¿Te sientes sólo o acompañado?
- María Mercedes y Vladimir Gessen

- 24 jun
- 13 min de lectura
Increíble pero cierto: Vivimos más conectados que nunca, y a pesar de ello, cada vez más personas se sienten profundamente solitarias… ¿Es la soledad un estado emocional característico del presente siglo y además en pleno crecimiento? ¿Dónde quedan: Amor, familia y amigos?
Hubo una época en que la soledad era considerada una circunstancia. Hoy comienza a parecer una condición. Durante miles de años el ser humano vivió rodeado de otros seres humanos. Familias extensas convivían bajo un mismo techo o en comunidades cercanas. Los abuelos formaban parte de la vida cotidiana. Los vecinos se conocían por su nombre. Los niños crecían rodeados de primos, tíos y amigos. Las conversaciones ocurrían cara a cara. La compañía no era un lujo emocional. Era una condición natural de la existencia. Sin embargo, algo parece haber cambiado profundamente durante las últimas décadas. Vivimos en ciudades más grandes, tenemos más medios de comunicación, disponemos de teléfonos inteligentes que nos permiten hablar instantáneamente con cualquier persona del planeta y contamos con redes sociales que prometen mantenernos permanentemente conectados. Con todo y eso, millones de personas experimentan una sensación creciente de aislamiento emocional...
Comentario de José M., 74 años, español, maestro jubilado: "Cuando yo era niño, nunca recuerdo haber visto a alguien realmente solo. Siempre había alguien que tocaba la puerta, primos jugando en el patio o amigos sentados conversando en la acera hasta entrada la noche. No teníamos teléfonos inteligentes, internet ni redes sociales, pero conocíamos las historias de quienes vivían a nuestro alrededor. Hoy veo a mis nietos enlazados con cientos de personas y, sin embargo, muchas veces los siento más solos de lo que nosotros estuvimos nunca..."
Comentario de Valeria N., 23 años, italiana, estudiante de Comunicación Digital y creadora de contenido: "Lo curioso es que nunca había sido tan fácil contactar a alguien y, al mismo tiempo, tan difícil sentirse realmente acompañado. Muchas veces conversamos con decenas de personas durante el día y aun así sentimos que nadie sabe realmente cómo estamos. Creo que mi generación no construye vínculos profundos. A veces tenemos miedo al silencio, a quedarnos solos con nuestros pensamientos, y terminamos llenando cada momento con pantallas."
La intimidad y la soledad
Existe además un elemento del que se habla poco cuando analizamos la soledad. como es la intimidad. Porque la verdadera antítesis de la soledad no es simplemente la compañía, sino la intimidad emocional. Una persona puede estar rodeada de familiares, compañeros de trabajo, amigos o seguidores en redes sociales y seguir sintiéndose profundamente sola si nadie conoce realmente sus pensamientos, sus miedos, sus dudas o sus sueños. La intimidad surge cuando nos sentimos seguros y confiamos en otro para mostrarnos tal como somos, sin máscaras ni personajes. Requiere tiempo, confianza, vulnerabilidad y presencia auténtica. Quizás uno de los grandes desafíos de nuestra época sea que hemos multiplicado los contactos, pero no necesariamente la intimidad. Sabemos cada vez más sobre la vida pública de los demás y, sin embargo, cada vez menos sobre su mundo interior. Y cuando la intimidad desaparece, la soledad encuentra un espacio silencioso donde crecer incluso en medio de la multitud.
Comentario de Sofía H., 24 años, venezolana, estudiante de Psicología: "Creo que una de las cosas más difíciles de mi generación es que aprendimos a mostrarnos, pero no necesariamente a abrirnos. Compartimos fotografías, momentos, opiniones e incluso emociones en las redes sociales, pero eso no significa que alguien conozca quiénes somos. Por eso sentimos que nadie ve nuestra verdadera versión. La intimidad requiere algo que hoy parece escaso: tiempo, confianza y vulnerabilidad. Y cuando no encontramos espacios donde podamos ser nosotros mismos, la soledad termina instalándose silenciosamente incluso en medio de amigos, parejas o multitudes."
