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Doña Bárbara y el futuro de Venezuela


 A dos años y medio de la celebración del centenario de Doña Bárbara debemos como país y como comunidad académica, pensar en la conmemoración de dicha efeméride. Imagen IA: Gemini
 A dos años y medio de la celebración del centenario de Doña Bárbara debemos como país y como comunidad académica, pensar en la conmemoración de dicha efeméride. Imagen IA: Gemini

La obra novelística de Rómulo Gallegos ha sido olvidada muchas veces por causas injustificadas, algunas de ellas provienen de los debates y los enfrentamientos ideológicos de la década de 1960. Ni las posiciones políticas del autor y, ni siquiera, las características retóricas y estéticas de su narrativa pueden sustentar ese olvido. Las novelas de Gallegos merecen nuevas aproximaciones y relecturas, especialmente desde la perspectiva de

comprensión de la cultura venezolana o, dicho en plural, de las culturas venezolanas, regionales y locales.


Doña Bárbara, considerada, junto a Cantaclaro y Canaima, como una de las obras más importantes de la producción galleguiana, está próxima a cumplir su centenario. En efecto, la novela fue publicada por la editorial Araluce de Barcelona (España), en febrero de 1929. A dos años y medio de la celebración de su centenario, debemos como país y como comunidad académica, pensar en la conmemoración de dicha efeméride.


Con frecuencia me he preguntado qué puede atraer a jóvenes o a nuevos lectores de Doña Bárbara. Recientemente, tras los acontecimientos políticos de Venezuela, he leído propuestas que reiteran la importancia de entender la problemática del poder, tal como se plantea en la novela. Esta ha sido, quizá, la principal interpretación que se ha hecho de la obra; pero no es la única. Más bien, esa lectura, centrada en la contraposición entre la civilización y la barbarie, entre la legalidad y la atrocidad, puede agotarse fácilmente si solo

se repiten cánones exegéticos.


Al contrario de lo que se hubiera podido pensar décadas atrás, el personaje Míster Dánger, por ejemplo, adquiere una renovada potencia para entender el papel del extranjero en la historia venezolana. No se trata del inmigrante que viene a trabajar a insertarse en la sociedad venezolana, y aportar su granito de arena en la construcción del proyecto común, como lo abordó Gallegos en el relato Los inmigrantes, sino aquel otro que viene a veces

obnubilado por el exotismo y su goce egocéntrico o, más patético aún, de quienes llegan dispuestos a obtener y extraer todos los beneficios posibles, sin ningún miramiento ético. La historia reciente del país le ha dado una actualidad inesperada a ese personaje que emborrachaba a Lorenzo Barquero mientras retozaba con el cunaguaro que tenía como mascota.


El personaje de doña Bárbara, vinculado de manera habitual a la barbarie y al poder, tiene una formulación mucho más interesante que nos habla de las profundidades del alma venezolana, de su relación con el componente indígena de nuestro país y de las ambivalencias o contradicciones de los venezolanos frente a lo indio y a los indios, además, por supuesto, de la perspectiva feminista. Santos Luzardo, como reformador social, también

ofrece nuevas aproximaciones desde el punto de vista de las contradicciones sociales colectivas que el autor expresa como parte de la sociedad venezolana.


Recordando mi primera aproximación juvenil a Doña Bárbara, en septiembre de 1976, hace ya cincuenta años, lo que más me cautivó fue precisamente el retrato del alma llanera y del paisaje como elemento generador de identidad y no los problemas de la dicotomía entre barbarie y civilización. Quizá, por ello, uno de mis personajes favoritos siempre ha sido doña Bárbara. Un homenaje al centenario de la novela, pero también un asunto de gran utilidad pública, será identificar claves de lectura de esta novela.


Tal vez doña Bárbara, gracias a alguna poción indiana, recorra aún el Arauca. Quizá haya superado los cicatrices de la violencia y pueda ofrecernos otra visión de lo que Gallegos entendió como “saneamiento” del Llano. Esa tarea, redimensionada, sería la necesidad de entender la complejidad del país y su diversidad y plasmarla en un nuevo modelo de pacto social y proyecto histórico.


2 de agosto de 2026, a 142 años del nacimiento de Rómulo Gallegos.


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