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Vos te fuiste


Los adolescentes de ahora, a los 15 años, son capaces de tomar decisiones propias. Foto: Fangirl, Pixabay

Son las 10 de la noche y estoy volviendo en el colectivo aguantando las ganas de llorar. Acabo de tener una conversación con mi hijo acerca de la responsabilidad. Me prometí no

convertirme en un padre cansón, pero a veces las situaciones de la vida te llevan a convertirte en algo que no eres. Y justamente de eso se trata esta columna.


Todo comenzó hace unas horas, cuando la madre de mis hijos me llamó y me pidió que hablara con nuestro primogénito, porque decidió “no asistir” a su clase de especialización. La realidad es que nos había contado que el profesor de computación se tomó en serio lo de la IA (Inteligencia Artificial) y decidió entregarle el curso al ChatGPT. Y justamente el hastío fue, según mi hijo, lo que lo impulsó a no ir a clase un día.


Ustedes dirán que no debo angustiarme porque no asistió un día a clases, que todos lo hicimos alguna vez, y otras justificaciones para que no me preocupe. Pero la verdad estoy muy asustado porque me acabo de dar cuenta que mi hijo de 15 años ya no es un niño y que es capaz de tomar sus propias decisiones. Lo más cumbre es que, a pesar de todo lo que

he estudiado, investigado y leído. No sé cómo manejarlo.


Apenas su madre me contó lo que había pasado, traté de apurar las agujas del reloj

mentalmente para ir a hablar con mi hijo, para que me explique por qué decidió no ir a clase

de computación, o como dicen aquí “Se tomó el palo de la secundaria”.


Al vernos en la puerta de su casa nos damos un abrazo y lo invito a caminar para que me

cuente su versión. De acuerdo a lo que me cuenta, tanto él como sus compañeros decidieron

no ir, para que el colegio haga algo y les cambie el profesor por uno que mínimamente dé

clases.


Le explico que, si el profesor falta cada vez que quiere, el que ellos dejen de asistir no hará

ninguna diferencia. Ojo, tampoco le sugiero que tomen el colegio ni mucho menos, pero que

charlen con la directora para que resuelva el problema. Incluso le ofrezco que si quiere voy a

hablar, pero me dice: “Pa, ni en pedo. Ya no soy un niño”.


Trata de explicarme que ya han hecho de todo, y que nadie en su secundario hace nada para

resolverlo. Por eso se cansaron y no fueron a clases. Después de casi una hora tratando de

debatir, y hacerlo entender que lo que hicieron no es correcto, ambos perdemos la paciencia y uso el argumento que todo padre de adolescente implementa cuando está perdiendo una

discusión:


“Tienes que ir porque yo lo digo. Además, no puedes quedarte sentado cuando las cosas no

suceden como quieres. Hay que trabajar para cambiar las cosas y no solo irse y ya está”.


Me escucha atento, veo en sus ojos la impotencia y la rabia mientras me escucha. Y apenas

cuando termino de hablar, mi hijo nacido en Caracas, pero con un marcado acento porteño

lanzó la frase lapidaría que ahora me tiene a punto de las lágrimas:Pero vos te fuiste, no te

quedaste en Venezuela ¿Entonces no luchaste?”


Me quedé mudo… como me gustaría mostrarle fotos de mis días de lucha estudiantil en la

universidad, contarle de las listas donde me incluyeron, la censura, de todas las razones que

me hicieron irme… pero no puedo porque estoy demasiado impactado para seguir discutiendo.


Solo le estrecho la mano y agrego:


-Sabes qué hijo: tienes razón.


Lo abrazo, le doy un beso en la mejilla y me despido.


¿Hasta cuándo se puede luchar? ¿Hice bien en irme? Son las preguntas que me taladran la

cabeza mientras viajo de vuelta hasta mi casa.


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