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Me gané la guillotina


“Para morir de hambre trabajando, mejor muero de hambre sin trabajar”. Foto: canliga, Pixabay

Nuevamente paso por aquí para continuar narrando mis primeros tiempos en Caracas. Por cierto, para quien desee leer los escritos anteriores, aquí dejo el enlace donde se encuentran alojados. Les recuerdo que llegué a Caracas antes de cumplir 18 años, por tanto, para poder trabajar necesitaba una autorización especial emitida por el Ministerio del Trabajo, la cual debía ser renovada cada dos meses. A esa dependencia debía acudir acompañado de un representante: yo iba con mi tío Regulo. Era un proceso complicado porque él trabajaba y era escaso su tiempo libre.


Las migraciones campesinas impulsan a los individuos a establecerse en las grandes urbes: a pesar de que en épocas pretéritas los desplazamientos eran internos, los primeros tiempos eran muy duros. Yo no fui la excepción, el tema de las direcciones era mi karma, por lo que debía ajustarme a un estricto libreto. Para dirigirme a mi primer trabajo, tomaba un autobús en Caricuao, a las 5 de la mañana, más tarde era imposible. Llegaba a la avenida Baralt, esquina de Plaza Miranda, desde allí caminaba hasta la esquina de Pedrera, donde abordaba una camionetica o autobús que me llevaba hasta el Vivero del 23 de Enero, nuestra base de operaciones. La ruta de regreso era un calco, solo que a la inversa.


De esa época complicada para mí, rescato el apoyo de uno de mis primos, quien tuvo la bondad de llevarme a conocer muchos sitios la ciudad. Sitio obligado para la época, las Torres del Silencio, eran las edificaciones más elevadas de Caracas, antes del Parque Central. Cuando vi aquellos enormes edificios, me quedé boquiabierto y esa imagen se me quedó grabada durante mucho tiempo. Mi primo también me llevó a conocer los parques de Caricuao, del Este, el Pinar, los chorros, el Calvario y las plazas Bolívar, Diego Ibarra y O’Leary, pero aun me faltaba mucho por ver y conocer. Por mi cuenta, también trataba de ampliar los conocimientos urbanos, durante los fines de semana, llegaba hasta la avenida Baralt y abordaba los autobuses de la ruta de circunvalación de Caracas, cubierta por la empresa EMTSA. Un Real pagaba para darle la vuelta a la ciudad, ese ciclo lo repetía varias veces en un día, tantas como me lo permitían mis escasos recursos económicos.


Mi primer trabajo en Caracas duró poco tiempo, a los dos meses se venció el contrato con el INAVI y me quede cesante. Allí comenzó mi calvario económico y emocional. Apareció la nostalgia por el desarraigo del hogar paterno. Por aquellos no muy felices días, debido a la carencia de ingesta proteica, me atacaron muchas enfermedades, entre ellas una fuerte gastritis; reapareció un uñero que llenaba de sangre mis zapatos y para rematar, las caries me destrozaron la dentadura. Mi estatura era 1,81 mts., pero la desnutrición redujo drásticamente mi peso hasta llegar a 44 kgs. Yo había comenzado a estudiar bachillerato por parasistema, pero el hambre acumulada no me daba respiro, por tal motivo, la concentración y el rendimiento estudiantil eran muy deficientes.


Invadido por el desánimo, muchas veces pensé retornar a mi tierra. Largas noches de insomnio, múltiples veladas en las que tuve que acostarme sin comer, otras tantas donde el sueño vino a sustituir al llanto. Pero si algo tenemos los andinos, además de aspiraciones, es constancia y motivación al logro, esos atributos nos ayudan a empinarnos por encima de las dificultades. Después de largas meditaciones, reconvine a mi yo interno diciéndole, que no podía permitirme el lujo de volver a mi pueblo derrotado, porque eso sería contrario al legado que había recibido de mis progenitores.


Fortalecido espiritualmente por las meditaciones, agarré un segundo aire y con mis escasas reservas, decidí comprar el diario Ultimas Noticias, todos los días, para consultar la sección de empleos. Pasados varios días de intensa búsqueda, encontré que en una empresa llamada “Impresos Pentagrama” ubicada en Quinta Crespo, solicitaban un muchacho para trabajar. Llegué tempranito al Pasaje Casacoima, donde estaba ubicada la empresa. Cuando me preguntaron qué sabía hacer, al ver que era una especie de tipografía, osadamente comenté que sabía operar la guillotina. El propietario me dijo que a las 2 pm me haría una prueba. Mientras esperaba, le pregunté a una joven por el guillotinero, ella señaló con el dedo a un hombre bajo, Oscar, hombre con cara de pocos amigos, pero de nobles sentimientos. Me sinceré con él sobre mi desconocimiento de la citada maquina y después de reprenderme por el atrevimiento, accedió a entrenarme. A la hora del almuerzo, me impartió un curso acelerado, el cual me permitió superar la prueba.


En Pentagrama trabajé dos largos meses, porque el ambiente de trabajo era terrible. Jamás he conocido a personas tan déspotas como los directivos de esa empresa: humillaban al personal por el más mínimo detalle y el propietario, de apellido Núñez, me exigía que, dentro de mis obligaciones, tenía que lavarle el carro constantemente. Allí me hice la promesa de que, si algún día llegaba a tener una empresa, mi trato hacia el personal sería muy respetuoso. Otro agravante para dejar el cargo fue que, viniendo de ganar 175 bolívares semanales, en el anterior empleo, aquí solo me pagaban 105. Recordando una frase que le oí a mi padre, “para morir de hambre trabajando, mejor muero de hambre sin trabajar”, tomé la drástica decisión de retirarme y a partir de ello, retornaron mis problemas de toda índole, pero de eso y muchas cosas más, les seguiré contando en escritos posteriores.


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