La paradoja resulta extraordinaria.
Nunca habíamos estado tan desarrollados tecnológicamente y, al mismo tiempo, nunca habíamos hablado tanto sobre la soledad. Diversos estudios internacionales comienzan a describir este fenómeno como una de las grandes amenazas psicológicas del siglo XXI. La OMS creó en 2023 una Comisión Internacional sobre Conexión Social debido al impacto global de la soledad y el aislamiento social sobre la salud mental y física. La soledad y el aislamiento social constituyen un problema creciente de salud pública mundial asociado con depresión, ansiedad, enfermedades cardiovasculares, deterioro cognitivo y mortalidad prematura. Algunos investigadores incluso la comparan con factores de riesgo tradicionales para la salud física como el tabaquismo, la obesidad o el sedentarismo. La razón es sencilla: la soledad no afecta únicamente el estado de ánimo. También impacta el sistema inmunológico, el sueño, la salud cardiovascular, la función cognitiva y la esperanza de vida. La soledad duele porque el cerebro humano fue diseñado para pertenecer. La soledad y el aislamiento social aumentan significativamente el riesgo de mortalidad prematura. Desde la psicología evolutiva sabemos que nuestros antepasados sobrevivieron gracias a la cooperación. Ser expulsado del grupo significaba enfrentar peligros enormes. Quizás por ello el cerebro procesa muchas formas de exclusión social utilizando circuitos similares a los del dolor físico. En cierto sentido, la soledad no es solamente una emoción. Es una señal biológica que nos recuerda que necesitamos a los demás.
Comentario de Alejandro T., 34 años, mexicano, ingeniero de software: "Lo que más me impresiona es que hemos resuelto problemas tecnológicos que parecían imposibles hace apenas unas décadas. Tenemos agendas llenas, contactos por todas partes y cientos de conversaciones digitales cada semana, pero eso no siempre se traduce en cercanía humana. A veces llego a pensar que la tecnología avanzó más rápido que nuestra capacidad emocional para adaptarnos a ella. Por esto no me sorprende que la ciencia esté comenzando a tratar la soledad como un problema de salud pública. Es una señal de que algo fundamental en nuestra manera de relacionarnos necesita ser reconstruido."
El caso de Valeria
Escena: Valeria tiene 24 años. Es una joven brillante y aparentemente exitosa. Acumula decenas de miles de seguidores en distintas redes sociales. Sus publicaciones reciben cientos de comentarios y reacciones. Participa activamente en comunidades digitales, conversa con personas de diferentes países y mantiene una presencia constante en línea. Desde fuera, pocos imaginarían que la palabra que mejor describe cómo se siente es… sola. Llegó a consulta con una mezcla de cansancio y tristeza difícil de ocultar. Se sentó frente al psicólogo, sostuvo unos segundos el teléfono entre sus manos y luego lo dejó sobre la mesa. Parecía dispuesta a hablar no de la persona que mostraba al mundo, sino de la persona que existía detrás de la pantalla.
Psicólogo: ¿Qué te trae hoy a consulta, Valeria?
Valeria: Me siento sola.
Psicólogo: ¿Sola? Cuéntame un poco más.
Valeria: Lo extraño es que nunca estoy realmente sola. Siempre hay mensajes, notificaciones, personas escribiéndome o comentando algo. Pero aun así siento un vacío difícil de explicar.
Psicólogo: ¿Tienes amigos?
Valeria: Tengo muchísimos contactos. Muchísimas personas conocen mi nombre. Pero no estoy segura de cuántas me conocen realmente.
Psicólogo: ¿Y cuál es la diferencia?
Valeria: Un contacto sabe lo que publico. Un amigo sabe lo que siento. Un contacto ve mis fotografías. Un amigo ve mis heridas.
