Venezuela: transición, tragedia y desbarajuste
- Horacio Biord Castillo

- 26 jul
- 3 min de lectura
Actualizado: 27 jul

La democracia en el mundo enfrenta grandes retos. Los sistemas democráticos deberán ser perfeccionados para ofrecer mayores garantías y poder compaginar el bienestar social con el crecimiento económico, sin que ello suponga exclusión ni una distribución injusta de las riquezas. Estos últimos supuestos son el terreno ideal para que germinen las terribles semillas del populismo, que, con frecuencia, desemboca en autoritarismo y termina por negar las banderas que le sirven de justificación inicial: igualdad y democracia directa. Sin embargo, carecemos todavía de un modelo que sea capaz de integrar globalización y particularización, esa tensión que ha sido llamada con un neologismo tomado del inglés: glocal. El caso de Venezuela resulta no solo en extremo interesante de analizar, sino también en extremo difícil de hacerle estimaciones prospectivas.
En el caso venezolano, cualquier prognosis es tan incierta como la situación misma del país, que puede describirse como un complejo y laberíntico tablero de ajedrez. En ese tablero no se enfrentan dos, sino varios bandos que obedecen, además, a mentalidades, resortes y mecanismos diversos. Los trebejos son muchos y se entremezclan de acuerdo a sus propios intereses. No se sabe si el alfil defendió realmente al rey o si la torre se la juega por la reina. Los peones van de un lado al otro y, a veces, negocian con los caballos y hasta con jinetes de otros tableros.
Desde hace mucho tiempo, pero en especial desde 2024, Venezuela espera un cambio democrático que se ha postergado por diversas razones, ancladas en el autoritarismo. Los sucesos del 3 de enero de 2026, para no darles ningún calificativo, abrieron las puertas a la esperanza de un cambio, ciertamente impuesto y tutelado, pero un cambio, a fin de cuentas, que en esos días iniciales se veía como factible en un plazo no tan largo. Se esperaba, se podía imaginar, una transición al menos mínimamente consensuada.
Los terremotos del 24 de junio, día de san Juan Bautista, han generado una gran tragedia en el país. Por un lado, está el duelo por las personas que, en pocos segundos, fallecieron y el dolor de los afectados y damnificados. Por otro, sobresale la tarea jamás imaginada de reconstruir, con recursos escasos, zonas vastamente pobladas y urbanizadas. Con voluntades
enfrentadas y miradas diversas, esa labor constituye un reto, no solo de gran magnitud, sino interferido por posiciones y pareceres dispares.
En medio de esta tragedia, la transición, como había sido soñada por muchos, desemboca en una especie de caos, de desbarajuste, sumada al trauma del bochinche que tanto angustió a Miranda en 1812. Quienes ejercen el poder de facto y quienes los tutelan no perciben la necesidad de lograr una transición política, mediante elecciones libres, en el corto plazo. Ante la tragedia que vive el país, apoyan más bien la idea de postergar lo que muchas personas perciben como la única solución posible. En todo caso, el problema no es solamente legal, como lo relativo a los plazos para suplir la falta del presidente de la República o la calificación de esta. Es un problema obviamente político, que incluso pasa por el cuestionamiento de la legalidad de quien ejercía antes la presidencia. Ante esto, el país vive una situación generalizada de confusión o desbarajuste.
Valorar la tradición, pensarnos como un colectividad, diversa pero unida por lazos de distinta naturaleza, repasar el pensamiento de tantos venezolanos del pasado y del presente, incluso sus contradicciones, nos ayuda a entendernos mejor, a prepararnos para las próximas décadas. Es necesario mirarnos, palparnos tal cual somos, y no como élites y grupos políticos han percibido al país. Ese ejercicio de entendernos puede ayudar a desatar los nudos de esta coyuntura y, con ello, a encontrar un camino, un nuevo camino, aunque alumbrado por luces del pasado.



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