El migrante venezolano se debate entre la xenofobia y el desarraigo
- Enrique Rondón Nieto

- hace 2 horas
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Un migrante venezolano que deja su país en medio de la incertidumbre de lo que le depara la vida lejos de su tierra, de su familia, para encontrarse con sociedades xenofóbicas, violentas donde sus oportunidades de crecimiento personal y bienestar social se ven marcadas por la casi nula posibilidad de reconocimiento de su preparación profesional llevándolo a dedicarse a oficios alejados de sus expectativas laborales, diría que es lo más cercano al fracaso que se conoce.
Aunque muchos superan todos estos obstáculos, la gran mayoría sucumbe ante la estigmatización del venezolano malo que se vende con éxito en el mundo, promocionado por el accionar delincuencial de unos pocos, y ahora con la certificación de organismos de investigación del comportamiento social que revelan que uno de cada tres latinoamericanos quiere emigrar y la mitad rechaza la llegada de inmigrantes a su país, según el Informe sobre Democracia y Desarrollo 2026 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).
El fenómeno de la movilidad humana en América Latina ha dejado de ser una válvula de escape temporal para convertirse en un espejo crudo de las fracturas políticas, institucionales y éticas de toda una región.
Hoy en día, la experiencia del migrante venezolano se desenvuelve en una paradoja perversa: mientras huyen de condiciones internas asfixiantes, se estrellan de frente contra muros invisibles pero contundentes de rechazo social y estigmatización mediática. Este rechazo no solo erosiona el tejido social del país receptor, sino que derrama sus consecuencias de manera bidireccional, rompiendo psiquis y hogares tanto en el punto de partida como en el de destino.
Radiografía del desencanto: El informe del PNUD 2026
El reciente Informe sobre Democracia y Desarrollo 2026 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) ha venido a certificar matemáticamente una realidad que se percibía en las calles: América Latina es una región que expulsa a sus ciudadanos a un ritmo vertiginoso, mientras simultáneamente clausura sus puertas afectivas y normativas a los recién llegados de naciones vecinas. El estudio dedica un capítulo extenso a la movilidad humana como el termómetro definitivo de la crisis de representatividad que sacude al continente.
De acuerdo con los hallazgos históricos del organismo, la intención de emigrar en el territorio latinoamericano ha experimentado un crecimiento sostenido durante las últimas dos décadas. En el año 2004, solo 21% de la población regional manifestaba el deseo explícito de trasladarse a vivir o trabajar al extranjero en un horizonte de tres años. Para el cierre de las mediciones consolidadas del informe, dicha proporción escaló drásticamente hasta situarse en 32%. Esto significa de forma llana que prácticamente uno de cada tres latinoamericanos anhela abandonar su patria.
En algunos países de la cuenca del Caribe y Centroamérica, este porcentaje supera ampliamente la media regional de vulnerabilidad. Haití lidera la lista con un dramático 74,6% de su población con intención manifiesta de emigrar, seguido de cerca por Jamaica con 54,3% y Surinam con 45,7%. El PNUD es categórico al vincular de forma directa estos alarmantes indicadores con el fenómeno del desencanto institucional. El incremento del deseo de fuga poblacional avanza en estricta correlación simétrica con el aumento de la insatisfacción ciudadana frente a la democracia formal y con una percepción generalizada de devastación en los sistemas económicos locales, incapaces de garantizar el bienestar o el ascenso social.
Número de Venezolanos por país

Paralelamente a la masividad del éxodo, la recepción comunitaria y vecinal muestra su faceta más hostil. Los datos del PNUD arrojan que 51,4% de los latinoamericanos encuestados percibe la llegada de flujos migratorios a sus respectivos países como un fenómeno netamente “perjudicial”. Este rechazo, lejos de ser neutro, se convierte en el combustible idóneo para la polarización política de las naciones de acogida. Múltiples liderazgos locales han estructurado discursos públicos cimentados sobre la criminalización sistemática del migrante, instaurando una narrativa divisiva de “nosotros contra ellos” que debilita severamente las bases del contrato democrático regional.
