, como muchas familia venezolanas en circunstancia similares, buscan la forma de solicitar la búsqueda su pariente desaparecido en el Darién

En Costa Rica Geilord recibió atención médica. Estaba en precarias condiciones física y anímicas. La ropa la dejó en el pantano y solo tenía lo que vestía. Un grupo venezolano de apoyo a emigrantes lo auxilió con algo de ropa.


(Foto: Cortesía Geilord Lazo)

Actualmente -3 de agosto- está en Tapachula, México: "Estoy en emigración. Me dijeron que podría estar unos siete días incomunicado."


La familia de Geilord -una parte en Ecuador y otra en Venezuela- se angustio con el reporte. Recordaron la información que circuló el pasado 31 de julio, referida a la deportación de 126 venezolanos desde México. Él los calmó:


--Aquí estamos varios Venezolanos. Nos dijeron que fueron deportados porque cerraron algunas calles y rompieron vidrios de comercios. Eso quedó grabado y los identificaron.


La historia de Geilord y de Yasmín es similar a la de miles de venezolanos que ven a Estados Unidos como una posibilidad de mejor vida. Pero cada día es más difícil por la cantidad de migrantes de diferentes nacionalidades que buscan alcanzar el sueño americano sin pensar que en estos momentos Estados Unidos vive su propia crisis económica.


Enrique Rondón Nieto @erondoni