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Una reflexión inquietante


El socialismo del siglo XXI podría concluir replicando en Venezuela el mismo efecto desintegrador que produjo el colapso del socialismo del siglo XX en Europa Oriental. Foto: Pexels, Pixabay

Hace muchos años, bastante antes de llegar Hugo Chávez al poder, un amigo muy cercano me indicó, con agudo sentido premonitorio, que Venezuela sería el último país comunista que

existiría en el mundo. Aquello me calló muy mal y me sonó peor.


En su momento aquella afirmación me pareció una reflexión un tanto delirante, sin ningún asidero en la realidad. Hoy, desde luego, no puedo decir lo mismo y recuerdo con frecuencia esas palabras proféticas. En lo único que se equivocó aquel amigo fue en que no sería el último país comunista en existir, sino el primer ensayo posmoderno por instaurar un régimen con esas características.


Fundamentaba su apreciación mi querido y viejo compañero en el hecho de que el país se encontraba bajo la tutela clientelar de un régimen estatista en donde la sociedad dependía del Estado y por ende el sector estatal desarrollaba autonomía funcional respecto de la sociedad. “Un Estado así termina por convertirse en un azote”, decía con mucha convicción.


La hipótesis formulada partía de un supuesto: Una sociedad con tanta presencia de la propiedad pública en su desempeño económico, hace que la riqueza privada no sea más que un mero reflejo de la riqueza que tiene el Estado en su conjunto. De allí, a la conversión de Venezuela en un régimen socialista y colectivista abierto, sería sólo cuestión de tiempo.


La cultura socialista de izquierda desde hace décadas había colonizado la conducción de los asuntos públicos venezolanos. Sólo faltaba que se produjera una crisis fiscal severa, como la

ocurrida a finales del régimen de Rafael Caldera cuando el barril de petróleo llegó a 7 dólares, para que una visión aun más estatista en lo económico y conservadora en lo político (como la que encarnó Chávez), entrara como una tromba en la vida. del

país.


Realmente las revoluciones socialistas son hijas de la escasez, mientras que las revoluciones de corte democrático y modernizador, son hijas de la abundancia. Un viejo profesor de

historia una vez nos demostró con datos econométricos que la revolución francesa se había producido en un período en donde ocurrió el mayor florecimiento económico que viviera Francia en mucho tiempo. Los registros de la época dan cuenta de uno de los inviernos más severos que se hayan sufrido en décadas, lo cual diezmó las cosechas. Habría que sumar también el inmenso crecimiento de la población del país galo en la segunda mitad del siglo XVIII.


Tal vez tenía o no razón aquel sabio docente, pero lo cierto es que el problema de la Francia de finales del siglo XVIII no fue precisamente de tipo económico en general, sino específicamente financiero, o mejor dicho, de finanzas públicas. El Estado francés, es decir, su monarquía absolutista, tenía graves problemas de financiamiento en los tiempos previos al estallido la revolución. Los llamados “gastos cortesanos”, y el sustancial apoyo de dinero

prestado a los independentistas norteamericanos en su lucha contra el imperio británico, sumieron en la bancarrota a la monarquía francesa.


En definitiva, el pueblo francés, sobre todo sus clases productoras, se negaron a seguir financiando aquel dispendio de un Estado sumamente costoso. Así se produjeron las condiciones que desembocaron en la toma de La Bastilla el 14 de julio de 1789. Haciendo una suerte de analogía histórica, algo similar ocurrió algunos años antes con la revolución independentista de los Estados Unidos en 1776. Las 13 colonias se sublevaron ante las pretensiones tributarias de la metrópoli inglesa.


Alvin Toffler, el famoso autor de El Shock del Futuro, La Tercera Ola y El Cambio del Poder, señala en su trabajo, Las Guerras del Futuro, que las principales revoluciones sociales y políticas que se produjeron a finales del siglo XX y las que se producirán durante el del siglo XXI, tuvieron unas y tendrán las otras, nuevas e inéditas características . Ellas no fueron ni serán rebeliones de pobres (como fueron las revoluciones de la primera mitad de la pasada centuria) como en los casos de México, Rusia, China, sino rebeliones de ricos.


Toffler caracteriza de esta forma lo que ha venido pasando con los movimientos autonómicos o secesionistas del Norte de Italia, con las tendencias independentistas de algunas utonomías en España, lo acontecido con el fenómeno del Brexit en el Reino Unido o lo que aconteció con la desintegración de la URSS, que terminó desmembrada ya que Rusia y Ucrania -las regiones realmente productoras y prósperas de la federación comunista- se cansaron de subsidiar la ineficiencia de las otras repúblicas soviéticas. Ni hablar de Checoslovaquia, que luego de la revolución de “terciopelo”, se dividió dando nacimiento a la rica e industrializada República Checa y a la para ese momento mucho menos desarrollada Eslovaquia.


En América Latina están los casos de las tensiones regionalistas entre el próspero Sur de Brasil y su empobrecido Norte. Igualmente presenciamos lo que ha ocurrido en Bolivia respecto a los movimientos autonomistas regionales en las zonas de Santa Cruz y Tarija (mestizas, y ricas) ubicadas en el sureste boliviano y las otras regiones occidentales de la nación andina (indígenas y pobres). Está también el caso mexicano, una nación que en este

momento se encuentra política, social y geográficamente dividida entre un norte industrializado y moderno, con una expansión de su clase media, la cual aprovechó en su momento las bondades del Tratado de Libre Comercio con EE.UU y Canadá, y por otro lado, un sur depauperado, atrasado, semi rural y precarizado, que ha experimentado los efectos negativos de la globalización y el TLC.


Algo parecido también ocurrió en Perú cuando observamos que las zonas costeñas y fundamentalmente la ciudad de Lima (con mayor desarrollo económico relativo), votaron por la señora Fujimori en la segunda vuelta presidencial de ese país, mientras que las zonas de la sierra, indígenas y depauperadas, votaron por el maestro rural Pedro Castillo.


Haciendo algunas cavilaciones, echando mano al uso de la imaginación y en un ejercicio libre de política ficción, tal vez no sería ocioso pensar que el socialismo del siglo XXI podría concluir replicando en Venezuela el mismo efecto desintegrador que produjo el colapso del socialismo del siglo XX en Europa Oriental. Tal Reflexión puede ser ciertamente inquietante.


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