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El lado B de Luis Brandoni


El pasado lunes 20 de abril. a los 86 años, falleció el destacado actor argentino Luis Brandoni, quien fue despedido por una multitud en el Cementerio de la Chacarita. Foto: Cortesía de Hola
El pasado lunes 20 de abril. a los 86 años, falleció el destacado actor argentino Luis Brandoni, quien fue despedido por una multitud en el Cementerio de la Chacarita. Foto: Cortesía de Hola

A Luis Brandoni se lo suele recordar por los picos. Por esas películas que se repiten, que se citan, que ya forman parte de una especie de folklore argentino. Pero su recorrido real no es una línea de éxitos, es una trama mucho más irregular, atravesada por momentos históricos, decisiones personales y una forma muy particular de entender el oficio. Hay un Brandoni que se acomoda al recuerdo colectivo, y otro que se mueve por zonas más inciertas. Ese es el que vale la pena mirar con lupa.


Mi primer encuentro fue con La Patagonia Rebelde. La película reconstruye las huelgas obreras en la Patagonia a comienzos del siglo XX y la represión brutal que siguió. No hay héroes clásicos ni alivio narrativo: hay tensión, injusticia y una mirada política muy clara. Brandoni forma parte de ese entramado, en un registro sobrio, contenido, sin necesidad de destacarse por encima del conjunto. Lo interesante es que ya ahí aparece una marca: su forma de actuar no busca agradar, busca sostener una verdad. No hay guiños al espectador, hay compromiso con el tono.


Después, inevitablemente, aparece Esperando la Carroza. La historia es conocida: una familia desbordada cree haber perdido a la abuela y, en ese caos, salen a la superficie miserias, reproches y absurdos. Brandoni interpreta a uno de los hijos, atrapado en ese torbellino doméstico donde nadie escucha a nadie. Lo notable es cómo logra moverse dentro de una comedia que roza lo grotesco sin perder humanidad. Su personaje está al borde del estallido, pero nunca se convierte en caricatura. Y ahí aparece una de sus virtudes menos mencionadas: sabe habitar el exceso sin romper la credibilidad.


Ahora, si uno se queda en esos dos títulos, se pierde el espesor del recorrido. Porque en el medio —y sobre todo después— hay decisiones que lo alejan del camino más fácil.


En Darse cuenta, dirigida por Alejandro Doria, la historia gira en torno a un médico que, tras un accidente, comienza a replantearse su vida y su manera de vincularse con los demás. Es una película atravesada por la idea de redención, de tomar conciencia. Brandoni no es el centro absoluto del relato, pero su presencia aporta a ese clima de introspección colectiva. No hay golpes de efecto, hay una construcción coral donde cada personaje arrastra sus propias fracturas. Y él se mueve ahí con una naturalidad que suma sin invadir.


Un año después aparece Contar hasta diez, una de esas películas que no suelen figurar en las listas, pero que dicen mucho. La trama se mete en un conflicto psicológico, con personajes atravesados por tensiones internas más que por grandes acontecimientos externos. El tono es más oscuro, más incómodo. Brandoni se corre del lugar querible y se instala en una zona más ambigua. No busca empatía inmediata, y eso genera algo interesante: obliga al espectador a quedarse un poco más, a no resolver rápido lo que está viendo.


En Made in Argentina aparece otro registro. La historia sigue a un hombre que regresa al país después de años de exilio durante la dictadura y se reencuentra con su familia. Lo que podría ser un regreso emotivo se convierte en una sucesión de desencuentros, silencios y diferencias que el tiempo agrandó. Brandoni construye un personaje contenido, incluso incómodo en su propio hogar. No hay grandes discursos sobre el exilio, pero todo está ahí, en lo que no se dice. Es un trabajo fino, de esos que se sostienen en los detalles.


Y si uno se corre del cine y mira la televisión, el lado B se vuelve todavía más evidente. En Nosotros y los miedos, cada episodio abordaba un conflicto distinto: el miedo al abandono, a la enfermedad, a la violencia, a la soledad. No era una serie para distraerse, era una serie para enfrentarse a algo propio. Brandoni participaba en ese dispositivo con una entrega que no buscaba lucirse, sino incomodar. En plena transición política, esos relatos funcionaban casi como una catarsis colectiva.


Todo esto no se puede separar del contexto. Brandoni fue censurado durante la última dictadura militar argentina. No es un dato accesorio, es parte de su construcción como actor. Hay algo en su manera de pararse frente a un personaje que parece venir de ahí, de haber atravesado un tiempo donde decir o no decir tenía consecuencias reales. Por eso, incluso en sus trabajos más livianos, hay una densidad que no desaparece del todo.


Cuando lo conocí, gracias a Eduardo Blanco, en el Teatro Politeama, durante una función de Parque Lezama, esa sensación se confirmó desde otro lugar. No estaba el personaje, no estaba la escena. Había un tipo que observaba, que escuchaba, que no necesitaba ocupar el centro para estar presente. Esa economía, esa forma de no sobreactuar la vida, también está en su trabajo.


El lado B de Brandoni no es una curiosidad para fanáticos. Es, en realidad, la clave para entender por qué sigue siendo relevante. No porque haya hecho grandes películas —que las hizo—, sino porque nunca se acomodó del todo en ese lugar. Siempre hubo algo que lo empujó a correrse, a probar, a tensar el registro.


Y en un cine donde muchas veces se premia la repetición, eso no es menor. Es, de hecho, lo que termina quedando.



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