Este tenso panorama coincide con una reconfiguración geográfica e histórica de las rutas de tránsito. Lo que durante la segunda mitad del siglo XX y los albores del siglo XXI se consolidó como una migración orientada predominantemente hacia Norteamérica (Estados Unidos) y Europa, se ha transformado hoy en un fenómeno marcadamente intrarregional. Los números revelan la magnitud del vuelco: en 1990, apenas 3,7 millones de migrantes de América Latina y el Caribe residían dentro de la propia región. Para 2024, esa cifra se ha casi cuadruplicado de manera alarmante, alcanzando los 14 millones de personas.
El repunte más drástico y desestabilizador de esta métrica se concentró entre los años 2015 y 2020, periodo en el cual la migración interna regional se disparó en 84% en solo cinco años. Este estallido estuvo empujado por la agudización multidimensional de la crisis venezolana, conjugada con el endurecimiento progresivo de los marcos regulatorios migratorios en el hemisferio norte.
Esta tendencia de contención se agudizó de forma severa a partir de 2025 y durante el transcurso de 2026, con la puesta en marcha de controles fronterizos extremos y un incremento masivo en las deportaciones directas desde los Estados Unidos, obligando a millones a permanecer en países sudamericanos y centroamericanos que no se encuentran institucional ni culturalmente preparados para asimilarlos.
El estigma impuesto y el techo de cristal profesional
Dentro de esta dinámica macroeconómica y geopolítica, el ciudadano venezolano carga con un estigma desproporcionado. Las plataformas de comunicación masiva y las redes sociales suelen amplificar con un éxito mercadológico desmedido el accionar delincuencial de una minoría ínfima. Esta generalización injusta construye la etiqueta del “venezolano malo”, una generalización xenófoba que borra de un plumazo la trayectoria de honestidad y esfuerzo de la gran mayoría de los migrantes.
Esta atmósfera de sospecha sistemática se traduce de inmediato en el ámbito laboral en una de las formas más sutiles y dolorosas de violencia: la exclusión profesional. Miles de ingenieros, médicos, educadores, abogados y técnicos de alta calificación provenientes de universidades venezolanas topan contra normativas burocráticas infranqueables y prejuicios patronales.
Al verse privados del reconocimiento legal de sus credenciales académicas, se ven forzados a insertarse en mercados laborales informales o de subempleo, ejerciendo oficios de limpieza, entregas a domicilio o comercio ambulante, completamente divorciados de sus expectativas y capacidades reales. Esta desprofesionalización sistémica constituye un truncamiento del proyecto de vida que muchos especialistas tildan como la expresión más fidedigna del fracaso forzado por el entorno.
La otra cara de la moneda: El duelo crónico de los que se quedan

Sin embargo, el reportaje analítico de este fenómeno quedaría incompleto si se evalúa únicamente al individuo en tránsito. Existe una dimensión subterránea e invisible que transcurre en los hogares de origen, donde las paredes vacías dan cuenta de una fractura emocional permanente. La crisis migratoria venezolana posee una naturaleza estructuralmente bidireccional; hiere con la misma intensidad al que cruza la frontera que al familiar que estira el presupuesto y resguarda la casa con la mirada fija en el teléfono.
Para comprender la magnitud de este impacto mental, es crucial atender los análisis clínicos de la psicología social. La psicóloga Sandra Cáceres, directora del Centro de Asesoramiento y Desarrollo Humano de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) Guayana, ha estudiado de cerca cómo las familias venezolanas se han visto en la estricta obligación de reconstruir y resignificar por completo sus estructuras relacionales y su concepción tradicional del hogar debido a la diáspora.
La especialista define este impacto psicológico colectivo bajo la categoría de un duelo “crónico”, un estado de pérdida suspendido en el tiempo que socava por igual la estabilidad emocional de quienes marchan como de quienes permanecen en el territorio nacional.
