Chávez: Cuando veas las barbas del vecino quemar pon las tuyas en remojo

Actualizado: 23 ago

24 June 2012

Los mandamases de países como Argentina, Ecuador, Bolivia y Venezuela, han puesto el grito en el cielo porque el Congreso paraguayo destituyó al Presidente Lugo. Allí ocurrió lo que pasó en Venezuela, el Congreso destituyó a Carlos Andrés Pérez, donde, por cierto, Hugo Chávez aplaudió este hecho. Ahora no lo hace sino lo repudia, al igual que Cristina Kirchner de Fernández, Evo Morales y Rafael Correa, porque ven quemar las barbas de su vecino y les preocupan las propias.

Este escenario podría presentarse en Venezuela u otro de estos países gobernados por autócratas o dictadores en potencia. No sería imposible que –al igual que en Paraguay- una mayoría de asambleístas del partido oficialista llegaran a la conclusión, en alguna coyuntura política, que fuera necesaria, por la salud del país o para salvar a la propia revolución o los principios del partido de gobierno, destituir al presidente.

Esto puede acontecer y lo saben estos mandatarios que hoy se auto-defienden a futuro, cuando se rasgan vestiduras por el obispo -nada casto- paraguayo. Ellos preferirían cerrar a los Congresos o a las Asambleas y enterrar a las democracias…

El Congreso o Asamblea de una nación es la representación del Pueblo. De allí se deriva que el nombre sea el Soberano Congreso o la Soberana Asamblea, porque electos sus congresistas o asambleístas, directamente por el voto popular, su mayoría expresa la legítima voz de los ciudadanos. Por esto es que los Presidentes se juramentan ante esta institución, porque de hecho se juran ante el Soberano. Simón Bolívar así lo reconoce cuando como Jefe Supremo de la República, juró “obediencia al Soberano Congreso de Angostura” o cuando escribe en el Decreto de Guerra a muerte: “Un ejército de hermanos, enviado por el Soberano Congreso de la Nueva Granada, ha venido a libertaros”…

El Congreso o Asamblea es el poder más importante, porque como vocero del Pueblo controla la gestión del Presidente o del Primer Ministro, y nombra a los magistrados y rectores del Poder Judicial y de los otros poderes del Estado. La división de poderes fue sugerida por Hobbes, Locke y Rousseau. Se trataba de evitar que un solo hombre abarcara todo el poder. La propuesta concreta la realiza Charles Louis de Secondat, Barón de Montesquieu, en su obra “Del espíritu de las Leyes”, donde expone que la división de los poderes es imperiosa para salvar la acumulación de mandos en una persona.

La división del poder debía seccionarse en tres poderes: El legislativo, el ejecutivo y el judicial cuando menos, o de lo contrario, se garantizaría un gobierno tiránico y abusivo. Para él, existen tres clases de gobierno: El republicano, el monárquico y el despótico: “Doy por supuestas tres definiciones: El gobierno republicano es aquel en que el pueblo entero, o parte del pueblo, tiene el poder soberano; el monárquico, en que gobierna uno solo, con arreglo a leyes fijas y establecidas; y el gobierno despótico donde una sola persona gobierna sin ley y sin norma, lleva todo según su voluntad y su capricho”… Para Montesquieu el régimen despótico está gobernado a través del terror.

El despotismo se asienta en que una sola persona gobierna conforme a su voluntad. Su principio es el temor, el cual debilita todas las virtudes políticas de la república. La fórmula trazada por Montesquieu es hoy aceptada como el elemento vital para definir a un régimen como democrático. Al fin y al cabo el Presidente no es más que el primer empleado público del Pueblo.

El Comandante en jefe de la independencia y revolución estadounidense, George Washington, fue el primer presidente de ese país por dos períodos y aunque pudo haberse relecto varias vece,s dada su popularidad y poder, considero no hacerlo sino una vez. El creía fervientemente que era más importante que se fortalecieran las instituciones republicanas que un solo individuo.

Es fatal para un pueblo que la opción para mantener una política o una forma de gobierno dependa de un hombre o de una mujer y no de sus ciudadanos e instituciones. En esto deberían pensar los presidentes que hoy chillan en lugar de arremeter contra el principal poder de los ciudadanos de sus países como los son los Soberanos Congresos o Asambleas.









Vladimir Gessen


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