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No hay derecho sin deber, al líquido elemento


En muchos países la población no tiene acceso regular al elemento esencial para la vida, como es el agua potable. Foto: myfreepics, Pixabay

La nebulosa de interrogantes está ahí, bordeando el planeta y con efectos sociales. No olvidemos que el derecho humano al líquido elemento, esencial para el bienestar del ser vivo, exige de políticas notorias que puedan afrontar esta situación. Desde luego, son vitales para dar una respuesta regenerativa a nuestro propio acontecer diario.


Sin embargo, resulta doloroso observar o sufrir en propia carne, que algo que está en el comienzo de todas las cosas, no llegue a las gentes en su níveo concierto bebible, de higiene y saneamiento. Ahora bien, nuestra lícita petición al agua es igualmente una obligación con la infusión para el desarrollo sostenible, en cuanto a su valoración y conexión con la energía.

Tanto es así, que todo se mueve del origen al mar, a la biodiversidad, al clima, con la consabida reducción de riesgo de desastres. Sea como fuere, bajo este espíritu cooperante al que todos hemos de contribuir, con acciones concretas incorporadas a las rutinas diarias, sabiendo que en esta cultura conciliadora es clave la vía universal a la corriente cristalina segura y de calidad.


Además, es público y notorio, que el uso indebido y la mala gestión del naciente, ha intensificado el estrés hídrico, amenazando muchos aspectos de supervivencia que dependen de este recurso transcendental. Nos alegra, por consiguiente, que Naciones Unidas acelere el avance de un acceso universal, tanto de la pura fuente como de depuración. En este sentido, cada Estado está llamado a intervenir, asimismo con instrumentos jurídicos reeducadores. Por otra parte, cada individuo tiene que cumplir sus responsabilidades hacia toda normativa. Tomar conciencia de esta problemática, nos demanda ser más reflexivos, pues todo precisa convicción y entrega. En cualquier caso, el panorama es sumamente desolador, a juzgar por los datos que recientemente la ONU desvelaba, sobre la afluencia de muertes cada año, por enfermedades atribuidas directamente al agua no apta para el consumo, a un saneamiento inadecuado y a prácticas de higiene deficientes. A esto hay que sumarle, un factor cada día más cruel, la fuerte crecida de ciudadanos que sufren una grave escasez de fluido en su estado natural.


La naturaleza, ciertamente, nos la estamos cargando. A poco que exploremos por los espacios de la tierra, percibiremos que los impactos del cambio climático tampoco nos abandonan, en ocasiones con sequías frecuentes e intensas y otras veces con inundaciones extremas. Todo esto, también tiene consecuencias en cascada sobre las economías, los ecosistemas y en nuestra vida diaria. Naturalmente, esto tiene que servirnos para no bajar la guardia, sabiendo que el surtidor es más enérgico que la roca, por lo que hemos de empezar a considerar la importancia de los recursos que tenemos a nuestro alcance. Lo mismo sucede con las frondosidades, son decisivas para nuestro bienestar, ofreciéndonos alimentos, refugio, medicamentos y oxígeno. En consecuencia, necesitamos compromisos y acciones claras por parte de todos. Lo que es irracional, que no falte el suministro de armas y municiones, mientras en muchos países la población no tiene acceso regular al elemento esencial para la vida, como es el agua potable. Las estadísticas de la sed están ahí, requieren voluntad y determinación con esfuerzos de todo tipo.


Nadie puede quedar al margen de nada. De hecho, todos estamos inmersos en el mismo hábitat, lo que requiere de unos estilos existenciales, solidarios y consecuentes, para una verdadera ecología, así como para el reconocimiento del acceso al puro y natural manantial, un justo vocablo que nace de la misma decencia humanitaria, indispensable para sostenernos como continuidad y sustentar los diversos ecosistemas. Esto resalta que el problema del agua, en su estado incoloro/inodoro/ e insípido, es en parte una cuestión educativa y cultural, porque no hay escrúpulo de la gravedad que podemos ocasionar. El deterioro de la calidad de la vida humana, unida a la deshumanización del ser, con la referida degradación social, nos está llevando al tenebroso pozo del desaliento y de las angustias permanentes. El impacto de este aluvión de desajustes actuales, ya ha comenzado a manifestarse con los

alarmantes datos de suicidios, con la muerte prematura de muchos pobres en los conflictos generados por falta de recursos esenciales y en tantos otros inconvenientes que aún no tienen el espacio deseable en las agendas del mundo.


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