Psicólogo: ¿Sientes que alguien conoce tus heridas?
Valeria: Muy pocas personas. Tal vez nadie por completo.
Psicólogo: ¿Qué es lo que más extrañas?
Valeria: La intimidad.
Psicólogo: ¿Qué significa intimidad para ti?
Valeria: Poder hablar sin filtros. Poder decir que estoy triste, que tengo miedo o que me siento perdida sin preocuparme por cómo me van a juzgar. Sentir que alguien puede conocerme de verdad.
Psicólogo: ¿Y sientes que las redes sociales no te ofrecen eso?
Valeria: No completamente. Allí todos saben qué hago, dónde estoy, cómo me veo o qué pienso sobre ciertos temas. Pero casi nadie sabe quién soy cuando cierro la aplicación y me quedo sola con mis pensamientos.
Psicólogo: ¿Te ocurre con frecuencia?
Valeria: Más de lo que quisiera admitir.
Psicólogo: ¿Qué sientes en esos momentos?
Valeria: Que hablo con muchas personas, pero no conecto con ellas.
Psicólogo: ¿Has pensado por qué ocurre eso?
Valeria: Creo que porque pasamos demasiado tiempo mostrando nuestra mejor versión. Es difícil crear intimidad cuando todos estamos interpretando un personaje.
Psicólogo: ¿Y qué hay del amor?
Valeria: También lo extraño.
Psicólogo: ¿Has tenido relaciones?
Valeria: Sí. Pero muchas veces siento que las personas se enamoran de la imagen que proyecto y no necesariamente de quien soy.
Psicólogo: ¿Y qué te gustaría encontrar?
Valeria: Alguien con quien pueda compartir mis alegrías, mis miedos, mis sueños y mis defectos. Alguien que quiera conocer mi mundo interior y no solamente mi perfil.
Psicólogo: Lo que describes no parece falta de compañía.
Valeria: No. Creo que es falta de conexión.
Psicólogo: ¿Y cuál sería la diferencia?
Valeria: La compañía ocupa espacio. La conexión ocupa el corazón.
Psicólogo: Es una diferencia importante.
Valeria: Sí. Porque cuando termina el día, no necesito más seguidores. No necesito más "me gusta". No necesito más mensajes automáticos.
Psicólogo: ¿Qué necesitas entonces?
Valeria guardó silencio durante unos segundos.
Valeria: Necesito sentir que le importo de verdad a alguien.
Psicólogo: Creo que, en el fondo, eso es exactamente lo que busca la mayoría de los seres humanos.
Valeria: Entonces quizás no estoy tan sola como pensaba.
Psicólogo: No. Lo que ocurre es que estás buscando algo mucho más profundo que la compañía.
Valeria: ¿Y cómo se llama?
Psicólogo: Pertenencia.
Valeria sonrió levemente.
Valeria: Sí... creo que esa es la palabra que he estado buscando todo este tiempo.
