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Maiquetía: los gritos del silencio


Maiquetía: los gritos del silencio. Foto: Pixabay

Llego al aeropuerto internacional de Maiquetía una vez más. Como la inmensa mayoría de los venezolanos, si no que la mayoría, tengo parte de mi familia fuera del país. Dos hijas, entre ellos. Trato de ir a verlas cada vez que puedo, aunque pasé tres años sin ver a mi hija menor entre la pandemia y la prórroga de mi pasaporte.

El otrora aeropuerto con más movimiento en América Latina parece un cementerio. Counters vacíos, pasillos vacíos, puertas vacías. Eso sí, las bandas para definir las entradas y los recorridos de los espacios de la aduana son larguísimas, como si hubiera miles de personas. Una tristeza recorrerlos y constatar una vez más el desastre que la fulana revolución bolivariana ha sido para el país. El aeropuerto, eso sí, está limpio y bonito. Pero solo. Pocos salimos, pocos regresan. Ya nadie quiere venir.

Recuerdo que cuando estudiaba elementos de retórica, el ejemplo más usual de un oxímoron – la figura literaria que complementa una palabra con otra de significado opuesto- después de “inteligencia militar” era “el silencio que grita”. En Maiquetía grita el silencio. Grita el lamento de un país arrasado en sus cimientos. Grita el dolor de haber visto partir tantos venezolanos, porque la mayoría de ellos no regresará. Grita la desolación, el aislamiento, la poca importancia que Venezuela tiene ahora en el escenario mundial. He comentado antes, pero es bueno recordarlo, que el Club de Roma, uno de los “think tanks” más importantes del mundo, en un estudio de prospectiva hecho a principios de los años setenta sobre qué países en vías de desarrollo a la vuelta del milenio serían ya países desarrollados, concluyó que estos serían Irán, Irak y Venezuela. Se pelaron en los tres, demostrando que para determinar progreso no son suficientes solo los indicadores económicos, sino que hay que también tomar en cuenta las ideologías. Los tres países fueron víctimas de procesos revolucionarios y ahí están, como botones de muestra de cuán fácil es destruir lo que costó tanto construir.

Lo peor es que a corto plazo -ni a mediano y cuidado si a largo- se vislumbra salida. La oposición, en su gran mayoría, se ha encargado de darle respiración boca a boca al régimen cada vez que este ha agonizado y se ha hecho el harakiri con tijeritas de uña... Razón tenía Einstein al decir que la estupidez humana es infinita.

Aquí estoy, escribiendo desde una especie de lounge bonito y cómodo al lado de la puerta 14. Un lugar así, que es como un espacio de un salón VIP, pero gratis, estaría abarrotado de gente. Pero no... Tengo solo dos vecinos. En la puerta que tengo enfrente esperan una docena de pasajeros para abordar un avión. No hay aviones despegando, o aterrizando. Las tiendas están vacías y los lugares de comida también... ¿De qué se mantendrán?

En Maiquetía grita el silencio... Es solo un espejo de la tragedia venezolana.


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