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Caracas


Juanete en su viaje al futuro por esa Caracas que está cumpliendo 459 años. Imagen IA Gemini
Juanete en su viaje al futuro por esa Caracas que está cumpliendo 459 años. Imagen IA Gemini

Voy a confesar algo polémico: aunque nací en Caracas, específicamente en la Cruz Roja

de La Candelaria, nunca me sentí caraqueño. No soy de esos migrantes que tienen un

cuadro del Ávila colgado en su casa de Buenos Aires, Madrid o Bogotá. ¿La razón?

Sentía que mi ciudad natal y yo no teníamos los mismos intereses. No me gustaba la

música alta, los colores estridentes, el esmog, el bullicio de los carros, el tráfico. Y, a mi

parecer, Caracas no tenía una propuesta cultural que me sedujera. Ya en mi

adolescencia descubrí lo equivocado que estaba.


Si tuviera que llevar a alguien a conocer Caracas, lo subiría en un autobús Mercedes

Benz de la línea Magallanes-Chacaíto, cuya parada inicial se ubica —o al menos eso

creo— frente a la entrada principal del Hospital José Gregorio Hernández, mejor

conocido como Hospital de los Magallanes.


Apenas arrancara el autobús, y pasáramos por ese estacionamiento gigante que todos los

vecinos llamábamos "La Jungla" le señalaría desde la ventana la Iglesia de Los Dolores, y la cauchera donde trabajé por primera vez en unas vacaciones, cuando tenía unos 12 años.


Al llegar a la Av. España, justo enfrente del edificio Cotoperí, me bajaría e invitaría al

visitante a degustar la deliciosa comida árabe de los restaurantes de la Calle Colombia. Esos restaurantes me traen muchos recuerdos: con mi primera novia íbamos a comer dulces a El Arabito, y años después, ya casado, con hijos y viviendo lejos de Catia, siempre volvía algún sábado a desayunar allí.


Después de comer, nos subiríamos de vuelta al Magallanes-Chacaíto para continuar por la Avenida Sucre. Pero antes de doblar, saludaría al Teatro Catia desde la ventana. Ya en la Av. Sucre, le mostraría a nuestro visitante el Parque Alí Primera —o Parque del Oeste—, ese pulmón verde enclavado en pleno Catia, y el Museo Jacobo Borges. También le contaría que en la parte trasera del parque, junto a la cancha de futbolito, estaba el Retén de Catia, donde los presos se asomaban a ver los partidos. Esa cárcel ya no existe: el edificio fue demolido durante el segundo gobierno del Dr. Rafael Caldera (1994-1999).


A la altura de Agua Salud le comentaría que en las Residencias Sucre vivían dos tías mías, así que venía mucho a visitarlas, ya fuera por un cumpleaños o simplemente a jugar con mis primos. Tras cruzar el túnel de Caño Amarillo, nos encontraríamos con el Palacio de Miraflores y la Av. Urdaneta, donde con mamá iba a comprar los regalos de Navidad, en la esquina de "La Marrón a Pelota".


Luego caminaríamos por La Candelaria, y lo llevaría a comerse una fabada o unos mariscos a "El Moderno", ese maravilloso restaurante frente al Puente República, donde Gutiérrez, su jefe de meseros, me atendió por años. En esa tasca me reunía con dos grandes amigos. En una primera época, cuando estudiaba producción, con mi querido Enrique de Armas: teníamos ahí nuestra "clase" de Crítica de Cine, los viernes de 6 a 9 p.m., y después nos quedábamos arreglando el mundo con una Polar enfrente. Años más tarde volví, ya periodista, junto al maestro de la comunicación Humberto Márquez, otro habitué del lugar. De vez en cuando nos cruzábamos con el entrañable Pablo Antillano.


Tras esa parada caminaríamos hasta la Plaza Candelaria, visitaríamos la iglesia donde está enterrado José Gregorio Hernández, y retomaríamos el Magallanes-Chacaíto frente a la estatua ecuestre de Rafael Urdaneta.


Ya en el autobús, pasaríamos por el Colegio Salesiano y por el Mercado de Guaicaipuro, donde de niño iba con papá a buscar algún encargo donde mi primo Marino, que trabajaba en el lugar, y donde ya grande iba con mi hija a comprar queso manchego, verduras y pescado. Unas cuadras después pasaríamos por la esquina de mi colegio, Nuestra Señora de Las Mercedes, que fue también el colegio de mis hijos hasta que nos vinimos a la Argentina.


