El Primer Feca: ¿La IA ya puede hacer periodismo?

Hay una escena que resume mejor que cualquier ensayo sobre inteligencia artificial lo
que está pasando con el periodismo en Argentina: un conductor virtual, generado por
IA, leyendo un dato de economía y pronunciando "interés interanual" como "interés
interanal" No lo cuento para reírme gratis —bueno, un poco sí— sino porque ese error,
ese tropiezo de máquina, es la mejor metáfora posible del momento que estamos
viviendo.
El proyecto se llama "El Primer Feca" (Café al revés) y lo lanzó Santiago Siri, el mismo
tipo que hace más de una década viene hablando de Blockchain, democracia digital y
gobernanza sin intermediarios como fundador de Democracy Earth Foundation. Ahora
decidió meterse en un terreno distinto: un noticiero producido íntegramente con
inteligencia artificial, con avatares hiperrealistas que se especializan en deportes,
economía, tecnología, cultura pop y "la calle", publicando tres videos diarios en
Instagram entre las siete y las ocho de la mañana. Según explicó el propio Siri, el
sistema coteja fuentes como La Nación, Página/12, Infobae y Clarín antes de generar
cada pieza, aunque él mismo reconoció que se trata de fuentes secundarias. Es decir: la
máquina no reporta, lee lo que reportaron otros y lo empaqueta con una cara nueva.
El lanzamiento, como era de esperar, no pasó desapercibido. Generó una fuerte
discusión en redes sociales, y no precisamente por lo revolucionario del formato sino
por lo contrario: varios usuarios cuestionaron la calidad del producto y lo calificaron,
con esa crueldad tan argentina y tan certera, de estar "hecho con dos mangos".
Subtítulos mal sincronizados, pronunciaciones que ni el propio nombre del programa se
salvaron —confundían "Primer Feca" con "Primer Faca"— y una estética que quería
parecerse a un noticiero de verdad pero terminaba pareciéndose más a un sketch. Siri no
se achicó. Salió a bancar el proyecto ante la crítica y tiró una frase que a cualquiera que
trabaje en medios le va a sonar conocida: "El periodismo a veces reacciona de forma
corporativa y lo he vivido en carne propia esta semana".
Ahí es donde la cosa deja de ser graciosa y empieza a ponerse interesante. Porque más
allá de la torpeza técnica, lo que Siri puso arriba de la mesa es una pregunta que en las
redacciones se viene esquivando hace rato: ¿hasta dónde llega la automatización antes
de que deje de ser periodismo? Él mismo lo planteó sin vueltas: "La idea es explorar
justamente hasta dónde llega la automatización". No es poca cosa admitirlo así, como
quien prueba un motor a ver cuánto aguanta antes de fundirse.
Pero el experimento tuvo un costado bastante menos filosófico y bastante más
incómodo. Un cronista de Junín, Matías Canzonetta, denunció públicamente que uno de
los "reporteros" virtuales del noticiero tenía su cara y su voz. "Siento que me chorearon
la voz y mis imágenes y armaron al periodista de la calle. ¿Si es así me lo pueden decir
o la estoy flasheando? (Delirando)" escribió en redes. La respuesta de Siri fue tan
breve como elocuente: "No sé quién sos". Nadie presentó pruebas concluyentes de que
el personaje se haya construido con material real del cronista, pero el episodio destapó
algo que ya veníamos venir: cuando la inteligencia artificial necesita caras para sus
avatares, en algún lugar del mundo hay una cara real que se parece sospechosamente a
la que la máquina usó.
Y acá vuelvo al conductor que dice "nteranal" en lugar de "interanual". Ese error no es
un detalle cómico aislado: es la prueba de que automatizar la mirada sobre el mundo
—elegir qué contar, cómo contarlo, con qué tono— todavía tropieza con lo más
elemental, que es la precisión. El periodismo, aun en su versión más golpeada y
precarizada, tiene un valor que ninguna IA logró replicar todavía: estar ahí, en el lugar
de los hechos, con un cuerpo y un nombre que responden por lo que dicen. Siri lo
reconoció sin que se lo pidieran: destacó el valor de las coberturas en las que los
profesionales están presentes donde ocurren los hechos.
"El Primer Feca" no va a reemplazar a nadie, al menos no todavía. Pero sirve, y mucho,
como espejo incómodo: nos muestra que la tecnología ya puede simular la forma del
periodismo —el escritorio, la voz en cámara, el gráfico que aparece atrás— mientras
sigue sin entender del todo el fondo. La pregunta que deja flotando no es si la máquina
nos va a sacar el trabajo. Es si, en el apuro por automatizar todo, no vamos a terminar
confundiendo "interanual" con cualquier otra cosa.




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