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Ante el aluvión de situaciones discordantes


Esperamos que la humanidad, en su conjunto. practique la cultura del abrazo y del perdón. Foto: Sammmie, Pixabay

Próximos entre sí, porque de este modo innato nos lo marca el itinerario viviente, hemos de reencontrarnos y querernos. El amor auténtico, es aquel que sale del alma, el único lenguaje que fomenta el hallazgo de los latidos entre el cielo y la tierra, las alianzas entre pueblos y sus moradores. Juntos afirmamos, igualmente, la incompatibilidad entre la esperanza y la violencia. La confianza nace de un corazón sincero, de una entrega generosa. Esforzarse por instaurar la fraternidad universal es lo prioritario, ha de serlo, antes que levantar la voz y correr a rearmarse para protegerse. A mi juicio, hoy se requieren más que nunca ciudadanos de palabra certera, gentes de paz, no de armas, que provocan conflictos por doquier. Fuera discordias. Destronemos de nuestra mirada a los vendedores de destrucción y ofrezcamos los pulsos de la lírica, que activan el diálogo sincero y alientan la concordia, en lugar de alimentar el cáncer de la guerra.


Vale la pena esta apuesta pacífica regeneradora, que es conforme a la naturaleza humana; la de un ser singular y distinto, de relación y apertura en el proceder, que transforma la competición en cooperación, a poco que nos adentremos en nuestras oportunas habitaciones interiores. Por ello, es menester huir cuanto antes de las atmósferas que avivan las hostilidades, de esas luchas absurdas entre análogos. Hemos venido a vivir y a desvivirnos por vivir, no lo olvidemos jamás. Tomemos conciencia de ello. La pena de muerte, entonces, también es incompatible con el derecho fundamental a la vida y con el derecho a no sufrir tortura ni otros tratos inhumanos. Sin duda, estas acciones, como cualquier práctica de aislamiento, deben suprimirse como castigo de todas las leyes del mundo. Indudablemente, la sabiduría busca la concordia, no el aborregarse en inútiles contiendas; se centra en la dignidad, en identificar oportunidades de encuentro y acogida, con la genuina convicción de que el bien de cada uno contribuye en el bien colectivo.


En efecto, del mal sólo se manifiesta el mal y de la violencia únicamente se engendra más violencia, lo que debe hacernos comprensivos, rechazando toda ansia de injusticia y todo desvelo que contribuya a la sinrazón. El recurso al poderío y, en particular, a la fuerza letal, como pueden ser el uso de ataques aéreos, nos muestran que son incompatibles con las normas aplicables a la realización de operaciones de mantenimiento del orden, por lo que no tiene sentido continuar bajo estas redes destructivas. Por otra parte, impedir el derecho de solicitar asilo, transgrede además las leyes internacionales. Está visto que sobran fronteras y frentes. Lo esencial radica en reorientarse con espíritu reconciliador, trabajar a destajo para eliminar las situaciones de pobreza y de explotación, donde los extremismos arraigan fácilmente, compartir sueños y ofrecer ese armónico verso interminable, donde nadie quede fuera del poema biográfico.


Desde luego, jamás hay que desfallecer, y más cuando ya sabemos que nada viene dado porque sí, sino que debe conquistarse indefinidamente, porque vivimos mientras nos renovamos. Es nuestra tarea estar en acción, o si quieren en guardia como los grandes poetas, y así aprovechar el instante adecuado de la inspiración para los acuerdos; puesto que además nuestro paso existencial, por aquí abajo es tan corto, que no da para más. Tanto es así que, aunque ya sabemos qué hacer para frenar la crisis climática, abordar las desigualdades mundiales, evitar más inestabilidad y detener la proliferación de conflictos, el verdadero desafío ahora radica en el modo de conseguirlo, que no es otro que practicando la conjugación integral del amor de amar amor. Lo digo continuamente, lo refrendo a diario, ya que todos somos parte de todos. El vínculo está ahí, adherido en nosotros, a la espera de que la humanidad en su conjunto practique la cultura del abrazo y del perdón.


El amor siempre cura heridas, imprime vida y reimprime acompañamiento, es cuestión de salir de este clima que todo lo confunde y lo infunde en pugna y división. El sentimiento de orfandad que viven hoy muchos niños y jóvenes, adultos y ancianos, es más profundo de lo que creemos. La ausencia paterna, materna, conyugal, de los abuelos, nos ha empedrado los vivos latidos. Ya nadie siente por nadie. ¡Qué desgracia más tremenda! Ahora comprendo que la salud mental esté desbordada, en parte a estas situaciones anormales, que nos ensordecen el corazón, y nos vemos como un extraño ante nuestras propias entrañas. El camino es reencontrarse, crecer en la donación; pues, mientras más huellas sistémicas dejemos de nuestro paso, más felicidad podremos compartir el día de la mística del banquete vivencial, para vencer a la muerte y convencernos de que vivir es un himno perpetuo, trabajado con sudor y lágrimas en la tierra para avenirse. Eso sí, con la cruz siempre.


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