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Escarnio por "amarse" en la vía pública


Un guardia voyerista grabó lo que ocurría en la intimidad de un vehículo y difundió el contenido sin consentimiento. Imagen: OpenClipart-Vectors, Pixabay

Amarse, una noche loca, en plena vía pública. Tal "crimen" lo habría cometido, en Venezuela, una parejita, mientras esperaba turno en la hilera para surtir de gasolina el automóvil.


Pero vamos por partes o por sus pasos bien contados. Usted, apreciada lectora o usted apreciado lector, se hace acompañar por su partenaire -de turno o de toda la vida- a una espera que nadie sabe, si será de horas, días o, quizás semanas.


El operativo conjunto, es obligatorio, en tales circunstancias porque, mientras el caballero o la dama duerme en el interior del vehículo, el segundo miembro del equipo, monta guardia. Durante el día, mientras, el uno va a comprar comida, a satisfacer sus necesidades fisiológicas elementales o se ausenta para llevar o a traer a los muchachos de la escuela. El otro defiende el turno en la larguísima fila de coches. Vuelve a caer la noche caraqueña. El frío desciende de nuestro majestuoso Ávila. El dios Eros merodea y aquí llegamos a la nota discordante: la fruición de la narcotiranía por exponer al escarnio a los infractores de supuestas faltas menores por el delito de lesa RoboLución de no formar parte de la “patota” desgobernante.


El ensañamiento lo hemos presenciado muchas veces con los dirigentes opositores, con los manifestantes pacíficos, con los maestros, con los trabajadores de SIDOR:


“A estas arepas -expresaba una matrona en el video que hizo reír a todo el país- las bauticé, como “las Diosdado” porque las aderezo con guiso. Aquellas, son de pura gallina, por ello las llamo “las general Madrino” y como “Las Narconicolazas”, a aquellas que sirvo con perico. Esa chanza le valió a la traviesa anciana ser exhibida por la TV oficial, como el indio Gerónimo, a rastras, encadenada por la vía principal de Tucson, Arizona, rumbo a la cárcel en la que metió preso al cacique, el muy fascista de, John Wayne.


No ofender con palabras a quien vayas a castigar con las acciones”, aconsejaba Don Quijote a Sancho Panza, cuando este último hacía preparativos para asumir el gobierno de la ínsula de Barataria.


Además de la caballería andante, exponer a un supuesto infractor al desprecio público, transgrede la presunción de inocencia, el debido proceso y los principios "Mandela" sobre el mínimo respeto a los privados de libertad. Quedaría por dilucidar si la cabina de un automóvil, a salvo de miradas indiscretas porque está equipado con vidrios ahumados, es un espacio público ¡Zarandajas! para la RoboLución porque para esta última la única ley es que no hay ley. La narcotiranía es hipócrita y farisea. Severa con el débil pero complaciente y de esfínteres rocheleros, con el poderoso. Agrega a lo anterior, la depravación voyerista. El narcotirano ha hecho instalar cámaras y escuchas ocultas en las ergástulas de sus adversarios más odiados para regodearse con el tormento ajeno. Sus esbirros, no hacen más que emularlo, cuando cazan -porque es una verdadera cacería- y videograban a quienes se besan, se abrazan, se acarician, conjugan el bíblico “creced y multiplicaos”, escondidos detrás del primer parapeto.


¿Quién es el que atenta en definitiva peor contra el pudor? ¿Los que tienen intimidad en medio de una cola para equipar su vehículo o los causantes de la escasez de combustible por chorizos, corruptos, ineptos, holgazanes, desvergonzados? Por cipayos, más que nadie. Porque mientras los venezolanos sufrimos esas y peores penurias, de nuestros puertos zarpan supertanqueros rebosantes de petróleo, crudo o ya refinado, para suplir a los países gamberros, que apuntalan la narcotiranía saqueadora.


¡Oh sí! porque con los chinos, con los rusos de Putin, los cubanos del G-2, colombianos de las FARC y del ELN, con los narcoiraníes o con norcoreanos del gordito de Pyongyang, son vulgares proxenetas.

Y para concluir: Aquellos de mi generación, exhabitués de autocines, libres de pecado ¡que tiren la primera piedra!



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