Reírse en el exilio
- Juan E. Fernández, Juanete

- hace 3 días
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El sábado 25 de abril me pasó algo que no es tan común: me vi desde afuera. Como si por un rato no estuviera en el escenario, sino mirando la escena completa. La excusa fue el conversatorio Reírse en el exilio, la comedia venezolana en Buenos Aires, organizado por Círculo Amarillo, -con el apoyo de la Fundación para la Integración de la Cultura Migrante (Ficu)- en el Teatro Bar Miss Venezuela, en Palermo. Y sí, también fue la presentación de dos libros (El extraño caso del Elvis Veneco de Elio Casale y ¡Fin de mundo, nena! de Lucas García París), pero lo que realmente se presentó ahí fue otra cosa: una historia que todavía se está escribiendo.
Compartí panel con César Aramis, Loncho Navarro, Carlos Jelambi y Valentina Álvarez sumando contexto y cabeza (Ella está investigando el humor venezolano en Buenos Aires para su tesis Doctoral), y entre todos fuimos armando un mapa medio desordenado, pero honesto, de cómo nació esto. Porque no hubo plan. No hubo estrategia. Hubo necesidad.
En ese recorrido aparecieron nombres como: Milton Granadillo, quien, por allá en 2012, fue el primer comediante venezolano en formar parte del Show “Sudamérica Stand Up” en El Paseo La Plaza de Buenos Aires. Después vinimos Gabriel Alcalde, Ale Panda quienes tomaron el testigo en 2014, y yo, quien me integré a finales de 2016. Éramos pocos comediantes venezolanos en Buenos Aires, no había público claro, y muchas veces tampoco había lugar. Pero había algo que hoy entiendo mejor: urgencia.
Después llegó un momento bisagra, y todos coincidimos ahí: la aparición de Víctor Medina “Nanutria” quien comenzó a congregar a más público venezolano. Durante la pandemia muchos jóvenes venezolanos (y no tanto) comenzaron a formarse y fueron sumándose a la escena.
Fue así, como, sin darnos mucha cuenta, lo que empezó como algo bastante íntimo se fue mezclando con la movida argentina. Y ahí se dio algo interesante: dejamos de ser “los venezolanos haciendo humor para venezolanos”. Empezamos a jugar en otra liga. A compartir códigos, a ajustar tiempos, a dialogar con otro público. Y en ese cruce, el humor dejó de ser refugio para convertirse en puente.
En otro momento de este conversatorio maravilloso que hicimos el sábado 25 de abril—como pasa siempre que los venezolanos nos ponemos a hablar— la conversación se fue para atrás. Mucho más atrás. A ese vínculo histórico entre Argentina y Venezuela que en el humor tiene nombres propios. Ahí aparece Tito Martínez del Box, que llegó a Venezuela en 1959 y terminó creando Radio Rochela, ese monstruo que definió el humor televisivo durante décadas. Y con él, toda una camada de argentinos que ayudaron a construir la industria: Jorge Citino, Ricardo Peña, Hugo Carregal… gente que vino, se quedó, y dejó marca.
Y en medio de todo eso, inevitablemente, aparece él: Jorge Parra. El argentino más venezolano de todos. Y no, no soy yo —aunque hice el intento—.
El evento también tuvo ese otro registro más silencioso, pero igual de importante: los libros. Porque hay algo que está pasando y es que el exilio ya no solo se cuenta en tarima. También se está escribiendo. El extraño caso del Elvis Veneco y ¡Fin de mundo, nena! son parte de eso. De esa necesidad de dejar algo más allá del chiste.
Salí de ahí con una sensación bastante clara. Esto ya no es una etapa ni una coincidencia. El humor venezolano en Buenos Aires es una escena. Tiene historia, tiene nombres, tiene momentos clave. Pero, sobre todo, tiene algo que al principio no teníamos: público.
Porque uno puede irse de un país, pero hay algo que no negocia nunca: la manera en la que se ríe.



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