Ya por La Florida nos encontraríamos con el Centro Comercial La Florida, donde me cortaban el cabello de niño y donde, años después, mi hija practicaba ballet y mi hijo, yoga. Luego encararíamos por El Bosque, donde pasaríamos justo frente a la casa del gran "Chivo Negro" Oscar Yánez, para más señas: toda una institución del periodismo venezolano. La primera vez que lo vi fue en Venevisión, en un micro llamado Así son las cosas, donde contaba historias de la Caracas de antaño. Lo veíamos con papá muy temprano, antes de salir al colegio; yo tendría unos 6 o 7 años. Décadas después lo entrevistaría dos veces: la primera, para hablar de las vacaciones en la Caracas antigua; la segunda, para algo no tan grato: la ley mordaza que impulsó el gobierno de Chávez para censurar periodistas. Pero eso se los cuento otro día; por ahora, sigamos el viaje.


A la altura de El Bosque, el Magallanes-Chacaíto doblaría y se estacionaría en su parada

final. Al bajarnos, cruzaríamos la calle y llevaría al visitante a un lugar mágico que, como todo lugar mágico, está escondido: La Gran Pulpería del Libro, una librería maravillosa fundada por don Rafael Castellano.


La descubrí gracias al profesor Humberto Márquez, quien nos habló de un libro que escribió Gabriel García Márquez cuando vivió en Caracas. Un título que, sin yo saberlo entonces, terminaría teniendo mucho que ver con mi futuro: Cuando era feliz e indocumentado.


Después de visitar La Pulpería, seguiríamos por el Boulevard de Sabana Grande, y sé que mis pasos me llevarían hasta Suma una librería que en los años 70 recibió a ilustres de la literatura como Jorge Luis Borges, Julio Cortázar y Guillermo Cabrera Infante, entre otros. De esto me enteré gracias a uno de mis libreros de cabecera, Walter Rodríguez, quien hasta me

mostró fotos de aquellas visitas.


Y para cerrar el recorrido por "mi Caracas" nos sentaríamos en El Gran Café de Sabana Grande. Un lugar por el que pasé mil veces sin entrar nunca, hasta que en una entrevista con Fausto Masó, con motivo de su libro Sabana Grande era una fiesta, me contó anécdotas ocurridas allí. Por ejemplo, que personajes como el diseñador Christian Dior o el presidente Juan Domingo Perón solían frecuentar el lugar.


Rajatabla, el Teresa Carreño y el Parque Los Caobos


Después de tomar un café con un cachito en El Gran Café de Sabana Grande, le propondría al visitante caminar hasta el Parque Los Caobos, y en el trayecto le mostraría las obras de arte que se encuentran enclavadas en esa zona de la ciudad, como el mural de Zapata titulado "Conductores de Venezuela" y, por supuesto, el "Abra Solar" de Alejandro Otero.


Pasando la obra de Otero, entraríamos al Parque Los Caobos, caminaríamos entre sus árboles frondosos y terminaríamos en la hermosa Plaza de Los Museos. Desde ahí, unos metros más allá, le mostraría nuestro imponente Teatro Teresa Carreño, obra insigne del

brutalismo. Y para cerrar el viaje, iríamos al café Rajatabla, ese maravilloso lugar donde

poetas, cineastas, escritores y "pichones de periodista" nos refugiábamos cuando

necesitábamos una dosis de esnobismo.


Ustedes se preguntarán qué me dio ahora por escribir de Caracas. Pues resulta que la semana pasada, el 25 de julio, Caracas cumplió 459 años, y por primera vez en mucho

tiempo quise rememorar una ciudad que, pese a la crisis, la escasez y ahora la debacle,

sigue abriéndose paso entre las ruinas.


No quería escribir del terremoto; ya hay muchos haciendo eso. Quería hacer el ejercicio


de mostrarle mi versión de Caracas a un amigo extranjero. Quién sabe, tal vez en algunos años esto que escribí como ficción se vuelva realidad.


Porque a veces, para volver, hay que irse”. (Autor desconocido, pero cuanta razón).


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