“Es un duelo que no termina, es un duelo crónico que se intensifica o recrudece en distintos momentos de ese tránsito migratorio”, sostiene la directora de la UCAB Guayana.
En el marco de un análisis comunicacional difundido a través del programa Punto y Seguimos de Radio Fe y Alegría Noticias, conducido por la periodista Adriana Tovar, la psicóloga Cáceres puntualizó aspectos medulares que rompen con los mitos tradicionales de la distancia física. De acuerdo con su perspectiva científica, la separación espacial y geográfica no se traduce necesariamente de forma automática en un debilitamiento de los lazos afectivos de la estructura familiar.
La distancia no destruye la calidad del vínculo
La especialista de la UCAB argumenta firmemente que el mero hecho de compartir un mismo techo físico no actúa como una garantía absoluta de convivencia armónica “ni de que los vínculos interpersonales estén suficientemente fortalecidos”. Por consiguiente, la distancia geográfica no define la calidad intrínseca del lazo afectivo. Aunque falte la presencialidad cotidiana, las interacciones familiares pueden sostenerse con vigor si se asientan sobre bases relacionales sanas, protectoras y dotadas de un significado profundo.
“No necesariamente compartimos ese techo físico, pero si se han establecido buenas relaciones de base y vínculos afectivos suficientemente intensos, siempre vamos a contar con el otro”, recalca Cáceres.
Esta distancia bien gestionada emocionalmente puede forzar a las familias a optimizar los canales de comunicación y revalorizar el tiempo de interacción, transformándose en una oportunidad resiliente de mejora relacional.
Por otro lado, el proceso adaptativo es bidireccional. El emigrante debe lidiar con el choque cultural, la discriminación laboral y la soledad, viéndose obligado a tejer nuevas redes de apoyo comunitario que operen como contenedores en momentos de vulnerabilidad. Quien se queda, habitualmente adultos mayores y niños a cargo de parientes lejanos, debe sobrellevar el vacío de las ausencias cotidianas y la angustia por la seguridad de sus seres queridos en tierras extrañas.
Hacia la validación emocional y el tejido de redes de apoyo
Frente a este escenario de desgaste psicológico continuo, los especialistas en salud mental hacen un llamado urgente a la acción comunitaria. Cáceres enfatiza la necesidad imperiosa de validar social e individualmente las emociones asociadas al duelo migratorio. Sentimientos como la tristeza recurrente, la culpa por haber partido, la ansiedad del cuidador que se quedó o el enojo ante la xenofobia no deben ser reprimidos ni estigmatizados internamente.
“Todos esos sentimientos son válidos e importantes dependiendo del momento en el que esté cada persona”, apunta la psicóloga.
El desafío contemporáneo radica en construir andamiajes sociales, tanto en los países receptores como en las comunidades de origen en Venezuela. Es fundamental propiciar espacios de contención comunitaria y actividades de carácter recreativo, deportivo y cultural que permitan acompañar desde la empatía a quienes experimentan la soledad de la separación.
La toma de conciencia sobre “cuidar y dejarnos cuidar” emerge como una consigna de supervivencia psicológica. A pesar de la fragmentación física, los esquemas de la familia venezolana se han diversificado y extendido globalmente; los valores sembrados en el núcleo original persisten y resisten los embates de la distancia.
La historia de la migración venezolana no puede reducirse a las crónicas policiales sesgadas ni a las frías estadísticas de rechazo de las encuestas multilaterales. Pese a las trabas institucionales, los entornos discriminatorios y el desgarro íntimo del duelo crónico, la diáspora venezolana ha dejado constancia histórica en múltiples latitudes de una notable capacidad de empuje y lucha constante, aportando valor profesional, mano de obra calificada y diversidad cultural a las economías que los reciben, sin romper jamás el hilo invisible pero inquebrantable que los mantiene unidos a la Venezuela que aguarda por ellos.
Tomado de El Regional del Zulia



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