Cuando analizamos la conversación entre Valeria y el psicólogo observamos que el objetivo inicial no fue ofrecer consejos rápidos ni intentar eliminar inmediatamente la sensación de soledad. El terapeuta comenzó por algo mucho más importante: ayudarla a comprender lo que realmente estaba sintiendo. La soledad suele ser la manifestación visible de necesidades emocionales más profundas. Por eso el psicólogo fue desplazando gradualmente la conversación desde los hechos externos —seguidores, mensajes, contactos y redes sociales— hacia la experiencia interna de Valeria. A través de preguntas abiertas, el psicólogo la ayudó a diferenciar conceptos que para ella aparecían mezclados: compañía, amistad, intimidad, amor, conexión y pertenencia. En segundo lugar, el psicólogo validó sus sentimientos. No minimizó su experiencia diciendo que "no debería sentirse sola" porque tenía miles de seguidores. Por el contrario, reconoció que una persona puede estar rodeada de gente y seguir sintiéndose profundamente aislada. Esta validación emocional reduce la sensación de incomprensión y favorece la construcción de una alianza terapéutica segura. Posteriormente, el terapeuta la llevó a identificar una posible contradicción interna. Valeria deseaba intimidad, pero al mismo tiempo ocultaba partes importantes de sí misma por miedo al rechazo o al juicio de los demás. E dinámica es frecuente porque buscamos cercanía emocional, pero nuestras defensas terminan dificultando precisamente aquello que deseamos obtener. Posteriormente, el siguiente paso consistió en reformular el problema. El terapeuta ayudó a Valeria a comprender que su sufrimiento no provenía exclusivamente de la falta de personas a su alrededor. Lo que parecía faltarle era algo más como los vínculos significativos donde pudiera sentirse vista, comprendida, aceptada y valorada. Entonces el problema comenzó a redefinirse como una necesidad de intimidad emocional y de pertenencia. Desde la teoría del apego, desarrollada inicialmente por John Bowlby y ampliada posteriormente por numerosos investigadores, los seres humanos necesitamos relaciones seguras que funcionen como una base emocional estable. Cuando estas relaciones son insuficientes o superficiales, pueden aparecer sentimientos de vacío, desconexión y soledad incluso en contextos socialmente activos. Finalmente, el psicólogo introdujo la nueva forma de comprender su experiencia con el sentido de la pertenencia que implica sentir que ocupamos un lugar significativo en la vida de otras personas y que esas personas ocupan un lugar significativo en la nuestra. Es una necesidad humana tan fundamental como la seguridad o el afecto. A partir de allí, el trabajo terapéutico continuaría ayudando a Valeria a desarrollar relaciones más auténticas, fortalecer su capacidad de mostrarse vulnerable, reducir la dependencia de la validación externa y construir espacios donde pudiera compartir no solamente su imagen pública, sino también su mundo interior.
Meses después: una reflexión de Valeria en sus redes sociales
"Durante mucho tiempo pensé que mi problema era la soledad. Hoy creo que mi problema era otro. Había aprendido a estar visible, pero no necesariamente a estar conectada. Pasaba horas compartiendo momentos de mi vida, respondiendo mensajes y manteniéndome presente en las redes, pero muy pocas veces compartía lo que realmente ocurría dentro de mí. La terapia me ayudó a comprender algo que cambió mi manera de verme y de relacionarme con los demás: no necesitaba más personas observándome; necesitaba más personas conociéndome”. Descubrió que la intimidad no aparece cuando mostramos nuestra mejor versión. Aparece cuando encontramos el valor de mostrar también nuestras dudas, nuestros miedos y nuestras imperfecciones. El problema aparece cuando confundimos audiencia con amistad, visibilidad con intimidad o popularidad con pertenencia. Porque la verdadera conexión no se mide por el número de seguidores, sino por el número de personas con quienes puedes ser auténticamente tú…
¿Por qué aumenta la soledad en medio de la mayor comunicación?
La respuesta probablemente sea compleja. En primer lugar, observamos una transformación profunda de la estructura familiar. Las familias son más pequeñas. Las personas cambian de ciudad con mayor frecuencia. Las relaciones laborales son menos estables. Los vínculos comunitarios tradicionales se han debilitado. Cada vez más individuos viven solos, trabajan solos y envejecen solos. En segundo lugar, la revolución digital modificó radicalmente la forma en que nos relacionamos. Las redes sociales ofrecen una extraordinaria capacidad de conexión, pero muchas veces sustituyen la profundidad por la cantidad. Es posible acumular cientos o miles de contactos y aun así sentir que nadie nos conoce realmente. Compartimos fotografías, opiniones y emociones, pero no necesariamente intimidad auténtica. La comparación constante con las vidas aparentemente perfectas de otros puede aumentar los sentimientos de insuficiencia, exclusión y aislamiento. También observamos un fenómeno generacional particularmente interesante. Durante años se pensó que la soledad era principalmente un problema de las personas mayores. Sin embargo, los datos recientes muestran que está creciendo con fuerza entre adolescentes y adultos jóvenes. Muchos jóvenes poseen más conexiones digitales que cualquier generación anterior, pero reportan mayores niveles de ansiedad, dificultades para establecer relaciones profundas y sentimientos persistentes de desconexión emocional. Algunos pasan horas interactuando con pantallas mientras disminuye el tiempo dedicado a conversaciones presenciales, actividades comunitarias y experiencias compartidas.
