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Lenta preparación, rápida ejecución


El origen electoral y no armado de la revolución bolivariana, es el cepo del que no puede escapar el actual régimen. Ilustración: mohamed_hassan, Pixabay

Por alguna razón antropológica, sociológica, cultural o por todas ellas en conjunto, los venezolanos somos poco proclives al culto por muertos notables, esos que suelen ser

el origen de mitos y alimento de leyendas.


Más allá de la superstición o la superchería que siempre existe en ciertos nichos sociales, en nuestro país no hay la poderosa atracción hacia la muerte o el inframundo que sí existen en otras sociedades latinoamericanas como la mexicana, por ejemplo, o la adoración de personas fallecidas de destacada vida pública como es el caso de Argentina. La única excepción es la merecida veneración hacia José Gregorio Hernández y eso por su milagroso

poder de sanación asociado a la fe que concita su figura entre millones de venezolanos.


El liderazgo de Hugo Chávez, considerado de forma muy positiva en las encuestas y en la memoria de muchos como un buen gobernante, no despierta sin embargo entre los venezolanos el fanatismo equivalente de una Evita o de un Perón en Argentina. De hecho, a pocas semanas de su muerte, el chavismo estuvo a punto de perder las elecciones presidenciales que se convocaron como consecuencia de la falta absoluta en el año 2013, lo cual no se explica sino entendiendo que una importante porción de votos hacia el Comandante obtenidos en los comicios de octubre de 2012, se desplazaron hacia la opción de Henrique Capriles tan solo unos meses después.


La religión civil en la que algunos pretenden convertir al bolivarianismo, no posee el peso ni el arraigo entre la población venezolana que se le atribuye. El culto a Simón Bolívar siempre ha sido usado por los gobiernos de turno durante nuestra vida republicana y desde luego ha tenido gran influencia en el ámbito castrense por su condición de sobresaliente héroe militar. Pero en el mundo civil no es más que un respetuoso y solemne recuerdo patrio.


El oficialismo o el chavismo en el poder, tan riguroso en su manejo estratégico, cometió un grave error al creerse el mito que ellos mismos crearon alrededor de la figura de Hugo Chávez. Magnificaron sin necesidad lo ocurrido en las elecciones de Barinas de noviembre de 2021, entidad federal devenida en suerte de Tierra Santa para la veneración evolucionaria, y recibieron un revés electoral en enero de 2022 (cuando se repitieron esas votaciones)

mucho más contundente que el que experimentaron semanas anteriores.


Luego del error cometido en la entidad llanera, la capacidad de rectificación se hizo presente, aunque como siempre ayudada por la ya legendaria torpeza política de la oposición. El gobierno pudo conjurar una amenaza cuyo potencial era mayor. Lo que parecía una circunstancia de quiebre político de propagación viral en el seno del chavismo a nivel nacional, quedó reducido, por ahora, a un asunto de mera escala regional.


Ahora bien, hay algo significativo que destacar a propósito del episodio barinés. Es el inmenso arraigo popular que tiene la noción de democracia en el pueblo venezolano. Sin

duda nuestra población está enamorada del sistema democrático y tal afecto es el principal antídoto que impide se instale en el país, sin posibilidad de cambio en el horizonte, un gobierno autoritario. De hecho, el origen electoral y no armado de la revolución bolivariana, es el cepo del que no puede escapar el presente régimen, a pasar del tropismo hegemónico que yace en su naturaleza.


Pero también hay otros aspectos que merecen ser identificados respecto a lo ocurrido en Barinas. Me refiero a la vulnerabilidad de la fuerza política del chavismo en los estados llaneros, tradicionalmente entidades de vocación agropecuaria, en un país minero por excelencia, por lo general regiones comparativamente deprimidas en su economía y fuertemente dependientes del control gubernamental nacional a través de la figura del Situado Constitucional y otros instrumentos presupuestarios centralistas. Cojedes, Barinas, Apure y Guárico se inclinaron masivamente por fuerzas opositoras, en el caso de las dos primeras, y obteniendo en su conjunto mayor votación que el oficialismo en el caso de las dos segundas.


En el sur de Aragua, por ejemplo, región de influencia llanera, la oposición obtuvo el triunfo con el partido Lápiz en San Sebastián de los Reyes y considerable votación en otras municipalidades sureñas más.


Igual cosa ocurrió en diferentes municipios del país en los que ganaron las opciones políticas opositoras, los cuales son localidades interioranas en su mayoría, ciudades intermedias, bastantes empobrecidas y en las que el oficialismo había mostrado inmenso control sobre la

población mediante sus coberturas sociales. Se puede entender que el pasado noviembre de 2021, una importante legión de votantes chavistas modificaron su fidelidad con los resultados conocidos.


Se constituyó en ese momento una nueva geografía electoral que sin duda va de la mano de la inmensa precarización material que vive en general el país, pero que se incrementa críticamente en esos lugares tradicionalmente con menor desarrollo económico relativo.


Todavía nos separa un trecho largo hasta el momento en que nos tocará volver a votar para elegir Presidente de la República. Tiempo suficiente para que el oficialismo haga su control de daños. Por lo pronto tenemos una profunda vocación democrática arraigada en el pueblo venezolano y un poderoso sentimiento de cambio político que recorre el país, que lamentablemente carece por ahora en su conjunto de un liderazgo competente. Luce interesante lo que puede estar en desarrollo.


Los procesos de transformación son de lenta y laboriosa preparación pero de rápida ejecución.


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