Crónica de una muerte

Actualizado: 23 ago

13 April 2012

“Primero fue el desconcierto... la indignación, luego la cólera encegueció las conciencias... El pueblo se levantó en violenta protesta... El líder había despertado las esperanzas de las gentes, que consideraron su muerte como la frustración de sus sueños... Las emisoras de radio controladas por los seguidores del líder muerto llamaron de inmediato: ‘... Los enemigos lo acaban de asesinar... Pueblo ¡A las armas!... a la calle con cuanto haya a la mano... Asalten los comercios, tomen las armas, los explosivos... las molotov...’

La reacción fue inmediata en la capital, pero pronto el país estaría en estado de guerra. En otra ciudad, la muchedumbre atiborró la plaza Bolívar y en el asta de bandera de la Gobernación ondeó una bandera con la hoz y el martillo que fue colocada por sus seguidores... En todo el país se iniciaban los disturbios... Se formaron Juntas revolucionarias... Autoridades... abrieron el arsenal para que el pueblo se armara. Las Molotov causaban destrucción en todas partes. El fuego de algunas gobernaciones, de comercios y de propiedades, de la Nunciatura Apostólica, del Palacio de Justicia, de la Universidad de los Jesuitas, de los conventos, de hoteles, de Iglesias, propagó la quemazón... Apareció la llamarada del Colegio de la Salle... El pueblo cayó en el motín... El saldo fue de incontables muertos y heridos, la nación destrozada y el comienzo de una era de violencia”. La hija del líder, más tarde expresaría: “Ese es el día de los asesinos... Lo que hay que rescatar es su vida, lo que él vivió y vivió el país hasta entonces, y allí está la razón por la cual lo mataron... Sin él es imposible analizar el presente trágico e injusto de un país maravilloso... Fue un hombre enamorado de un pueblo, un hombre capaz de vivir los sueños, un hombre real, no un mito... Cuando lo mataron, el día antes, me habían sacado de la escuela porque una compañera me dijo ‘ojala asesinen a tu papá’. Mi padre decía: ‘A mí no me mata ninguna mano del pueblo, y si me matan, la oligarquía sabe que el país se para y eso durará mucho más de 50 años. Yo no soy un hombre, soy un pueblo, por eso... no me matan”...

Lo que han leído son declaraciones de Gloria Gaitán Jaramillo, narraciones de Anibal Noguera de la Academia Colombiana de la Historia, y crónicas diversas de otros autores y periodistas, después del fatídico día 9 de abril de 1948, fecha en la cual fue asesinado Jorge Eliécer Gaitán en Colombia. La mayoría de científicos sociales, consideran que el asesinato de Gaitán coadyuvó en la creación de los ulteriores frentes guerrilleros colombianos como las FARC y de la violencia sufrida por más de medio siglo en el país vecino. El historiador Gonzalo Sánchez señala que a “las guerrillas las hizo la violencia... no tiene un comienzo identificable. Cuando se toma conciencia de la violencia, ya está instalada en todos los contornos de la sociedad”...

Hoy, 12 de abril de 2012, escribe Plinio Apuleyo Mendoza en su artículo "A 64 años del Bogotazo", publicado en El Tiempo: "El 9 de abril de 1948 quebró en dos nuestra vida. El país ejemplar -pacífico, democrático, civilista, de grandes figuras políticas y abierto a opciones de cambio- sería visto luego como el más violento del continente. El eco de los tres disparos que aquel día oí a la una y cinco de la tarde desde una cafetería no se ha apagado aún"...

Espero lector, que no se le haya venido a la mente la Venezuela actual, porque de ser así, en estos tiempos religiosos, Dios nos tome confesados...










Vladimir Gessen

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