Comentario de Lucas A., 22 años, brasileño, estudiante de Ingeniería: "A veces pienso que mi generación vive rodeada de personas, pero acompañada por muy pocas. Podemos pasar horas enviando mensajes, pero eso no significa que estemos construyendo relaciones profundas. Muchas veces sentimos presión por mostrar que todo va bien, que somos exitosos, felices o interesantes. Aunque detrás de muchas pantallas hay personas que se sienten inseguras, ansiosas o solas. Creo que uno de los problemas es que hemos aprendido a compartir nuestra imagen, pero no siempre nuestras vulnerabilidades. Y sin ellas es difícil crear verdadera intimidad humana."
Comentario de Cristina R., 24 años, italiana, estudiante de Psicología y voluntaria social: "Lo más paradójico de nuestra época es que nunca fue tan fácil encontrar personas y nunca pareció tan difícil sentirse comprendida. Muchas veces abrimos una aplicación buscando conexión y terminamos comparando nuestra vida con la de cientos de personas que parecen más felices, más exitosas o más queridas. Eso puede generar una sensación silenciosa de insuficiencia. Creo que la soledad de muchos jóvenes no surge porque estén aislados físicamente, sino porque les cuesta encontrar espacios fuera de las redes donde puedan mostrarse tal como son, sin filtros, sin miedo y sin necesidad de aparentar."
La situación en los adultos mayores
Las exigencias laborales, las responsabilidades familiares, los divorcios, los cambios económicos y el ritmo acelerado de la vida moderna generan una forma diferente de soledad. No se trata necesariamente de estar físicamente solo. Se trata de sentirse emocionalmente solo incluso estando rodeado de personas. La jubilación, la pérdida de seres queridos, las limitaciones físicas y la reducción de los círculos sociales continúan convirtiendo a la tercera edad en uno de los grupos más vulnerables. En muchos casos, la soledad se transforma en una compañera silenciosa que pocas veces aparece en las estadísticas pero que influye profundamente en la calidad de vida. Sin embargo, quizás el fenómeno más fascinante y controvertido apenas está comenzando.
La llegada de la inteligencia artificial
Y llegaron los sistemas capaces de mantener conversaciones fluidas, recordar información, responder preguntas complejas e incluso ofrecer apoyo emocional básico. Algunas personas ya hablan diariamente con asistentes de inteligencia artificial. Otras encuentran compañía, orientación o simplemente alguien que las escucha sin juzgarlas. Esto plantea preguntas extraordinarias. ¿Puede una máquina reducir la soledad? Pues, la respuesta inicial parece ser sí. En determinados contextos la inteligencia artificial puede ofrecer compañía, conversación, estimulación cognitiva, apoyo emocional preliminar e incluso ayudar a personas aisladas a sentirse escuchadas. Para muchos adultos mayores, individuos con movilidad reducida o personas que atraviesan momentos difíciles, estas herramientas podrían representar un beneficio importante. Pero existe otra cara del fenómeno. La inteligencia artificial puede aliviar la sensación inmediata de soledad sin necesariamente resolver sus causas profundas. Porque la necesidad humana no consiste únicamente en ser escuchado. También incluye ser abrazado, mirado a los ojos, compartir experiencias, construir recuerdos comunes y sentir que pertenecemos a una comunidad viva y experimentar la intimidad, la confianza el sentir profundo. Una conversación digital puede complementar las relaciones humanas. Difícilmente pueda sustituirlas completamente. Quizás el verdadero desafío no sea tecnológico sino profundamente humano. La pregunta no parece ser si la inteligencia artificial será capaz de acompañarnos. La pregunta es si nosotros seguiremos siendo capaces de acompañarnos unos a otros.
Comentario de Emma R., 29 años, canadiense, diseñadora de experiencia de usuario (UX): "Confieso que al principio me parecía extraño pensar que una inteligencia artificial pudiera ayudar a una persona a sentirse menos sola. Pero, cuanto más observo lo que está ocurriendo, más entiendo por qué algunas personas encuentran consuelo en estas herramientas. Hay momentos en los que simplemente necesitamos ser escuchados, expresar una preocupación o encontrar una respuesta cuando nadie está disponible. La inteligencia artificial puede ofrecer eso. También creo que existe una diferencia profunda entre sentir que alguien nos responde y sentir que alguien nos quiere. Una máquina puede conversar conmigo, pero no puede compartir mi historia, preocuparse por mi bienestar como lo hace un ser querido ni construir conmigo recuerdos que formen parte de una vida compartida. Porque al final buscamos pertenencia, afecto y la certeza de que nuestra existencia importa para otra persona."
Al final...
...cuando observamos la creciente soledad de nuestro tiempo, se nos hace evidente que el problema no radica únicamente en la falta de compañía. Lo que parece escasear cada vez más es la sensación de pertenencia. La certeza de que alguien nos conoce verdaderamente. La experiencia de sentirnos parte de algo más grande que nosotros mismos. Las personas rara vez se enferman únicamente por la ausencia de otros. Las más de las veces sufren es por la ausencia de algún significado compartido. Porque no basta con estar rodeados de gente. Necesitamos sentirnos vistos, comprendidos, valorados y amados. Quizás por eso la gran tarea emocional del siglo XXI no consista solamente en desarrollar tecnologías más inteligentes, sino en reconstruir comunidades más humanas. Porque una sociedad puede ser inmensamente avanzada desde el punto de vista tecnológico y seguir siendo emocionalmente pobre. Y si algo nos enseña la psicología es que ningún algoritmo, por sofisticado que sea, podrá reemplazar completamente la extraordinaria capacidad humana de acompañarse mutuamente en el viaje de la vida… Después de tantos años observando personas, familias, sociedades y países, hemos llegado a creer que casi todos los seres humanos compartimos un mismo anhelo silencioso. Queremos sentir que nuestra vida importa para alguien. Queremos que alguien se alegre con nuestra llegada, se preocupe por nuestra ausencia, celebre nuestras alegrías y nos acompañe durante nuestras tormentas. Tal vez por eso la soledad duele tanto. Porque nos recuerda que fuimos creados para compartir el camino. Ninguna riqueza, ningún éxito profesional, ninguna tecnología y ninguna inteligencia artificial podrá sustituir completamente la emoción de una mirada que nos comprende, de una mano que nos sostiene o de una voz que nos dice sinceramente "estoy contigo". Si algo deseamos para las próximas generaciones no es únicamente que vivan más años, sino que vivan más acompañadas. Que recuperen la amistad, la familia, la comunidad, la conversación sin prisas y la capacidad de cuidar unos de otros. Porque al final de la vida, cuando las metas alcanzadas, los títulos y las posesiones pierden importancia, lo que permanece son los seres humanos que amamos y que nos amaron. Y quizás la verdadera medida de una vida bien vivida no sea cuánto acumulamos, sino cuántos corazones logramos tocar y cuántos corazones estuvieron presentes para sostener el nuestro… Hasta la próxima entrega… Que la Divina Providencia del Universo nos acompañe a todos… Por favor, si desea hacernos un comentario o una consulta escríbanos a: psicologosgessen@hotmail.com.
María Mercedes y Vladimir Gessen, psicólogos.
(Autores de “Maestría de la Felicidad”, “Que Cosas y Cambios Tiene la Vida” y de “¿Qué o Quién es el Universo?”)
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